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La trama de “Joker” sucede en una ciudad Gótica a principios de los años 80. (Warner Bros.)
La trama de “Joker” sucede en una ciudad Gótica a principios de los años 80. (Warner Bros.)

Impresionante, imperfecta e inolvidable. Así es el “Joker” de Todd Phillips (“War Dogs”, “The Hangover”), un filme que ha sido creado para incomodar y generar debates. 

Aunque la mayoría de las conversaciones sobre el filme previo a su estreno se han centrado en como la violencia en pantalla podría afectar al público, la ambivalencia artística de la dirección de la nueva producción de Warner Brothers garantiza que el espectador no pueda parar de pensar en esta película por mucho tiempo después de que la misma haya terminado.

El gancho principal del filme, que comienza a exhibirse mañana jueves, es su complejidad dramática. Este es un recurso que es casi inexistente en el cine comercial moderno de Hollywood y es lo que va a permitir que este retrato retorcido de la salud mental del personaje titular se meta debajo de la piel del espectador e invada su psiquis.

La gasolina de todo este despliegue de ambición artística es el trabajo magistral de Joaquin Phoenix. Su interpretación es hipnótica, profunda y la razón por la cual esta versión del icónico personaje titular de DC tiene que ser vista en la pantalla grande.

Lo otro que resulta pertinente resaltar es que “Joker” no ha sido concebida como una antítesis de una película de superhéroes ni como una “película de comic”. Esta distinción no solo es porque Phillips y su co-guionista Scott Silver no adaptaron ningún material en particular de DC Comics para crear su versión del personaje titular. Desde el primer encuadre de esta película queda claro que su propuesta audiovisual (el diseño de producción, la cinematografía, vestuario, dirección de arte) va en función de un realismo indiscutible y tajante.

La trama de “Joker” sucede en una ciudad Gótica a principios de los años 80 que además de ser un eco cinematográfico del Nueva York de Martin Scorsese en “Taxi Driver” también funciona como un espejo del caos y la decadencia social del siglo 21.

“Cada vez se pone peor ahí afuera” es uno de los primeros parlamentos  de Arthur Fleck (Phoenix) refiriéndose a las calles llenas de apatía, desigualdad y violencia donde el personaje está tratando de ganarse la vida y soñando con tener una carrera como comediante. Para Arthur esas calles son más difíciles que para el ciudadano común.

Su rutina diaria incluye batallar un daño cerebral que lo lleva a reírse, descontroladamente, cada vez que se encuentra en una situación social incómoda o conflictiva.  Su condición lo ha dejado dependiente de unos medicamentos que  lo mantienen en un letargo permanente mientras se mueve de su trabajo a cuidar a su madre (Frances Conroy).

Los únicos momentos de alivio para Arthur es cuando tiene la oportunidad de fantasear con ser el comediante principal en el show de televisión nocturno de Murray Franklin (Robert De Niro) y las interacciones casuales que tiene con una vecina (Zazie Beetz) quien parece ignorar todo lo que hace que Arthur sea un personaje excéntrico.  La rutina cotidiana del protagonista es quebrantada por varios incidentes violentos que lo empujan a conectar con el lado oscuro de su naturaleza.

Uno de los aspectos más curiosos de este filme es que ha sido construido como un estudio de personaje con un guion que no profundiza sobre la salud mental de su figura central. 

Los guionistas resisten utilizar sicología barata para explicar las acciones de Arthur.  El filme parece rechazar la noción de que el personaje estuviera destinado a convertirse en el rey del caos y violencia que está asociado con el Guasón como villano de comic, pero también resiste  dejar claro si el personaje es un síntoma de la sociedad que lo ha aplastado o la enfermedad que es liberada para destruirla.

Esa área gris en la que trafica Phillips durante gran parte del filme es infinitamente interesante y admirable pero también crea el espacio para que la ambigüedad alrededor de los momentos más violentos del filme resulten confusos o problemáticos. 

Todas las imperfecciones de esta película, y la razón por la cual no puede ser declarada una obra maestra, están atadas a la inconsistencia de la dirección de Phillips. Toda su propuesta visual exclama veracidad y realismo, pero este no puede resistir el inyectar parta de la mitología de los comics de DC dentro de la jornada de Arthur. El director crea el espacio para que su actor principal domine la pantalla de una forma nunca antes vista, pero a la misma vez lo socava con decisiones que son más típicas de un filme comercial superfluo.

Afortunadamente, el poder de la interpretación  de Joaquin Phoenix y su veracidad emocional aplasta todas las transgresiones de la dirección.

Desde el primer momento que lo vemos en pantalla todo lo que está presente en la psiquis y el alma de Arthur se manifiesta y de ahí en adelante el actor sigue utilizando su cuerpo como el instrumento con el que se va a tocar la sinfonía trágica y destructiva del personaje titular. Esto es un logro espectacular que tiene que ser visto en la pantalla grande.