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Las piernas largas, la flexibilidad y la fortaleza muscular de Rodríguez le han permitido destacarse mundialmente durante  casi 30 años de carrera.
Las piernas largas, la flexibilidad y la fortaleza muscular de Rodríguez le han permitido destacarse mundialmente durante casi 30 años de carrera. (Ramón “Tonito” Zayas)

A los seis años de edad descubrió que bailar es parte de su existencia y, al poco tiempo, ya era parte de Ballet Concierto de Puerto Rico. Con apenas diez ya tenía clara su visión de futuro y quiso probar suerte en Nueva York. 

Al poco tiempo, dejó la patria y desde entonces ha viajado el mundo viviendo de bailar. 

Tres décadas después Marsha Antoinette Ortiz Muñiz, conocida como Marsha Rodríguez, su nombre de casada, regresa a la tierra que la vio nacer a dar fe de que los sueños pueden realizarse. Egresada de The School of American Ballet, en la ciudad de Nueva York, Rodríguez formó parte del Béjart Ballet Lausanne, en Suiza, compañía con la que se destacó en escenarios como el Palacio de Versalles en Francia, el Teatro Bolshói en Moscú, el Palacio del Congreso de París, en China, África, Japón… Aun así, asegura que nada como el calor de su gente, entre la que añora poder estar para, entre otras cosas, hacer crecer su familia y transmitir conocimiento a las nuevas generaciones. 

En medio de su nueva faceta como emprendedora y cofundadora de Uniqart Dance Company, con sede en Francia, esta semana llegó a Puerto Rico para presentarse en el Festival Internacional del Baile, dedicado a Ana María Castañón, y en cuya gala se honrará a profesores y promotores del baile en la Isla. Rodríguez, quien a pesar de haberse ido tan niña, y llevar los últimos siete radicada en Suiza, no ha perdido contacto con su patria, es toda sonrisas. Llega a un país con cara de pesimismo, pero en el que ella cree. Le trae de regalo una coreografía inédita para el Concierto No.23 de Mozart que está loca por estrenar. Se presentará las noches del 7, 8 y 10 de junio en el Teatro Francisco Arriví con Osvaldo Ruiz. Además, ofrecerá clases en las que compartirá influencias globales. 

La exponente de ballet neoclásico aboga por el intercambio cultural, incluso político, y la enseñanza de las artes como catalítico para formar seres más sensibles y plenos en este país donde, le consta, la energía positiva es poderosa y cohesiva. 

“Cuando llego aquí, cuando aterrizo, ya empiezo a llorar porque la gente aplaude. Allá si coges un vuelo, por ejemplo, de Ginebra a Francia, a nadie le importa si aterrizó el avión o no. Pero aquí, tan pronto aterriza sientes ese calor humano. Cuando llego es como que: '¡Hola! ¿Qué tal, cómo estás? ¡Okey, bien día!'. Solamente eso, te cambia el día. Trato de ser esa influencia allá”, apunta la embajadora del arte que con 34 años de edad y 29 de carrera puede considerarse veterana.

Sus primeras memorias la ubican en Carolina, en Loíza, y en la casa de su abuelo en Isla Verde. “Crecí en una calle donde había muchos niños que les gustaba jugar muchos deportes. Llegó un momento en que me di cuenta que me gustaba mucho utilizar el cuerpo, actividades físicas, los retos, competencias, todo eso. Le pedí a mi madre que me llevara a clases de karate y al ir a la primera el maestro le dice a mi madre: 'Mira esta niña está bailando ballet. No te voy a robar los chavos'. Yo no sabía nada de ballet”, revela sobre la niña prodigio que habitaba en ella. 

No estaba consciente entonces, pero llevaba el talento en su sangre. Tuvo antepasados músicos. Creció viendo a su padre, Wilbert Ortiz, hacer maravillas con el cuatro. Y su madre, la actriz María del Carmen Muñiz, le había ocultado que era una bailarina de sueños frustrados, pero entonces no tuvo más remedio que mostrarle los álbumes que mantenía ocultos para evitar que siguiera el mismo rumbo. 

¿Qué cosas influyeron en ti en esos años?

Lo primero que recuerdo (de la primera escuela, en Loíza) es que nos paraban en la barra y me sentía un poco rara porque estás en línea (fila), siguiendo a las niñas del frente y al mismo tiempo está la maestra… Al principio es un poco confuso. Ya cuando lo haces muchas veces te encuentras tú misma (ante el espejo) y empiezas a descubrir… '¡Ah! Mis brazos se pueden mover con la música. Aquí puedo girar la cabeza…'. Empiezas a descubrir el cuerpo. Luego empiezas a descubrir la música… Por eso el arte para mí es tan necesario, pienso que es esencial en el desarrollo de cualquier niño, ya sea ballet, otro tipo de baile o música, es muy importante hacer esa conexión del cerebro y el cuerpo porque si no lo llegas a hacer vives una vida demasiado paralela y la vida hay que vivirla con sensibilidad, con mucho sentimiento y utilizar todos los sentidos. El ballet te lleva a sentir todo. Eso fue la mayor influencia en mi vida... vas descubriendo que tu cuerpo no tiene límites, todo está en la mente. Que un humano pueda tener esa experiencia sería fantástico. La juventud de esta generación debería pensar un poquito en aprovechar este arte.

¿Cómo evolucionaste a la artista que eres hoy? ¿Qué etapas cruciales recuerdas?

Una de ellas fue mi crecimiento en Ballet Concierto. Mirar a todos los bailarines profesionales, por ejemplo, Carlos Cabrera, María Julia Landa, tener ese acceso a los bailarines que eran estrellas en ese momento y todavía para mí lo son, me demostró dónde tengo que llegar, cómo se supone que yo baile. Ese ejemplo hay que verlo en persona. Esa primera experiencia en Ballet Concierto fue la que me dio la visión de que no importa donde baile, tengo que ser igual que estos bailarines, cogerlo en serio, practicar aunque esté cansada, sudar lo que sea, si me duele algo pues trabajarlo. Los maestros que tuve como María Carrera, Carlota Carrera, Lolita San Miguel, José Parés fueron los que de verdad me enseñaron, me transmitieron algo que hasta el sol de hoy todavía tengo.

¿En qué momento pensaste en irte?

Ente los ocho y medio y nueve años ya escuchaba a las otras niñas de la clase hablar de que en verano iban a Nueva York a coger un intensivo en ballet por tres semanas. Empecé a preguntar y me enteré de que eraposible con la edad que tenía. A los nueve años fui a mi primer ballet intensivo en el Eglevsky Ballet y, consecutivamente, fui al próximo año. Cuando regresé me di cuenta que tenía el potencial para entrar en The School of American Ballet. Mi mamá me tenía una inscripción con Dance Magazine y yo era obsesión, miraba todas las bailarinas, las escuelas, las compañías, y yo misma me dije: '¿Por qué no (The School of American Ballet, la escuela de George) Balanchine? Porque el cuerpo se parece mucho al mío. Siempre me dicen que tengo piernas largas, buenas extensiones, que tengo pie, que tengo tal cosa. Y dije 'pues esta es la escuela para mí'. Cuando regresé del segundo verano en Eglevsky le dije a mi madre 'quiero hacer la audición para la escuela del New York City Ballet'. El objetivo de Balanchine como coreógrafo era hacer que estas bailarinas, que eran enormes y largas, se movieran súper rápido. Eso era lo que yo quería. Mi madre se mudó con mi hermana y empezamos nuestra vida en Nueva York.

Llama la atención que tan pequeña fuiste capaz de definirte.

Una de las cosas que me distinguen como bailarina y que distinguen a muchas otras bailarinas que conozco, es que desde pequeñas tuve esa idea, me nutrí de todo lo que era danza, miraba cuáles eran las bailarinas famosas de esa época, estudiaba qué hicieron. Pienso que al tener yo que buscar y que informarme, sumergirme en el mundo de la danza, eso te lleva a tomar el camino para hacer lo que quieres hacer. Esto tiene que ver con todos los aspectos de vida, ya sea que quieras ser ingeniero o médico, tienes que entrar a ese mundo para ver y saber qué es lo que quieres. Si dices 'quiero ser doctor', pero es porque todo el mundo es doctor en tu familia, quizá no es tu talento. Al no tener tantos recursos ni tantas oportunidades, quise abrir yo misma mis oportunidades. Es un instinto que he tenido desde pequeña. Ese es el mensaje que puedo dejar para la generación de hoy y la que viene. Y si tienes la oportunidad de que te den algo, ¡valóralo, utilízalo y sigue!

¿Cuáles han sido tus mayores pruebas?

Una de ellas es económica. Pero gracias a mi madre siempre pudimos sobrepasar eso. Si tenía que vender chocolates lo hacía. Me enseñó que si no tienes el dinero para ir, ¡vamos a buscarlo! Quizá es cuestión de pedir una beca y eso cambia tu vida. Eso fue lo que pasó conmigo. Otro reto fue que cuando entré en la escuela en Nueva York tuve que aprender inglés en nada. Fue un reto súper difícil porque dejas tu patria, que de todos los países a los que he viajado, para mí, Puerto Rico es único. Te sientes como un extraterrestre porque todo es diferente, no estás en casita; estás en un apartamentito, no tienes tu arrocito, tus habichuelitas, todo cambia. Y familia… Eso fue un reto grande. Y luego volverlo a hacer cuando me mudé a Suiza. 

¿Y tus mayores logros?

Obtener un contrato con la compañía Béjart Ballet que me ha dado la oportunidad de viajar todo el mundo: he ido a Japón, Rusia, África, China, tantos países a los que yo en mi vida había pensado que iba a poder ir, y mucho menos a bailar. Estamos hablando de que una puertorriqueña entra a una compañía y están pagándole para bailar. Nunca me lo imaginé de esta manera, pero siempre tenía esa noción de que algún día iba a poder viajar a diferentes países bailando. No fue fácil llegar ahí, pero cuando lo logré y, por ejemplo, bailé “Bhakti” en Versalles, ¡que fue mi sueño!... Cuando era pequeña siempre quería visitar el palacio de Versalles y París, tenía hasta fotos. Tenía algo que se llamaba 'vision board' y ahí pegaba todo lo que me interesaba. Ahora me entero que la gente practica el pegar fotos en el 'vision board' de cosas que quieren obtener ¡y funciona! Años después estoy en Versalles bailando frente a la 'crème de la crème' del mundo de la danza una parte súper importante. Es lo máximo que he podido lograr en mi carrera. Luego he abierto mi propia compañía con dos amigos que bailamos juntos: uno es coreógrafo (Vitali Safronkine) y mi pareja de baile (Iker Murillo). 

¿Que chispa inició todo para crear Uniqart?

Después de tantos años en una compañía y hacer más o menos el mismo trabajo, diferentes ballets, diferentes países, pero siempre la misma rutina, los tres necesitábamos algo más, movernos diferente. Siempre estábamos experimentando movimientos tras bastidores antes de un 'show' porque ya la coreografía era tan monótona, estábamos en 'auto pilot'. Hacíamos otras cosas como para liberarnos y expresarnos. Entonces pensamos: '¿Por qué no hacemos una compañía de eventos? ¿Por qué no nos presentamos para hacer galas? Podemos hacer 'photo shoots' para una marca…'. Empezamos a pensar pequeñito y luego fue una metamorfosis y creció en lo que es ahora Uniqart Dance Company, que tenemos ya ocho bailarines colaborando y hemos presentado varias coreografías, inclusive una noche entera en España.

¿Que otras cosas tienes en tu 'vision board'?

Me queda bailar aquí. Es algo que siempre pensé. Llegó un punto en que dije 'las cosas están tan malas en Puerto Rico, no voy a poder ir, pues está bien, no siempre se te conceden todos tus deseos'. Cuando lo dejé, ahí apareció. Esa es la última cosita que me queda que es la más importante de mi carrera y de toda mi vida, y ya se me está dando. Luego, profesionalmente es continuar en la compañía, seguir echando pa'lante y a la generación que me sigue dejarles algo, un conocimiento que quizá no van a tener en esta época de la tecnología, dejar algo que quizá no tuvieron porque ahora la vida es tan diferente. Quiero dejar algo humano con lo que se puedan identificar y que sientan algo más allá de Snapchat… que te deja cosas bonitas, pero en realidad es una pérdida de tiempo.

Eso suena complejo. ¿Tienes una idea concreta de cómo dejar ese legado?

Lo estoy haciendo con la compañía. Tenemos bailarines que son un poco más jóvenes que yo y puedo dar correcciones, enseñar un poquito más por qué se apunta el pie de esta manera, por qué necesitas pensar en la música. Y eso viene con la experiencia. Yo me quedaba después de clases para internalizar las correcciones y entrenarme yo misma porque al otro día venían otras correcciones. A veces es difícil tener ese concepto de por qué necesito hacer esto, cómo puedo mejorar. Te lo tienes que preguntar tú. Eso es algo que he aprendido con los años. No es algo que un muchacho de hoy, por más YouTube que tenga, va a poder entender. Toda esa experiencia la puedo transmitir. Y veo ya la próxima etapa de mi vida. Quiero tener hijos y si sigo bailando después de tener mi primer bebé pienso que voy a bailar de una manera completamente diferente, un poquito más madura, los instintos de madre pienso que te van a dar una calidad, ese instinto de madre que no se puede copiar, eso lo tienes que vivir, lo tienes que sentir y esa es mi próxima meta. (Ríe. Lleva 12 años casada con el entrenador personal Frank Rodríguez, de sangre dominicana.) 

¿Sientes que se puede crear algo nuevo luego de tantos siglos de ballet?

Para crear algo nuevo tienes que invertir mucho en lo que eres, las experiencias que has tenido y darle esa personalidad. Por ejemplo, el coreógrafo de la compañía siempre ha tenido esas ideas de que estaba bailando un ballet clásico y, de momento, rompía con algo loco, pero que todavía es baile, y eso es lo que está haciendo. Cuando una persona tiene esa visión, ¡atrápala y sigue por ahí! Porque son ideas, cosas refrescantes. Cuando se ve algo nuevo, original, le da vida a una pieza. Una de las piezas que voy a bailar en Puerto Rico durante el festival es una pieza de Mozart, Concierto Número 23, coreografiada por Vitali Safronkine. Van a ver algo completamente inesperado, cada movimiento es mucho más moderno de lo que tenemos en mente, lo que hemos visto en el pasado en ballet clásico. ¡Y estrena en Puerto Rico!

¿Cómo ha salido la música puertorriqueña en tu trabajo?

Cuando me pongo a calentar pongo una salsa y empiezo a bailar en puntas, pero nunca he hecho un espectáculo. Hemos pensado integrar la música puertorriqueña en las coreografías (de Uniqart). El director artístico (Murillo) es del País Vasco y entiende esta idea de hacer patria, de sacar lo bonito de tu país, de integrarlo. Me habían comentado ellos dos que podíamos hacer algo cuando la compañía venga a Puerto Rico, un espectáculo con música original en vivo en escena y nosotros bailar con música de Puerto Rico, porque eso es lo bonito, que es un contraste. Nuestra música es tan feliz y tiene tantos colores, y nosotros (en el ballet) somos un poquito más neutrales, y ese contraste se va a ver espectacular. Espero que algún día se me de ese deseo porque lo he soñado. 

Puerto Rico está inmerso en un proceso de crisis, en una transición a otro período de la historia del país. ¿Cómo lo ves?

Nunca he perdido esa parte de entender cómo es que el País funciona, todo lo que tiene que ver con el pueblo, por qué ha sido tan difícil escoger ser o no estado... La gente se tiene que educar bien mirando el ejemplo de otros países, países que están bien, que tienen una economía muy fructífera, hay que mirar qué es lo que funciona allá. Los políticos tienen que viajar un poquito más, mirar bien las estructuras de otros países porque Puerto Rico hay que levantarlo, hay que fortalecerlo, y hay que abrir un poco más la mentalidad del puertorriqueño para que sigan otros ejemplos y crear algo nuevo que no sea muy lejos de nuestras raíces. Si necesitamos ayuda de Estados Unidos y la tenemos, ¿por qué no? Si soy penepé o popular no importa. Quiero ver que Puerto Rico se levante y sea 'self sufficient' (autosuficiente). Llegar a la perfección no es posible, pero ¿por qué no luchar por eso, por levantar nuestros recursos naturales, utilizarlos? Suiza es un buen ejemplo. Allí las personas reciclan, los niños pequeñitos terminan de tomar de una botella de agua plástica, la encogen y la ponen en el reciclaje. Es algo de lo que necesitamos ser conscientes ya, (para) ¡ayer!, cuidar todo lo que tenemos y lo que podemos obtener. Sé que podemos llegar, pero vamos a necesitar muchas influencias de otros países, tener colaboración con gente que pueda echarnos para a'lante.

Mirando el ejemplo de tu madre y visualizándote como a madre que sueñas ser, ¿qué le recomiendas a las familias en términos de educación de cara al futuro del País?

Mi mamá ha sido y sigue siendo una influencia muy grande. No solamente me apoyó en mi escuela académica, me apoyó en lo que yo quería hacer. También respetó siempre lo que yo quería hacer. Me planteó todo lo que era negativo de las decisiones que tenía que tomar y todo lo positivo. Es importante que los padres se sienten con sus hijos y le den ese respeto de que ellos puedan escoger lo que quieren hacer con su vida, pero al mismo tiempo explicarles, sentarse y darles ese tiempo. El tiempo es un regalo y si como padre no puedes dedicarle a tu hijo, aunque sea una hora, para explicar algo súper importante en la vida, en el futuro de esa persona, pues los estás tirando a los lobos. Ese involucramiento de mi madre ha sido súper clave, es algo que le voy a agradecer el resto de mi vida, para agradecérselo lo voy a tratar de hacer con mis hijos también.

¿Cómo defines tu relación con el ballet?

(Ríe). Bueno... nunca ha sido algo de amor porque es súper sacrificada, súper difícil, bien duro. Nunca tuve una vida normal de salir, nunca fui al 'prom', no hice esto ni aquello porque siempre era: 'tengo que ensayar', 'me tengo que cuidar',' tengo que comer saludable', 'no puedo ir a comer pizza'. Inclusive en Béjart Ballet no pasaba mucho tiempo con mi esposo, fue una de las claves que me indicó '¡mira! abrimos compañía, hacemos nuestras propias coreografías y nuestras propias cosas', porque llega un punto en que la vida empieza a hacerse cortita. Esa relación con el ballet ahora está mucho mejor. Ahora siento que amo el arte porque me quiero un poquito más, porque cuando bailo tengo más tiempo de pensar en cómo me quiero mover, en qué necesito hacer. Antes era 'performance', 'performance', función, ensayo, ensayo, no había tiempo ni para pensar… para realmente internalizar los pasos o cómo me quiero expresar y he aprendido mucho en estos últimos dos años con Uniqart, que me ha dado esa expresión artística. Entonces, ahora he aprendido a amar el ballet y el movimiento y la música. Es como ver el ballet con otros ojos porque ya no me tengo que sacrificar tanto. (Ríe y suspira). Ahora es disfrutar, porque (como bailarina activa) ya no me queda mucho.