La guerra desatada por la Operación Furia Épica no consigue llegar a su fin. Y cada día muestra una cara más horrible, recordándonos que no importa la lejanía geográfica: las guerras de este siglo no solo las padecen quienes ven estallar las bombas, sino también quienes, a miles de millas de distancia, pagan con un inesperado y altísimo costo de vida. El fantasma de la inflación resucitó el viernes en Estados Unidos: el Índice de Precios al Consumo escaló en marzo hasta el 3.3%, el mayor nivel desde abril de 2024, cuando otro conflicto —la invasión rusa de Ucrania— esparcía sus esquirlas por las economías del mundo.
El conflicto bélico entre Estados Unidos e Israel contra Irán ha dejado miles de muertos, millones de desplazados en la región y más de 1,400 víctimas en el Líbano. El cuello de botella del estrecho de Ormuz ha resultado ser uno de los más caros de la historia, pues afecta las cadenas de suministro, deja el precio del petróleo por las nubes y desata una tormenta perfecta que ha sacudido sin distinción a las economías más poderosas del mundo y, por supuesto, también ha llegado a nuestras puertas. Para la isla, cuyo precio de referencia del crudo es el WTI —que llegó a cotizarse por encima de $114 por barril—, el impacto en las gasolineras es inmediato, aun cuando todavía no se expresa en toda su magnitud el alza en el costo de la vida.
El acuerdo de tregua de dos semanas alcanzado entre Washington, Teherán e Israel, con la oportuna mediación de Pakistán, despeja el camino hacia una negociación que, ojalá, acabe con el conflicto bélico. Sin embargo, se trata de una frágil pausa en medio del fragor de una batalla que evidencia el sinsentido de quienes han dejado de actuar con altura moral y responsabilidad histórica.
El protagonista de esta crisis, el presidente Donald Trump, ha dejado mucho que desear en materia de responsabilidad. Donde debió primar la templanza, hubo estridencia mediática; donde debió haber sosiego, existió improvisación. Ya nadie sabe cuál será, en realidad, el último ultimátum.
Como ha apuntado en estas páginas el exembajador y experto en diplomacia Joaki Monserrate Peñagarícano, vivimos momentos en los que la vulgaridad, la falta de respeto y el tribalismo han pasado de las redes sociales a la política y ahora golpean la diplomacia misma. Cuando el lenguaje de la amenaza reemplaza al de la negociación, los espacios para la paz se estrechan y los adversarios de Estados Unidos, como China, ganan terreno sin disparar un solo tiro.
Hay otra arista del conflicto que ha cambiado el panorama: las amenazas ya no son veladas, sino descarnadas. El doctor Jorge Schmidt Nieto, catedrático de Ciencias Políticas, ha señalado en este diario que las advertencias de Trump de desatar una guerra total si Irán no abría el estrecho representan un anticipo de posibles crímenes de guerra, pues el anuncio en sí mismo ya constituye un delito al aterrorizar a la población civil.
Irán, por su parte, tampoco ha estado exento de una narrativa incendiaria. Mediante amenazas igualmente públicas y vehementes cerró el estrecho de Ormuz, atacó a los Estados del Golfo y respondió con misiles y drones. Y como si fuera poco, Israel, ya firmado el cese al fuego, lanzó su mayor oleada de bombardeos sobre el Líbano: más de cien objetivos alcanzados en apenas diez minutos, 254 muertos y más de 1,100 heridos en un solo día.
Estados Unidos, como bien señaló Schmidt Nieto, con todas sus limitaciones, ha servido históricamente como compás moral y modelo para muchas naciones. Su desdén por el derecho internacional y su desprecio por la vida humana abren el camino al resto del mundo para emularlo.
La tregua de dos semanas es necesaria, pero insuficiente. Lo que el mundo necesita no es una pausa para rearmarse, sino una negociación de buena fe que ponga fin a la guerra.
Para Puerto Rico, atrapado en una crisis económica severa, el costo de este conflicto ya se siente en cada gasolinera y en cada factura. Por eso el clamor por la paz no es aquí ninguna retórica: es una necesidad de los puertorriqueños. Una brecha se ha abierto en medio del fuego. Ojalá quienes tienen el poder de ensancharla no la dejen cerrar.

