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La performera Marina Barsy, de 26 años está cursando su doctorado en teoría e historia del arte en la universidad de Essex en Londres. ([email protected])

Cabeza rapada, torso desnudo con sus senos cubiertos,  Marina carga con un espejo redondo que sujeta con sus dos manos, frente a su pecho.

Luce una falda larga, blanca, con diseños del mapa de Puerto Rico.  En la parte de atrás de su cabeza, la artista lleva amarrado un pequeño espejo camafeo, que dibuja a una mujer sin rostro, y en su espalda baja, siete letras tatuadas que conforman la palabra: Colonia.

La performera puertorriqueña  Marina Barsy  llevó a cabo este martes, la segunda parte de su performance (De)Colonial Reconquista, con el que explora el cuerpo como terreno (des)colonizado y aborda las relaciones entre historia, memoria y olvido.

Marina realizó un recorrido, saliendo de la calle Loíza, en Santurce, y concluyendo en el cementerio María Magdalena de Pazzis, en el Viejo San Juan, en una  especie de peregrinación en la que trazó con su cuerpo y espejos la geográfica citadina.

Inició su acto  a las 9:00 a.m. cuando irrumpió en la Loíza, en medio del  tránsito  pesado de esa hora.

Los negocios están abiertos, cuando Marina entra en escena. La gente acelera el paso para hacer las diligencias de rigor. Una mezcla de música, bocinas y trazos de conversaciones conforman la banda sonora citadina de la hora. Llueve intermitentemente, aparecen los charcos y con ellos, los brincos esquivos. Los transeúntes sacan las sombrillas, se quejan de la lluvia y corren a guarecerse en cualquier toldo o alero.

En medio de esa rutina mañanera, Marina camina con sus espejos que reflejan infinitas posibilidades del espacio y de los cuerpos que aparecen en ellos, siempre fragmentados.

La falda larga que lleva va acumulando en sus bordes los rastros de los charcos. Va mirando un punto fijo en el horizonte, seria, pero pendiente de no tropezar, consciente de sus pasos.

Un carro frena de cantazo. La mujer que lo guía pierde la mirada del volante y observa a Marina, quien va en su peregrinación por una de las aceras. En un acto de malabarismo, la conductora saca un celular y le tira una foto. Esa imagen se repite con otros conductores. Algunos se ríen al verla, otros observan de reojo, como quien no quiere la cosa, y aceleran. Un hombre que la ve desde su guagua, se estaciona en el primer espacio que encuentra y se baja casi corriendo con celular en mano y la retrata. Regresa a su carro sonriendo con una orquesta de bocinas.

Marina sube por la Avenida de Diego y se encuentra de frente con una carrera de estudiantes, así como con varios policías que la observan, pero no dicen nada. Una señora la mira y gira su dedo índice cerca de su cabeza, diciendo sin decir, “ésta está loca”. Mientras que un señor le pregunta a otro, ¿qué es eso? “Eso mismo me pregunto yo”, contesta. Ambos se ríen.

En la avenida Fernández Juncos, Marina acelera el paso, pero no pierde la compostura. Sigue en línea recta y dobla a la derecha en la Roberto H. Todd. Pasa debajo del puente del mural de Rafael “Sony” Rivera, donde tres deambulantes la miran atónitos y la dejan pasar, no sin antes uno gritar: “¡Qué nota!”.

Marina continúa el trayecto por el área de Condado, donde se topa con turistas que la miran y otros, que  la ignoran. Pasa por la Ventana al Mar, por el Puente Dos Hermanos, por el Fuerte San Jerónimo. Pasa frente al abandonado hotel Normandie, por el parque Luis Muñoz Rivera, hasta que llega frente al Capitolio. Allí se para, por primera vez. Mueve su espejo y empieza a crear patrones de luces, pintando el edificio, con el reflejo. Respira, observa y sigue. Llega al Viejo San Juan, sube por la calle Norzagaray, hasta llegar finalmente al cementerio María Magdalena de Pazzis.

Baja la intensidad de la ciudad, el viento sopla y se escucha y huele a mar. La artista continúa su paso entre tumbas hasta llegar a una glorieta donde lentamente va concluyendo su performance, despojándose de cada elemento. Primero los espejos, luego la falda.

El pasado mes de marzo, la artista puertorriqueña empezó a darle forma al performance (De) Colonial Reconquista para estudiar el cuerpo como terreno ciudadano.

La primera parte de este trabajo se llevó a cabo el pasado 19 de noviembre en el Museo de Arte Contemporáneo  de Puerto Rico, donde siete mujeres de diversos trasfondos le trazaron en su espalda las letras de la palabra colonia, que luego le fue tatuada por la artista de la aguja, Lidiette del Valle.

Al terminar, el abogado José Maldonado le entregó a cada  mujer un “documento de autoría” sobre cada letra inscrita en la piel de la artista. Con esto, Marina quería plantear la reconquista de su cuerpo a través de otras mujeres.

La segunda parte de ese trabajo fue el recorrido por la ciudad, en la que Barsy se valió  de espejos, un elemento común en el arte contemporáneo, que plantea múltiples significados, a veces paradójicos y contradictorios, y que tiene que ver, en su caso, con su acercamiento a “el Otro”, como lo plantea el filósofo francés Jacques Lacan.

“Comencé a trabajar este performance desde marzo después que me llegó una imagen de un grupo de mujeres tatuándome la palabra colonia. Así comenzó todo, con esa primera imagen. De ahí, se fue desarrollando la idea, hasta tomar un giro más feminista y de convocación de comunidad”, explicó sobre este proyecto.

Marina señaló que para ella era importante trabajar el tema de la colonia porque “la siento en el cuerpo" y en las relaciones con los otros. En ese aspecto, su acercamiento al tema, trasciende el aspecto social y político, para encarnarlo.

“Trabajo la colonia desde el cuerpo como disidencia, cuerpo social y cuerpo como geografía corporal (….) También desde los espacios, esta segunda parte (del performance) que fue a través del espacio urbano, sí la sentí mucho como ese deseo de la reconquista y los pasos de la historia a través del grito de la piel”, expresó.

Marina, de 26 años y quien actualmente está cursando su doctorado en teoría e historia del arte en la universidad de Essex en Londres, agregó que a diferencia del primer acto de este performance, en el que convocó a una audiencia, esta segunda parte del acto, la hizo en solitario.

“Estoy bien interesada en trabajar con la relación con el otro, evidentemente. Quería que la convocatoria en el museo fuese abierta, que la gente se enterara y que pudiese asistir.

Obviamente, los grupos sociales que asistieron al museo fueron muy específicos, entonces para esta segunda parte yo quería no convocar y  adentrarme sigilosamente en el ritmo propio de la ciudad y ahí tener los encuentros, que no controlo para nada, y que tiene su magia propia, muy particular, muy del momento, tanto atmosférico, como  del ‘otro’. Por ejemplo, con quién me encuentro, por qué y cómo será esa reacción y eso era a lo que más pendiente estaba dentro de todo el trance que uno entra (en el recorrido)”, compartió la artista, quien desea seguir explorando esta acción que no termina, ya que continúa  a través de la inscripción en su piel.  


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