Wilfredo Gómez se apresta a derrumbar a Cornell Hall en lo que fue apenas su décima pelea profesional, disputada en 1976 en San Juan. (Archivo)

Las dramáticas victorias de Wilfredo Gómez Rivera en el terreno aficionado y profesional, su capacidad de convertir el nocaut casi en una expresión artística y su conversión en  el verdugo de púgiles mexicanos —con una marcada excepción— colocan al Bazooka de Las Monjas en el primer puesto de las Leyendas Boricuas del Ring.

Como artista del cuadrilátero,  su izquierda le servía de pincel. Con ese pincel pintaba de dolor a sus rivales, en especial empleándolo con su destructivo gancho zurdo que lo convirtió en uno de los pegadores más mortíferos en la historia del boxeo moderno.

Una de las particulares que hacen de Gómez un peleador único en su clase lo es el hecho de que se convirtió en el mejor peleador de su peso en el mundo, tanto como aficionado, como profesional.

Su récord amateur se estima, extraoficialmente, en 96 triunfos y tres derrotas.

José Luis Vellón, expresidente de la Federación Puertorriqueña de Boxeo Aficionado y quien por años fue compañero de Gómez en la Selección Nacional, asegura que esa marca es verídica.

“A Wilfredo de aficionado lo vi perder tres veces: aquí en un campeonato centroamericano y del caribe, en (las Olimpiadas de 1972 en) Múnich y en Milwaukee en 1974. Las demás, las ganó todas. Y él peleó mucho en el extranjero”, recordó Vellón.

Para la derrota olímpica, Gómez apenas tenía 15 años. La derrota local fue, incluso, antes de la olímpica.

El revés en Milwaukee fue uno sorpresivo y que  trastornó temporalmente a Gómez. Ocurrió en la final del Campeonato Norteamericano de Boxeo. Y vino en parte por la hoy día legendaria tendencia de Wilfredo de no entrenar tan serio como debía.

“Para el 1974 en Milwaukee,  él no quería ir y no estaba en su mejor condición. Derrik Holmes lo tumbó varias veces y lo noqueó, la pararon”, recordó Vellón sobre el inesperado nocaut en el primer asalto que Holmes le propinó a Wilfredo.

“Después de la pelea, llorando,  él me decía, ‘¿quién me va a firmar ahora?’”, agregó.

A la larga, quizás, la derrota le vino bien al joven púgil de Las Monjas. Wilfredo decidió participar en el Mundial de La Habana en 1974 y se preparó como nunca.

“Yo, que lo conocí de toda la vida y que no tapo a nadie, nunca lo vi entrenar con tanto ahínco como para ese Mundial. Fue la primera vez que lo vi entrenar en serio”, aseveró Vellón sobre la preparación de Gómez, previo al último torneo aficionado en el que participó. Esto significa que, aunque es quizás el mejor boxeador aficionado en la historia de la isla, lo logró básicamente entrenando a medias.

Según Vellón, Gómez fue a La Habana con sed de venganza. Ganó oro, pero no se topó con su verdugo amateur. La venganza tendría que esperar varios años.


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