Esteban Pagán Rivera
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“The Last Dance” y un inusual acceso al más grande

Confieso que los primeros episodios de The Last Dance me causaron un cierto grado de decepción. En medio de la euforia que me causó revivir mi niñez con Michael Jordan en la pantalla chica, pensé que el documental —el menos en los primeros cinco, seis episodios— falló en su promesa de darnos ese fracatán de pietaje nunca antes visto de la temporada 1997-1998 de los Bulls de Chicago, y se ancló  en mucho contexto que ya conocíamos. 

Sentía que los productores estiraban el chicle, sacándole diez episodios a un pietaje que, a todas luces, no era suficiente para cubrir esa extensión. 

Pero, comoquiera, me lo disfruté. Ver a Jordan sentado en una silla reflexionando sobre toda su carrera fue un inusual acceso a una figura que, tras su retiro de la NBA, ha escogido cuidadosamente sus apariciones públicas. Jordan siempre ha estado rodeado por este misticismo; a veces parecer ser una semideidad entre tantos mortales.

En época de redes sociales, Jordan no se deja ver. Muy diferente a, por ejemplo, LeBron James o Lionel Messi, que nos dan acceso a sus familiares y hasta sus hogares en sus cuentas  de Instagram. Así que, escuchar y ver a Jordan a sus 57 años es, para mí, el mayor regalo de este documental.

Pero, de igual manera, no podemos tapar el cielo con una mano. Con la aprobación del propio Jordan para su publicación, queda claro que este documental fue hecho para recordarle a los más jóvenes quién es el más grande de todos los tiempos. Algunos siempre lo hemos sabido, pero nunca está de más repasarlo.   




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