El también director y músico narra su formación como artista.

Llegar por primera vez a la casa del actor, director y escritor Gil René Rodríguez requiere un poco de paciencia. No es que sea tan lejos de la zona metropolitana; ubica en el campo de Trujillo Alto, pero el camino tiene muchas curvas y recovecos. Cuando por fin arribas y lo encuentras esperando por ti a la entrada de su santuario, sientes que llegaste a un escondite. Al cruzar hacia el balcón es difícil ocultar el asombro. Todo lo que rodea el hogar es un verdor espeso. A lo lejos, está la vista de El Yunque y se percibe una paz muy grande. Es una tentación preguntarle, ¿pero y cómo sales de aquí por la mañana? “No salgo”, contesta con cara de travieso. Gil René valora inmensamente su hogar.

En la parte de atrás de la casa de cemento hay un huerto donde ha sembrado tomates, parchas, diferentes tipos de arbustos, berenjenas, pimientos, lavanda, romero, y otras especias y vegetales. Adentro, la cocina hecha en caoba es el corazón del espacio. En este lugar es que el también músico, bailarín y productor (entre otros tantos roles que ha ocupado en el mundo de las artes) cocina de todo, desde panes sin harina hasta dulces caseros y pastas. En la sala de techo alto, los muebles son sencillos y todo está muy ordenado. No podía faltar un piano blanco, instrumento que toca desde los 12 años, aunque antes de eso empezó a aprender de oído en la iglesia Nuestra Señora del Carmen en Carolina, que frecuentaba de niño junto a su familia.

Para René, uno de los artistas más polifacéticos que tiene el país, este espacio es reflejo de sus intereses. Incluso en la sala colgó recientemente un gran canvas en blanco que él mismo hizo tras decidir que incluirá la pintura a sus variados pasatiempos. Piensa desahogar en el lienzo sus vivencias actuales, lo que le importa en este momento.

A sus 57 años, el artista siente que está en una buena etapa de vida. Goza de buena salud, todo el tiempo aprende alguna destreza nueva –actualmente estudia costura– goza del cariño del público y posee muchos proyectos en mente como asignaturas pendientes.

Cuéntame de este espacio. ¿Cómo llegaste aquí?

—Este era un terreno que estaban vendiendo unos amigos del compañero Pedro Orlando Torres. Me trajeron aquí a la finca y yo encontré una piedra, porque esto era una maleza completa. Ya el terreno había sido cortado para construir una casa, pero no la habían construido. En la piedra vi El Yunque y dije: “Yo quiero este terreno”. Así lo estuve pagando 15 años y se ha convertido en mi Villa Ilusión. Es una casa prediseñada que le hice unas alteraciones al diseño original para adaptarla a lo que es la vida de un creativo. Decidí hacer aquí mi hogar, mi lugar de creación, mi taller, porque soy artesano también. Diseño utilería, escenografía, la uso como lugar de ensayo, aquí escribo todas las obras que me han comisionado y aquí vivo con paz y tranquilidad.

¿De dónde viene tu vena creativa?

—Desde que soy chiquito yo tenía unos cuantos talentos que mi familia aplaudía cuando cantaba. En el Colegio del Pilar en Canóvanas cantaba todos los años “El Tamborilero”. Aunque fuera Navidad, los corazones, Thanksgiving, me pedían que cantara “El Tamborilero” y desde ahí pienso que empezó mi vena por el escenario. Me sentía cómodo en el escenario.  Me fui a “high school” y tuve una maestra, Ludmila Trenche de Viera, y una maestra de coro, Gladys Fernández. Ellas fueron las dos personas que me iniciaron en las artes formalmente. Después estudié teoría y solfeo con Fortunato Vizcarrondo.  Mi alma máter, que es la Julio Vizcarrondo Coronado, se convirtió en la Escuela de Bellas Artes de Carolina, así fue que yo, Gil René, por primera vez vi el escenario y pensé seriamente en dedicarme a las artes.

¿Cómo te recuerdas de niño?

—Bastante dedicado a la catequesis en la Parroquia Nuestra Señora del Carmen en las parcelas Buena Ventura. Dirigía el coro, era líder en el grupo de jóvenes. Siempre mi familia me apoyaba. Tuve una infancia feliz, unos padres perfectos que nunca he visto pelear ni decir una mala palabra. Vengo de una familia feliz, donde hay respeto y las cosas se han hablado siempre; he sido bien privilegiado. Por eso es que soy una persona de paz, por eso es que prefiero dialogar antes de llegar a un momento difícil. Mis padres son unas personas sumamente pacientes y sumamente amorosas. No de estar diciéndote “te amo”, yo no soy ese tipo de persona tampoco. Eso se demuestra con el respeto, la lealtad, la amistad y de eso está llena mi carrera, de amigos que son mis colegas, que son los que me bendicen, los que se tiran conmigo a un proyecto, los que se lanzan al vacío, se arriesgan y se van conmigo en la locura. Vienen a mi casa, bebemos vino, y empezamos a cocinar ideas.

¿Quiénes son tus padres?

—Mi papá se llama Ramón Rodríguez. Era ministro de la eucaristía en la Parroquia Nuestra Señora del Carmen, y mi mamá, Blasina Pérez, hoy es una paciente de párkinson que ha dado cátedra de lo que es enfrentar una enfermedad con valentía, sin enojos, con aceptación, entendiendo a sus cuidadores, ayudándolos. No todas las personas en un lecho son fáciles de bregar y mi mamá es una persona que nos ha dado más a nosotros que nosotros a ella. Nos agradece con su mirada, esos cuidados que le profesamos.

Mi mamá siempre fue costurera y creo que de ahí viene mi interés por la costura. Ahora estoy estudiando costura en el Atelier de Vilma Martínez. Mi casa es un taller, pero quiero que se convierta también en un taller de costura, hacer vestuario, telones.

Dices que, además, pronto vas a pintar sobre el momento que estás viviendo hoy. ¿Cómo describes el momento de Gil René ahora?

—Gil René se encuentra en un momento en donde para él lo primordial es la armonía, el vivir en paz, en la tranquilidad, en sentirme seguro en mi propio hogar porque de ahí es que sale toda mi gesta. Sin un hogar tranquilo no hay Gil René, así es que me estoy rodeando de mis plantas, de mi huerto, de mis amigos que me acompañan. Yo me estoy rodeando de toda la creatividad que tú puedes respirar en este hogar para perpetuarme en este lugar, plantar bandera, de aquí no me mueve nadie. Este es mi centro de operaciones.

¿Cómo cultivas tu paz?

—Para mí es paciencia. Es paz y ciencia. Es levantarte por la mañana y dar gracias por lo que estás viendo. Porque tienes visión, porque tienes El Yunque que te dice buenos días, porque los pájaros te dicen buenos días, porque escuchas el sonido. Porque tienes un soplo de vida, porque no tienes un dolor, porque tienes una vida sana. Yo doy gracias por eso todos los días y cuando empiezo a encontrarme en situaciones difíciles respiro profundamente. Respiro y voy a la carga porque la vida no es fácil. Todo es retante mientras estemos vivos y aquí estoy yo para esos retos.

¿Tienes algún ritual diario? ¿Cómo son tus días?

—Me levanto con mi gata que duerme conmigo. Se llama Dora y le decimos Misu. Es mi primera mascota junto con un cockatiel que ya no está. Se llamaba Coquito. Misu me despierta por la mañana, me lame la cara, se me trepa en el pecho. Soy una persona que me levanto tarde porque me acuesto tarde. Me tengo que levantar a darle comida, me vuelo y me acuesto y ahí empiezo a escribir, a leer, a memorizar. Como me tomo una pastilla, porque tengo problemas de la tiroides, tengo que esperar una hora antes de desayunar. Leo, repaso lo que hice el día anterior. A veces me quedo mirando por la ventana. Miro mucho a El Yunque.

¿Y esto de trabajar la tierra es algo reciente?

—Mis abuelos siempre cultivaron la tierra, siempre tuvieron flores. Mi abuela Rafa tenía un jardín tan espectacular que mi mamá y mi tía heredaron ese amor por las plantas, así es que siempre he estado en contacto con la tierra. Cuando me independicé, lo primero que hice fue comprar una planta para tener ese recuerdo de mi familia y empecé a sembrar en tiestitos. Poco a poco me he empezado a rodear con personas que seriamente cultivan y me han enseñado. Aquí tengo de todo. Nada mejor que comerte un fruto que tú mismo sembraste.

¿En qué proyectos trabajas ahora?

—Para el año que viene estoy trabajando en dos musicales tradicionales. No puedo decir los nombres. Uno es una pieza clásica puertorriqueña que por primera vez será musical. Va a ser un gran proyecto. Simultáneamente tengo una gira con Sonya (Cortés) y Rafael José que se llama “Cuchichando”, que son ellos dos narrando, cantando y comentando jocosamente sus carreras y colaboración. Va a ser un evento picante y revelador porque son colegas entrañables y se respetan. También estoy trabajando con Coda21 la obra “Niños Sol”. Es una pieza de Roy Brown con Zoraida Santiago. Yo soy el narrador. Bailo y narro simultáneamente. También trabajo en “El libro de la selva”, del 21 al 24 octubre, basado en el cuento clásico del mismo nombre. Después de dirigir “Mamma Mía!”, Susa y Epifanio, Daniel el Travieso, pues muchos productores se han interesado en que dirija sus espectáculos de comedia. Pinocho (personaje infantil con el que se dio a conocer ampliamente en el teatro nacional en los años 80) volverá, porque me lo están pidiendo. Todos estos proyectos me hacen sentir amado y querido, así es que no puedo pedir más.

¿En qué momento consideras está el teatro en Puerto Rico?

—El teatro se encuentra en un momento muy retante porque hemos tenido que aprender a hacer teatro de otra manera, sobre todo en cómo llegamos al público para que apoye nuestro trabajo. Ya las personas se están dejando llevar por lo que ven en una red social. Si no tienes televisión es difícil llevar gente al teatro y ya no hay tantos proyectos televisivos donde el talento puertorriqueño de teatro se pueda ver en la pantalla chica. Tenemos que recurrir a las redes, a hacer promociones con “happenings”, salir de teatros por el costo prohibitivo, colaborar, hacer coproducciones. A los jóvenes que están empezando se les hace difícil, no hay las mismas ayudas, los festivales del Instituto de Cultura no cuentan con los mismos presupuestos. Trabajamos con migajas y, aun así, las producciones son dignas.

¿Qué te falta por hacer?

—Yo estudié educación musical y creo que mi mayor aportación a la sociedad puertorriqueña va a ser escribir sobre la forma en que yo he aprendido, la forma en que he manipulado todas las herramientas que han llegado a mí. Soy muy buen profesor y sueño con llevar eso a la escritura para que otros, por medio de libros como he hecho yo, puedan aprender a hacer las cosas a mi manera, a la vez que descubren su propia forma de hacer las cosas. No hay una manera para hacer las cosas, pero ciertamente la inspiración de otros te puede economizar muchos dolores de cabeza y para mí, mi gran aportación es escribir sobre cómo he hecho mi carrera.

¿Cuál ha sido el mayor aprendizaje de tu carrera?

—Nunca, jamás burlarme del artista que tengo al frente mío, nunca denigrarlo. Eso me engrandece. Eso me hace sentir bien y trabajar en paz, en alta camaradería. Que cada persona que entra a un proyecto conmigo inevitablemente termina siendo parte de mi familia. No hay otra forma de ver la vida. Cuando tú creas, tú te das. No puedes crear escondiéndote, no hay forma. Se te ven las costuras en el evento de la creación. Esas personas conocen tus debilidades, problemas, llantos, te acompañan a hospitales, te llevan comida. Lo mismo haces tú con ellos. Se convierten en tu familia. No eres nadie en el teatro si estás solo. No se puede hacer teatro solo. Mi gran lección es cuidar a mi familia.


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