El padre y entrenador de Adriana Díaz reflexiona sobre este deporte en Puerto Rico.

Un encuentro fortuito con una mesa de ping pong cambió el destino de Bladimir Díaz.

Con 13 años y sin entender ese deporte en el que dos personas le pegaban a una pelota sobre una superficie rectangular, el hoy conocido entrenador y padre de las tenismesistas Adriana, Melanie y Fabiola Díaz comenzó a jugar y a enamorarse de un deporte que, en sus palabras, le ha dado todo.

Pero esta historia no es tan sencilla. Para llegar al punto en el que se encuentra ahora —como entrenador de Adriana, campeona panamericana y número 33 del mundo— tuvo que pulir sus destrezas como jugador casi de forma autodidacta, y superar el hastío que llegó a sentir en algún momento, y que sobrepasó gracias a que sus hijas Melanie y Adriana se interesaron por este deporte.

“Ya me quedo porque me gusta. En aquel momento, estaba cansado. Yo veo esto como un legado”, apunta al recordar ese momento.

En una relajada charla con El Nuevo Día, realizada en el coliseo de tenis de mesa de Utuado que lleva el nombre de su progenitora, Zaida Nieves Andújar, Díaz recordó cómo fueron sus inicios en el tenis de mesa y abundó sobre el tema de los auspicios que recibe Adriana, entre otros temas.

¿Cómo te iniciaste en el tenis de mesa?

—En el 1985, pusieron una mesita en la cancha Peco González (coliseo municipal Jorge “Peco” González, de Utuado). Yo jugaba béisbol. Unos amigos me dijeron: “Mira, pusieron una mesa allí de algo que se llama ping pong”. Ellos fueron a jugar, pero yo no. Yo fui al otro día. Cuando vi eso, fue una cosa que me volvió loco, y me encariñé. Como dejaron la mesa, porque hicieron un torneo, pues ahí íbamos nosotros bien fiebrús. Nosotros esperábamos a las 3:00 de la tarde para meternos en la cancha para ver si cogíamos la raqueta, y de ahí cogí la fiebre. Después de eso, se acabó el béisbol para mí.

¿Eras un buen jugador?

—Yo jugaba un ping pong malo, porque no sabía. Pero cuando llegué a la universidad (la Universidad de Puerto Rico en Utuado), vi un catálogo y me di cuenta de que el tenis de mesa era otra cosa. Y ahí me dio una fiebre, que me la pasaba estudiando y entrenando.

Cuando mi hermano decide jugar (Eladio Afanador, padre de Brian Afanador), mi mamá compró una mesa. Entonces, comenzamos a jugar todas las noches, y así fue como empezamos.

¿Cómo fueron tus comienzos como entrenador?

—En 1993, cogí un contrato como coach en lo que era el Programa de Masificación Deportiva, lo que hoy serían los Centros de Formación Deportiva. Yo empiezo a trabajar mientras seguía jugando como atleta de la Federación (Puertorriqueña de Tenis de Mesa). Cuando todos los atletas se retiran, yo me quedo como entrenador. Se van todos y me quedo yo solo. Pero ya estaba hastiado, y dije: “Ya me quiero ir de aquí”. Pero seguían llegando niños, y yo los atendía. En ese trayecto, nace Melanie, y a ella le gusta el tenis de mesa. Yo dije: “Me chavé, me tengo que quedar”. Nace Gabriela, y más o menos. Y nace Adriana. Ahí, me quedé definitivamente.

¿Cuál es la dinámica familiar de los Díaz González?

—Nosotros somos bien unidos. La pasamos superbién en el sentido de que bromeamos mucho entre nosotros. Las vacaciones las planificamos para salir juntos. Yo creo que más que familia, somos como amigos porque nos hablamos las cosas con sinceridad. No estamos con cuentos, y las nenas se quieren muchísimo, se adoran. Yo creo que eso ha sido algo muy importante para que hayamos tenido éxito (como familia). Nosotros tenemos hasta un grupo (de WhatsApp) como si fuéramos panas.

¿Qué retos representa para el núcleo familiar los viajes constantes a los que debes ir con tus hijas?

—A veces extraño cosas, como el tiempo que no paso con mi mamá y también el tiempo con Marangely (su esposa). Ella (su esposa) me apoya, porque fue atleta de tenis de mesa, pero uno extraña a las nenas que no viajan conmigo.

¿Cómo lo manejas?

—Gracias a la tecnología. Cuando no estaba WhatsApp y Skype era difícil, se extrañaba mucho más. Pero ya es una rutina. Cuando son periodos largos, pica la tristeza.

¿Qué significa ver a toda tu familia involucrada en este deporte?

—Es como un sueño porque jamás pensé que se iba a dar de la manera en que se está dando. Esto que está sucediendo, es algo que no pasaba por mi mente. Yo sabía que podíamos lograr cosas a nivel nacional. Pero todo esto, de que nosotros ahora mismo estemos donde estamos a nivel mundial y que hayamos logrado lo que hemos logrado, es para mí un sueño.

Cuando ves que todo marcha bien en el hogar, ¿no temes que algo malo pueda pasar?

—Sí, sobretodo cuando estoy lejos. Vienen pensamientos. Una desgracia. Que venga un loco. Un error de mis hijas. Un error humano. Un error de cualquier tipo. Una enfermedad. En una sociedad tan complicada como la que estamos, cualquier mente puede ser una bomba y como la vida es tan frágil, todo se puede caer.

¿Cuán pesado es estar en el ojo público para ti y tus hijas?

—Es un tanto difícil. No es la misma libertad de antes, porque cualquier cosa que uno diga o haga, no tiene el mismo peso. Hay que ver el tono en que uno lo dice, el contexto. Cualquiera puede hacer daño con cualquier expresión o con cualquier foto. Por eso le digo a mis hijas que tengan mucho cuidado a quién le responden, con quién hablan, lo que ponen (en las redes sociales) porque tenemos la responsabilidad de ser modelo de mucha gente.

Entrenar atletas como Adriana, Melanie y Fabiola en un país en el que no hay muchos recursos, tantos económicos como de infraestructura, no es fácil. ¿Cómo lo haces?

—Nuestro deporte tiene la gran dificultad de que en nuestro hemisferio no hay centros de desarrollo o de gran entrenamiento, contrario a otros deportes en los que puedes viajar a Miami o a Nueva York. Nosotros tenemos que ir bien lejos para entrenar y competir. Y eso conlleva dinero, tiempo, muchas cosas. Porque donde se juega mucho es en Europa y en Asia. Además, el aspecto económico es crucial. Nosotros competimos contra potencias mundiales, países ricos, como Japón. De hecho, Japón fue a Austria (el Abierto de Austria), a un torneo regular, con sobre 50 personas. Según me dijeron, se gastaron $130,000 en ese torneo. Estamos compitiendo contra eso.

¿En algún momento has pensado en dejar de entrenar a Melanie y Adriana y contratar otro entrenador que continúe con ellas?

—Lo he pensado, pero quizás no irme del todo. Quizás decir ‘hasta aquí llego yo’. Ver lo que está sucediendo, que todo fluya bien, pero que otra persona aporte sus conocimientos y me ayude en esa área.

¿Por qué no has dado ese paso?

—Porque no veo la persona indicada todavía. Lo que he visto en Europa no me convence. Recuerda que cada cual siente por lo suyo, y ellos sienten por los suyos. Y yo veo cómo funciona la cosa con los jugadores que hemos enviado. Estás ahí, pero la atención que te dan es mínima.

Durante la discusión que se suscitó en octubre por la falta de fondos para los viajes de Adriana a Suecia y Austria, hubo unos cuestionamientos por los auspicios privados que ella recibe y las ayudas que el Comité Olímpico de Puerto Rico le da. ¿Cómo administras el dinero de los auspicios, y por qué es necesario que el Copur la ayude en esas competencias que no son directamente relacionadas al ciclo olímpico?

—Vamos a empezar aclarando algo. Toda competencia es directamente relacionada al ciclo olímpico. El ranking que se utiliza en los circuitos mundiales se utiliza en el ciclo olímpico. La siembra para los Panamericanos tiene que ver con los resultados que yo tuve en Austria y Suecia. Aquí todo cuenta. Y el hecho de que Adriana tenga auspiciadores (privados) no significa que no deba recibir fondos que el Copur utiliza para los atletas de alto rendimiento, porque sería un precedente de que nosotros, por tener auspicios, no nos ayuden. Porque aquí se le ha ayudado a atletas que reciben auspicios. Nosotros no somos los únicos que tenemos auspicios.

Hubo señalamientos, además, de que al Adriana ser atleta profesional (jugó en la liga de India) también genera una cantidad de dinero de ahí. ¿Cuál es tu reacción?

—Comentaron que somos profesionales y que generamos una partida de dinero sustancial, y eso no es correcto. La cantidadde dinero que se hace en tenis de mesa por ganar algún evento no es sustancial, y que juegues una liga profesional no te hace profesional del todo. Porque no es como en otros deportes, que firmas como profesional y te olvidas de ser aficionado. Aquí tenemos esto paralelo. No somos del todo profesionales. Otra cosa que tengo que decir es que Adriana o cualquier otro deportista que no son bien renumerados tienen que tomar decisiones bien delicadas. Porque si te quieres dedicar a algo que no tienes un futuro económico garantizado, tienes que tener un plan de ahorro para cuando quieras estudiar o te retires o si tienes una lesión. Nosotros, como padres, tenemos que velar que ellas tengan sus buenos ahorros y que puedan vivir después. Nosotros le estamos dando muchas alegrías al país, y Adriana está bien feliz con lo que hace, pero creo que es justo que cuando ella tenga edad, después no tenga problemas en su vida. Pero eso no significa que no utilicemos de ese dinero (ahorrado) para competir. Sí, lo hemos usado. Nosotros no pretendemos que nos lo paguen todo.


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