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Roche-Rabell pasó sus últimos días muy discretamente, rodeado de sus hermanas mayores, Miriam, Raquel y Norma y su amigo Walter Otero. ( Archivo)

El pintor puertorriqueño Arnaldo Roche-Rabell falleció esta madrugada en un hospital de la capital, como consecuencia de un cáncer de pulmón, informó su representante, el galerista Walter Otero.

Tenía 62 años. 

Roche-Rabell -para muchos el pintor contemporáneo puertorriqueño más importante y, según la crítica, uno de los principales exponentes en el mundo del expresionismo figurativo- padecía cáncer del pulmón y pasó sus últimos días muy discretamente, rodeado de sus hermanas mayores, Miriam, Raquel y Norma. También junto a su amigo entrañable y protector -de su persona y de su legado-  Otero, quien conoció al maestro de la plástica cuando tenía 17 años y fue a escucharle impartir una conferencia en la universidad. Luego se convirtió en asistente de su estudio de arte y, posteriormente, en su representante exclusivo a nivel internacional.

 "A nombre de las familias Roche-Rabell notificamos el fallecimiento de nuestro querido Arnaldo. Próximamente, ofreceremos información de sus exequias fúnebres. Estamos esperando que llegue más familia de afuera para ultimar detalles", indicó Otero.

Solía decir que “el mayor reto que tienen los artistas contemporáneos no es uno de originalidad, sino uno de sinceridad”. Y así vivió su vida. Con una entrega intensa e ilimitada a su arte. Con su materia como esculpida, su presencia táctil, su eterna contradicción entre la superficie real y la profundidad ficticia: rascando el lienzo impregnado de óleo con las uñas.

Sencillo y reservado, Roche-Rabell siempre le huyó a las ceremonias pomposas y a los compromisos donde tuviera que vestir de chaqueta y corbata, donde se le tratara como una celebridad. Aunque tenía todos los méritos para serlo. Y si para asistir había que montarse en un avión, pues ya las complicaciones iban en “crescendo” y había que excusarle de plano o tratar de negociar. “Hasta el día de hoy”, decía, “no asisto a cumpleaños, ni bodas, entierros, ni hospitales. Estoy siempre enfocado en los vivos, en los que se mueven, para hacer de cada día un milagro, de cada encuentro, un evento que pueda celebrar”. Esa era otra de sus manías.

Nunca se creyó genio. Aunque genialidad tenía de sobra. Tampoco gustaba de lujos. Se quedó siempre en el mismo apartamento de El Monte, en Hato Rey. Si acaso un buen carro, aunque le parecía mejor que otro guiara. Gorra, gafas, mahón y suéter, era lo único que necesitaba para emprender cualquier aventura.

Con su tez suave, eternamente sin arrugas y esa mirada pícara, como la del niño que acaba de hacer una travesura, disfrutaba de comerse un mofongo con carne frita de El Guateque o “pancakes” de La Boulangerie. Hasta se bromeaba a sí mismo por su paladar corriente y nunca le faltaron “gummi bears” en frascos de cristal acomodados en las estanterías de su estudio. Pero también había que obligarle a comer cuando se encerraba en su estudio a pintar, en puro estado de arrobamiento.

De hecho, trazar, a veces con una especie de violencia, una obra que nunca fue dócil, tranquila ni reposada. Más bien de fuerte contenido sicológico, nutrida de referentes históricos y desgarradoramente personal. Porque eso sí, la intención de Roche-Rabell nunca fue cerrar heridas, sino punzarlas. Lesiones que él mismo admitía que nunca iban a cerrar y por eso se atrevió a pintar a su adorada madre María, a su padre, que era policía, y a hacer público -a través de las claves de “Fraternos”- el trastorno esquizofrénico del hermano que mató a su hermana en la sala de la casa, que después fue hallado muerto de hambre y sed en el bosque.

“Vincent Van Gogh produjo una impresión en vida cuando vi su obra en el Museo del Art Institute of Chicago”, habría confesado aquella vez. “Mientras realizaba mis autorretratos en 1982, murió mi hermano Félix. Van Gogh aparece durante las décadas de 1980 y 1990 en obras tales como Quinientos años sin una oreja (1989), pero fue en 2000 cuando se produjo un reencuentro con el dolor. Debido a su proximidad con el mundo creativo, Vincent se transformó en un puente entre mi hermano y yo. De todos modos, no existen cartas en la historia entre mi hermano y yo, ni yo soy Theo..., y aquello que las imágenes sugieren son encuentros ficticios y elaborados”.

Roche-Rabell comenzó su formación en la Escuela de Arte Luchetti en Santurce, el mismo pueblo donde se crió, en una casita de madera. También fue discípulo de Lope Máx Díaz. Pero de adulto empezó a estudiar arquitectura en la Universidad de Puerto Rico, aunque no terminó. Se tomó una sabática, alentado por su profesor Antonio Torres Martinó, que percibió su verdadera madera de pintor. Y con la ayuda de visionarios como Luis A. Ferré -quien le dio dinero para sus estudios y le compró un cuadro, titulado Homenaje a la madre- y Ana G. Méndez, que también le patrocinó- se matriculó en el prestigioso Art Institute of Chicago, ciudad que sería determinante en esa época en la que vivió fuera de su país. Siempre Roche-Rabell decía que semejante urbe, con su energía y sus museos, fueron la mejor educación posible. Añada al historiador del Instituto, Bob Loescher, a su profesor de arte Ray Yoshida y a su profesor de dibujo, Richard Keane. Y en Puerto Rico, desde temprano en la década de los años 80, la galería Botello se convertiría en su casa y Maud Duquella en su guía por los caminos del arte. Incluso, trabajaron juntos hasta principios de los noventa.

Sin embargo, nunca olvidó a José Campeche, Francisco Oller ni a Ramón Frade, pintores puertorriqueños por los que, junto al holandés Van Gogh, desarrolló un regusto por los sueños yel dolor. Puesto que Roche-Rabell parecía funcionar en un nivel profundamente inconsciente, en el gran relato que fue su pintura.

“Por lo general, comienzo un cuadro colocando tres o cuatro capas de pintura sobre un lienzo previamente preparado. Estas capas se aplican uniformemente una sobre otra dejando que transcurran varios días entre cada aplicación”, explicaría sobre su trabajo. “Aplico de manera uniforme amarillo, naranja, rojo y luego óleos de color más oscuro tales como azul, violeta o verde y los dejo secar hasta que están listos para recibir elementos figurativos que se calcan por debajo del lienzo o la impresión de hojas, encajes o proyecciones que aparecen en primer plano. El resultado final es una exploración de formas que explotan las capacidades expresivas del óleo y en el cual técnicas tan variadas como la escultura, el dibujo y el grabado forman parte esencial de estas superficies. Acostumbro a trabajar en el piso alrededor de la pintura. Cuando tengo que calcar un cuerpo o un objeto, debo desprender por completo el lienzo de su bastidor y estirarlo mientras está cubierto por múltiples capas de pintura al óleo, un promedio mínimo de cinco veces para cada cuadro antes de terminarlo. En el caso de un modelo, el individuo debe estar en condiciones de respirar con comodidad por debajo del lienzo, en tanto yo debo mantener un automatismo espontáneo y, de tal modo, rendir tributo a la inherente belleza de un cuerpo pleno de vida o a la transposición de objetos inanimados que lo acompañan”.

Si “en este mundo creado sobre lienzo todo debe dejar su marca” -que era una de las frases en las que más le gustaba meditar, por su fuerte conciencia espiritual- Arnaldo Roche-Rabell, sin lugar a dudas, dejó la suya. Estremecedora. Imborrable. Inolvidable.


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