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El joven Lexavian jugando en la caseta que habita junto a su madre.
El joven Lexavian jugando en la caseta que habita junto a su madre. (Carla D. Martínez Fernández)

Orlando – La vivienda de la puertorriqueña María Rivera, su esposo Juan y su hijo Lexavian es una caseta de campaña que los vientos del huracán Dorian amenazan con dejar hecha añicos.

Está anclada en la próspera ciudad de Orlando, la meca de la magia, la fantasía, el lugar que muchos boricuas ven como la tierra prometida. Vive ahí hace casi un año tras vagar por semanas por las calles, de pernoctar en parques y de dormir durante algunas noches a la sombra de un maloliente contenedor de basura luego que el familiar que le había dado albergue se cansó de tenerla en la casa y le pidió que se marchara.

Vine aquí buscando los especialistas médicos que en Puerto Rico no conseguía para mi hijo que es epiléptico y para que tuviera una mejor educación ya que tiene déficit de atención”, dijo María quien prefiere dormir sobre un colchón de aire antes de echar al suelo el progreso que el niño de 11 años ha logrado.

“Ya no le dan ataques pues está en tratamiento y le va bien en la escuela.  Por mi hijo es que estoy aquí. Por eso es que aguanto”, dijo la mujer de 37 años de edad.

La caseta está en una esquina del terreno de la iglesia Ministerio Kaleo. “Aquí me recibieron, me dieron esta caseta y me han dejado aquí. Esta es parte de nuestra vida. Nuestro techito”, dijo.

Parte de su ropa estaba sobre un colchón inflable, que era -en efecto- el único mueble en la tienda. “En las noches, para ir al baño, tenemos que ir a la casa del pastor o caminamos cinco minutos a la gasolinería de allí enfrente. A veces en el hotel de al lado nos dejan usar el baño”, dijo María.

No hay privacidad para la pareja y las calurosas noches floridanas se convierten en un verdadero sauna dentro de la caseta de campaña. Aún así, en el rostro de María había una inexplicable sonrisa. “Es que es como una gran familia. En las mañanas, nos unimos algunos y preparamos desayuno para todos. Luego los niños se van a la escuela y cuando regresan, otro grupo se encarga de cocinar para todos. Somos una comunidad”, dijo.

Como medida cautelar, recogía sus pertenencias para mudarse a la casa de Marcos y Melissa Díaz, los pastores de la iglesia, ambos de ascendencia puertorriqueña. “Tenemos como 90 personas, 20 de ellos son niños”, dijo el ministro Marcos al explicar que su vocación es, precisamente, la de ayudar a personas que están en la calle, como lo estuvo él en algún momento.

Marcos era un traficante de drogas en la comunidad donde ahora ubica la iglesia. Era el “malo de la película”. “Pero un día, Dios me tocó. Me llamó y aquí estoy”, dijo el hombre quien no es el típico ministro. Estaba en mahones, una camiseta y lucía en su oreja derecha una pequeña pero reluciente pantalla.

Intentaba acomodar dentro de su casa la mayor cantidad de personas posibles de cara al paso del huracán y logró que un hotel cercano acogiera a otros. En el lugar estaba Maribel Gómez Cordero, una de las comisionadas del Condado de Orange, también boricua. "Este no es mi distrito, pero aquí hay cuatro familias puertorriqueñas y también hay cubanos, dominicanos y norteamericanos que necesitan un lugar donde pasar la tormenta", explicó. “No se pueden quedar aquí. Esto se inunda. Tenemos que buscarle vivienda permanente.  No pueden seguir viviendo ni en casetas ni estar en la calle”, advirtió.

La iglesia tiene planes de construir en el lugar un proyecto de vivienda transicional para que personas sin hogar puedan tener albergue mientras normalizan su situación y consiguen un empleo. “Ya otras familias que han pasado por aquí han progresado y queremos que paso logren lo mismo los que están aquí ahora”, dijo Melissa, esposa del pastor.

La construcción del proyecto requiere que el Condado autorice unas dispensas para viabilizar la obra, aparte de los planos, y el pago de otros costos previos a obtención de permisos. “Todo eso cuesta mucho, mucho dinero”, dijo Anthony Suárez, presidente de la Clínica de Asistencia legal de la Comunidad Puertorriqueña y quien está ayudando en este proyecto.

María desfila de la caseta a la casa y de la casa a la caseta. Lleva sus pocas pertenencias a la vivienda pastoral que es más segura que la decena de casetas que completan esta comunidad.

En la casa de los ministros está la cocina. Allí varias mujeres preparaban alimento. Mientras, unos jóvenes y otros hombres acomodaban cajas de agua y alimentos. Hacían espacio para refugiar a los refugiados, esquivando los juguetes que se atravesaban a su paso. María desfilaba por allí acomodando sus pocas pertenencias.

Mientras, Dorian se mantenía como un monstruoso huracán acercándose ayer a Florida más de lo que se había pronosticado.

¿Qué haré después  del huracán? Pues Dios dirá”, dijo María.