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Javier Hernández Acosta (horizontal-x3)
Javier Hernández Acosta ha trabajado como investigador, consultor y capacitador de emprendedores durante más de una década. (Luis Alcalá del Olmo)

Hace apenas unos años llamar empresario a un creativo muy probablemente implicaba recibir, al menos, una mirada extraña.

“¿Empresario? ¿yo? No, yo soy artista”, decían muchos al descartar de inmediato cualquier vínculo entre los dos conceptos. La visión del empresario de chaqueta y corbata encerrado en la oficina de un edificio no encajaba con la del hombre libre que escribía canciones para cantarlas en el bar de moda o la chica que ensayaba durante horas para la función teatral del fin de semana.

Javier Hernández Acosta es una de las figuras con las que hay que hablar para entender por qué ahora no es tan descabellado para una persona que vive del arte relacionarse al término empresa, especialmente cuando la palabra viene acompañada por otra y se forma una nueva: industria creativa.

Este término se utiliza alrededor del mundo (incluso está definido por la Organización de las Naciones Unidas) para nombrar actividades que funcionan fundamentalmente a base de propiedad intelectual. Teatro, literatura, medios visuales, diseño, artesanía y música, entre otras disciplinas, se encuentran bajo esa definición.

Todas son actividades que además de aportar a la cultura, generan empleos y contribuyen a la economía. Pero debido a que tradicionalmente los artistas no se identifican con el mundo de los negocios sus actividades se encuentran en una eterna batalla para sobrevivir, aunque no tendría que ser así. Hernández lo sabe y por eso se ha dedicado durante más de una década a tender puentes entre ambos mundos.

En el libro “Emprendimiento Creativo” que acaba de publicar bajo el sello La Contra Editorial, explica su experiencia realizando esa labor. El documento es una guía para llevar a la práctica de forma organizada un proyecto creativo, encontrar referencias sobre industrias creadas y entender el lenguaje y las dinámicas del universo creativo en pleno crecimiento.

Hernández cuenta con amplia experiencia para hablar de todo lo anterior. A mediados de 2000 empezó a combinar su experiencia en el arte -específicamente la música- con sus estudios en negocios para ayudar a varios proyectos culturales a crear una estructura para manejar, por ejemplo, sus finanzas y sus proyecciones a largo plazo.

El Taller Cé, una cooperativa de cantautores que funcionaba desde un local en el casco de Río Piedras fue su primer trabajo en esta área. El lugar comenzó a generar muchísima actividad cultural más allá de la música pero la estructura empresarial “estaba coja”.

“Había un talento brutal pero no dominaban la parte financiera, el marketing...Empiezo a ver esa deficiencia y en el 2008 creo la organización sin fines de lucro Inversión Cultural”, explicó.

Desde esa plataforma, el doctor en desarrollo empresarial con maestría en negocios internacionales, comenzó a ofrecer consultoría a proyectos en nacimiento en aquel momento, tales como el colectivo Teatro Breve y Cambio en Clave, que hoy son empresas artísticas reconocidas y estables.

La visión de Hernández no era la de un hombre de negocios que buscaba arreglar algo que no funcionaba. Ser músico además de hombre de cifras le dio la sensibilidad para analizar el mundo del arte de una manera holística, sabiendo que quizás quien más iba a aprender era él mismo.

“Estos negocios no funcionan como empresas tradicionales. Tienen una forma particular de tomar decisiones, una creatividad, una informalidad...Fue un proceso bien lindo porque me enseñó cómo se hacen las cosas y a no imponer”, detalló.

Mientras capacitaba a artistas y proyectos, Hernández también se dedicó a la investigación del tema de las industrias creativas porque se dio cuenta de que sin cifras y datos nadie iba a tomarlo en serio. Entonces escribió en el 2013 el “Perfil de la economía creativa en Puerto Rico”, que recopiló datos importantes para entender y respaldar las gestiones a favor del sector.

Un año después se aprobó la Ley de Industrias Creativas de Puerto Rico y el Instituto de Estadísticas publicó su primer informe sobre el tema. El documento estableció que en Puerto Rico las industrias creativas representan el 6% de las ventas totales de las empresas ($1.6 millones) y generan aproximadamente 18,987 empleos en 742 establecimientos.

“Cuando empiezas a pensar que esta es una industria seria como cualquier otra, que puede darte un trabajo como cualquier otro, te empoderas y te apropias de tu vocación”, comentó Hernández, quien también es profesor en la Universidad del Sagrado Corazón y la Universidad de Puerto Rico.

Hernández opina que los negocios tradicionales pueden aprender muchísimo de las empresas creativas, especialmente en lo relacionado a la flexibilidad y agilidad para tomar decisiones. Otra lección importante del sector es una cierta falta de estructura y de organización jerárquica que permite trabajar con el público con calidez.

“En cultura no hay clientes sino fans y esa es una analogía bien chula que las empresas tradicionales podrían usar”, señaló.

Por otro lado, de acuerdo a la experiencia de Hernández, las empresas creativas se benefician muchísimo al lograr establecer aspectos de su negocio a largo plazo. Proyecciones acerca de cuánto generar anualmente, en qué invertir el dinero y establecer estrategias de crecimiento son clave para la sustentabilidad.

Hablar en términos gerenciales no debe interferir con la magia inherente de la labor creativa. Aunque pueda ser difícil de armonizar lo económico y lo artístico, existen estrategias para lograrlo. Una de las claves es procurar diversas fuentes de financiamiento. Un ejemplo real es el colectivo Teatro Breve, que además de ofrecer una propuesta vanguardista que no cesa de atraer público, maneja el teatro donde se presenta, una barra, recibe auspicios y ofrece servicios más allá de sus funciones.

“Las industrias creativas generan un valor cultural que tiene dimensiones sociales, políticas y estéticas. Eso hay que protegerlo. Por eso también hablo del compromiso artístico. No es pasta de dientes lo que estos negocios venden”, precisó el autor.


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