Las cooperativas ofrecen un espacio ideal de ejercicio de la voluntad del trabajo responsable y su éxito es una reiteración de la capacidad de los puertorriqueños de alcanzar grandes metas.
Las cooperativas ofrecen un espacio ideal de ejercicio de la voluntad del trabajo responsable y su éxito es una reiteración de la capacidad de los puertorriqueños de alcanzar grandes metas. (Shutterstock)

El uso del lenguaje, en muchas ocasiones, es la puerta al entendimiento de la esencia de las cosas, de los hechos, de los fenómenos sociales y de las personas. Por eso, cuando escucho el posesivo “Mi cooperativa”, reflexiono sobre la dimensión amplia que avala la frase y sobre las formas en que cada puertorriqueño le brinda; reflexiono sobre el momento exacto donde se hizo mía “Mi cooperativa” y se hizo de toda una comunidad. Reflexiono sobre cómo se obtiene la propiedad emocional de “Mi cooperativa” en un Puerto Rico lleno de instituciones pálidas de fulgor, donde abunda la incredulidad y la desconfianza que nos llevan a pensar que no hay futuro halagador hacia dónde fijar los objetivos. Pero, el fenómeno cooperativo puertorriqueño del siglo XXI se empecina en lo contrario.

Conglomerado financiero solidario

Hemos sido testigos de cómo, en la grave crisis económica que hemos experimentado desde el año 2006, más personas se unen a una cooperativa de ahorro y crédito, buscando gestionar su bienestar financiero. Actualmente, más de 1,095 millones de puertorriqueños manejan en las cooperativas sobre $11.3 millardos en activos, de capital netamente local, lo que convierte al sector en el tercer conglomerado financiero de la isla, sirviendo a una tercera parte de la población y haciendo de Puerto Rico una de las jurisdicciones en el mundo donde más personas per cápita son socios de una cooperativa. Este capital solidario se reproduce activamente en nuestra economía y es el amortiguador financiero de un amplio sector de nuestra clase trabajadora, clase media y retirados. Pero, este crecimiento no se da en un vacío y es producto de la adaptación acelerada de las cooperativas y de su vinculación cada vez más estrecha con el devenir de las comunidades.

Crisis y respuesta: tres nuevas experiencias

En épocas recientes, hemos sido testigo de la importancia de las cooperativas como parte del mercado financiero local y de la infraestructura crítica comunitaria. Tres eventos demuestran lo anterior:

Experiencia 1

Durante la pandemia, miles de puertorriqueños se reinsertaron a la economía formal, gracias a la apertura de cuentas en sus cooperativas de cercanía. Como secuela de la crisis económica, muchas personas salieron de la formalidad financiera arrastrados por la precariedad de sus ingresos, por la posibilidad de pérdidas de beneficios gubernamentales y la pérdida de confianza, luego de la consolidación financiera de la pasada década. Ante ello, floreció el “chiripeo”, el manejo del cash, el “colchón” (real o imaginario) donde esconder la precariedad de los sectores de menor ingreso y toda suerte de atajos a la formalidad. Y, fueron las cooperativas esos lugares donde muchas personas encontraron espacio a una segunda o tercera oportunidad de aspirar a un bienestar socioeconómico para sí y los suyos, y para beneficio de su comunidad.

Experiencia 2

La mayoría de los financiamientos hipotecarios logrados a la fecha, utilizando la aportación del Programa de Asistencia Directa al Comprador (CDBG-DR), se han otorgado a través de las cooperativas de la isla. Este estupendo programa brinda una aportación de hasta $35,000 para adquirir el primer hogar de personas que cualifiquen.

Estos préstamos han logrado dinamizar la adquisición de vivienda adecuada a personas de escasos y moderados recursos, facilitando con ello la estabilidad que brinda un techo seguro y canalizando la inversión financiera más importante en la vida de muchas personas, en especial de jóvenes. El promedio de estos préstamos oscila entre los $70,000 y los $80,000 por lo que los mismos no son apetecidos por el sector financiero tradicional, siendo las cooperativas facilitadoras, a la vez que invierten en consecuencia de sus principios y valores.

Experiencia 3

La isla ha visto cómo su infraestructura eléctrica se ha degradado a extremos insostenibles. Previendo ello, durante la pasada década las cooperativas desarrollaron un mercado dinámico de productos de financiamiento de sistemas fotovoltaicos, que hoy permite que muchas familias accedan a generar su propia energía, de manera más económica, brindándoles una respuesta rápida ante las emergencias y haciéndose parte de la solución a los problemas causados por el cambio climático. Mientras la oferta de productos venía importada de modelos con el único fin del lucro, las cooperativas desarrollaron productos basados en la competitividad, las necesidades e idiosincrasias del puertorriqueño y que se hacen sostenibles en el tiempo.

Cuando nos unimos a una cooperativa de ahorro y crédito, transitamos hacia una organización con estrechos lazos comunitarios, donde sus cuerpos rectores son parte de los éxitos y tropiezos de la comunidad y su fin primordial es sostenerse, contra viento y marea, sirviendo a los suyos. Esa estrecha vinculación hace que las cooperativas respondan, como ninguna otra institución, a las adversidades y se adapten para llenar los espacios que los vaivenes de otras instituciones dejan en su errático proceder. Además, nuestras instituciones solidarias ofrecen un espacio ideal de ejercicio de la voluntad del trabajo responsable y su éxito es una reiteración de la capacidad de los puertorriqueños de alcanzar grandes metas.

Al hacer propia una institución, trascendemos la apatía de sentirla extraña y reconocemos en ella el ejercicio de un servicio esencial para bienestar propio y de los que nos rodean. “Mi cooperativa” es la aspiración racional de un País que puede y que aspira a más.

El autor es presidente ejecutivo de la Cooperativa Jesús Obrero.

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