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El edificio diseñado en los 50 para albergar el Hotel Ponce Intercontinental posee grandiosas vistas hacia el mar y hacia el bosque. (Suministrada)

Es una obra de ensueño diseñada por el arquitecto William B. Tabler en la década de 1950 y enclavada en lo alto del sector El Vigía en el barrio Portugués de Ponce, en una posición más privilegiada que la del histórico Castillo Serrallés y la Cruceta de El Vigía.

El Hotel Ponce Intercontinental fue escenario de sonados eventos artísticos y sociales, pero solo operó de 1960 a 1975. Su existencia, aunque fugaz, produjo para quienes lo visitaron gratas memorias hoy convertidas en nostalgia.

Memorias únicas también guardan sobrevivientes de la tragedia causada por el deslizamiento de terreno ocurrido en 1985 en la comunidad Mameyes, quienes por algún tiempo estuvieron refugiados allí. En años más recientes, curiosos, aventureros y estudiosos de campos como historia y arquitectura han figurado entre sus más asiduos visitantes y admiradores.

El estado de abandono en el que se encuentra, inspira a muchos a fantasear con cómo restaurarlo y devolverle la vida. Una de esas fantasías, la del joven arquitecto y diseñador lumínico puertorriqueño Juan José Acosta, fue reconocida recientemente como una de las propuestas destacadas de la competencia SOURCE Awards que realiza la empresa Eaton hace 39 años.

Idea destacada

En su proyecto El Ponce, Acosta propone rescatar la estructura y convertirla en un moderno espacio residencial para jóvenes sin hogar de la comunidad LGBTT (lesbianas, gays, bisexuales, transexuales y transgénero), maximizando el uso de los espacios comunes, la luz natural y las vistas para crear un ambiente de vida en  familia.

En entrevista con Por Dentro, el profesional con doble maestría en arquitectura y diseño de iluminación de Parsons School of Design, en Nueva York, explica que la idea del trabajo tomó forma durante su investigación para la tesis de maestría.

“Durante mi trayectoria para la tesis de un año y pico, hice investigación sobre problemas sociales, qué grupo tiene más necesidades de residencia, y descubrí que en Estados Unidos de los jóvenes de menos de 25 años sin casa, vagabundos, en las calles, el 40% son gays, de la comunidad LGBT, y están si casa porque las familias los botan de las casas por ser gay; no tienen apoyo”, revela el caborrojeño radicado en la Gran Manzana.

Acosta no encontró datos sobre esta población en Puerto Rico, pero entendiendo que la situación debe ser parecida, “mi enfoque fue crear un oasis para ellos, donde tengan una estructura familiar y creen una comunidad donde se le de apoyo”.

“El plan era que pudieran ir a la escuela, que tuvieran estabilidad”, recalca.

Por eso, las áreas públicas y comerciales en el primer nivel las convirtió en salas semiprivadas y en una amplia cocina-comedor con múltiples estaciones para confeccionar y degustar alimentos. Estos espacios domésticos, pero a la vez comunes, permitirían a los jóvenes realizar sus actividades hogareñas al tiempo que comparten como familia con otros inquilinos o con sus visitantes.

“Creé un comedor gigante donde hay pequeñas estaciones, donde cada persona puede preparar su propia comida para que estén ahí, tenga un sentido familiar, pero a la vez se preparen para cuando tengan que ir al mundo real”, explica el concepto.

“En lo que era originalmente un área comercial en el lobby, que había como tres tiendas pequeñas, convertí esos pequeños nichos en salitas de estar para que cada cual pueda compartir en espacios más pequeños y también hay un área comunal donde se puede jugar billar, tenis de mesa, se puede hacer un baile…”, agrega.

Para lograr estos espacios de vida en colectivo, Acosta propone eliminar paredes que no sostienen carga estructural con el fin de abrir y unificar espacios.

“Como era un hotel de los 60, en los 60 la arquitectura estaba bien dividida en muchos espacios con muchas paredes, todo era como laberíntico. Pero hice mi estudio y la mayoría de esas paredes que dividían los espacios no eran necesarias para que la estructura se aguante; el sistema estructural, las columnas y las vigas estaban separas de esas paredes. Pude proponer que se abriera el espacio completo y crear espacios más grandes para áreas comunales”, detalla.

“Es uno de los espacios más importantes y uno de los espacios emblemáticos del edificio porque es como un cascaron de concreto, que es básicamente la misma técnica que se usó para crear la concha del Hotel La Concha (en San Juan). En el hotel (Intercontinental), como había paredes no se podía apreciar que esa obra estaba ahí”, ilustra.

Historia de glamour y abandono

Localizado en un montículo de 22.5 cuerdas de terreno, el edificio de siete niveles que era el Hotel Intercontinental ofrece una vista panorámica de la costa sur de Puerto Rico y el mar Caribe que es apreciada desde parte de sus 170 habitaciones, 20 de las cuales son tipo ‘suites’, pero también da vistas hacia el monte.

De su fachada se distingue los techos en forma arqueada del primer piso, que asemejan gaviotas en vuelo. Precisamente bajo estos estarían las áreas comunes de preparación de alimentos, que al no tener paredes aprovechan al máximo la luz natural que llega desde el exterior.

Otros elementos distintivos son la forma arqueada de los balcones de las habitaciones, y la rotonda abierta donde ubica la piscina.

“Es raro ver arquitectura (moderna) buena fuera del área metropolitana y esto fue una obra que cuando se diseñó a finales de los 50 y se construyó y abrió para los 60 tuvo auge internacional. Fue publicado en revistas de renombre. Sentí que era una buena pieza de arquitectura que se estaba perdiendo por negligencia”, apunta sobre la motivación inicial para idear una manera de rescatarla.

Como parte de su investigación, Acosta logró visitar al hijo del arquitecto original de la obra, el también arquitecto William B. Tabler, Jr. Escuchó parte de la historia personal y familiar detrás de la misma y pudo ver planos originales. Fue informado de que la causa principal por la que el Ponce Intercontinental tuvo que cerrar fue el pobre acceso vehicular a la zona en los años 60 y 70, razón por la cual él decidió convertirlo en un proyecto de vivienda. Posteriormente el arquitecto descubrió que la Legislatura Municipal de la ciudad también tenía interés en que se convirtiera en un hogar, pero para personas de mayor edad.

Por Dentro indagó sobre el devenir de la propiedad y resulta que la Compañía de Fomento Industrial decidió comprarla en 1985 para ampliar sus facilidades y convertirla en centro de alojamiento de clase mundial, pero aun cuando invirtió en estudios técnicos, nunca completó el proyecto.

En el 2006 vendió la propiedad por $1.8 millones a CBC Development, Inc., presidida por Francisco Rivera, que según documentos oficiales planificaba convertirla en un resort de lujo, pero tampoco lo logró. Por Dentro supo que la empresa y un grupo de inversionistas de la zona están en conversaciones para retomar los planes de rehabilitarlo con fines turísticos, pero al cierre de esta edición los representantes de CBC no respondieron las solicitudes de entrevista.

Mientras, queda consignada para la historia a propuesta conceptual del puertorriqueño de 27 años Juan José Acosta, quien se sigue abriendo camino como parte del equipo profesional de HLB Lighting Design, firma independiente especializada en iluminación arquitectónica, fundada en 1968 y con oficinas en seis importantes ciudades de Estados Unidos.


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