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Un gran vacío la muerte del doctor García Rinaldi

Siendo Puerto Rico el país con las mejores instalaciones médico-hospitalarias del Caribe, todavía está lejos de contar con todos los cirujanos que necesita para dar atención a una población con marcados problemas cardiovasculares, un vacío que se acentúa con la inesperada partida del doctor Raúl García Rinaldi.

Las iniciativas del destacado médico puertorriqueño, que dedicó su vida a la cirugía cardiovascular, siendo pionero en la aplicación de técnicas que salvaron miles de vidas en más de medio siglo de carrera, tanto en los Estados Unidos (donde se especializó bajo la tutela de famosos cirujanos), como en la isla, son ejemplo del tesón científico de este ser humano que asumió su carrera con un alto sentido de la solidaridad y la ética.

Su Fundación Raúl García Rinaldi, dedicada a ofrecer servicios a pacientes que no podían pagarlos, nació también del afán por incentivar la vocación de cientos de jóvenes, a los que les dio la oportunidad de participar de investigaciones e intercambios científicos. De estos jóvenes discípulos, muchos se convirtieron en galenos destacados que hoy reconocen la gran influencia de García Rinaldi en sus respectivas trayectorias.

Mucho antes, mientras vivía en la ciudad de Houston, donde recibió gran parte de su formación y cimentó su carrera como cirujano, estableció el famoso Puente de la Esperanza, a través del cual cerca de 2,000 pacientes que no podían recibir el tratamiento adecuado en la isla, viajaban a Texas para ser operados en un ambiente en el que todos reconocen que se respiraba la calidez boricua que sabía imprimir el doctor García Rinaldi.

Poco a poco, con la ayuda de este inolvidable cirujano, y de otros que hoy por hoy han decidido permanecer en Puerto Rico y especializarse en las complicadas cirugías cardiovasculares, la isla se enorgullece de contar no solo con grandes profesionales, sino con un personal quirúrgico altamente especializado (sin el cual las cirugías no serían posibles), y un instrumental cada vez más sofisticado, que estos médicos han insistido en que los hospitales adquieran.

El resultado obvio es que el éxito de los procedimientos cardiovasculares en el país, desde los más simples hasta los más difíciles, cada vez sea mayor, y la mortalidad de este tipo de intervenciones se reduzca drásticamente.

Sin embargo, la muerte de García Rinaldi también nos recuerda que se necesitan relevos en esta carrera por mantener a Puerto Rico como un referente de la cirugía cardiovascular en el Caribe y Latinoamérica. La tentación de permanecer en prestigiosas instituciones hospitalarias estadounidenses, a las que los jóvenes van a cursar sus especializaciones, para luego ser captados allí mismo, es comprensible, ya que no siempre se trata de un asunto de dólares y centavos, sino de lo que representa, en prestigio internacional, haber pasado por uno de esos famosos hospitales. La fuga de “cerebros” en el campo de la medicina es un hecho, quizá cuando más necesitamos retener en la Isla a los verdaderos “cracks”.

En Puerto Rico, desde hace años, los eventos cardiovasculares, tal como el que causó el fallecimiento del doctor García Rinaldi, son la primera causa de muerte. La pandemia del COVID, curiosamente, ha exacerbado las afecciones cardiovasculares. Las reacciones inflamatorias de ese virus, y en ocasiones la formación de coágulos, han obligado a muchos cardiólogos a redoblar su ritmo de trabajo, echando mano del instinto con aquellos pacientes que padecen, o han padecido del coronavirus.

Este adiós al gran cirujano debe servir de impulso para continuar, con su misma energía y su espontáneo y nunca impostado sentido de la puertorriqueñidad, levantando una cantera de profesionales que asuman inmediatamente su legado, y que se enorgullezcan de seguir realizando la inmensa labor de este maestro.

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