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Con la maña de Mafalda, la conciencia de Charlie Brown, la risa de Snoopy y la oscuridad de Batman, la que escribe estas líneas anhelaría inventarse un personaje. Sacaría las botas multicolor, unos lentes de intelectual y la capa excéntrica para darle rinda al álter ego y su historia.

Tal vez la magia  de una historieta es que cada uno puede diseñar su propio personaje según sus fijaciones y gustos. Quizás el encanto de las burbujas de texto y el arte en secuencia, tiene su raíz en las ganas de provocar la imaginación de sus artistas y los lectores que se sumergen  en esos micromundos recuadro a recuadro, panel a panel.

Muchos los asocian al humor, otros a los superhéroes. Para algunos, el cómic está ligado a unas viñetas en un diario, sin más. Pero para otros es un paquín querido que se colecciona, que marca una vida con su arte tan cinematográfico.  

Unos adjetivan estas historietas como una subcultura, mientras otras voces califican su producción como “el noveno arte”. Contrario a lo que se podría imaginar, en Puerto Rico existe una tradición de cómics que se ha extendido durante décadas y que sigue sin freno.

Según Luis Jefté Lacourt, profesor que recopila la historia local de los cómics, existe poca evidencia de cómics publicados a inicios del siglo 20. “En Puerto Rico, desde los más antiguos, los cómics se han tirado artesanalmente y  las probabilidades que se consigan luego de un tiempo serán remotas”, indica el administrador  del portal que estudia al cómic como medio artístico, Funny Fish Fountain Comics.

Lacourt dice que,  desde finales de los 30, los artistas locales encauzaron una producción a la que los lectores tendrían acceso a través de suplementos o periódicos dominicales.

A don Ismael Rodríguez Báez, de 79 años, muchos le acreditan el paquín más antiguo que hasta el momento se ha documentado en la Isla: “¡Fuego!” (1960).

 “Fue fantástico hacer cómics en esa época.  Todos los negocios me llamaban y se interesan en hacer un comic book”, rememora quien del 60 al 80 se dedicó a realizar  paquines educativos solicitados por entidades públicas y privadas como el Partido Popular Democrático.

Como saldo de esa etapa, Rodríguez calcula que produjo alrededor de 150 cómics de los que solo le quedan como 40 tras subrayar que hacer tirillas “para que los niños leyeran” era lo  más que le gustaba hacer.  

Existen, indudablemente, una gama de ejemplos que merecerían citarse por contribuir al talante de la producción de hoy.

Uno  es “Turey, el taíno” del cubano Ricardo Álvarez-Rivón que, como plantea Lacourt, fue la serie de cómics más duradera del País (1989 a 2006). En las tirillas puertorriqueñas también resalta la retórica femenina de las  universitarias  “Tuta y Tita” que la cubana  Nadia Martín creó a mediados de los 80.

Asimismo, para muchos fue clave “Ventana”, la que se considera la primera serie de  superhéroes del País que creó José “Pepe” Vázquez (J.H. Vazz) en los ochenta.

 Igual que en otros renglones, varios exponentes boricuas han ganado trascendencia fuera del terruño. Rubén Moreira fue uno de los primeros cuando en los 40 trabajó bajo el seudónimo “Rubimor”, como otros artistas,  la icónica historieta “Tarzán”.


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