Por orden del Departamento del Salud, hasta el 30 de marzo, solo los padres, hermanos, hijos y cónyuges del fenecido podrán darle el último adiós en un velatorio de cuerpo presente. (Shutterstock)

Las estrictas medidas gubernamentales que buscan minimizar el contagio comunitario del coronavirus en Puerto Rico han cambiado completamente la manera en que los puertorriqueños dan el último adiós a sus seres queridos.

Sin velorios ni cánticos, las comitivas fúnebres que hace una semana superaban las 70 personas –entre familiares, amigos, vecinos, colegas y curiosos– se han reducido a la decena de familiares más cercanos al fenecido por orden del Departamento de Salud.

Desde el domingo pasado, y al menos hasta el 30 de marzo, son solo sus padres, hermanos, hijos y cónyuges los que tendrían cerca de una hora para despedirse de sus difuntos en una capilla casi vacía, sin el usual aroma a café y pan caliente que se cuela desde el pasillo de la funeraria, donde suelen congregarse decenas de puertorriqueños por largas horas, incluso días.

“Se nos prohíbe aglomerar gente en las funerarias y los cementerios. Por eso nos vemos forzados a hacer la cremación o enterramiento directo, sin velorio. Hay personas que prefieren velar el cuerpo en la iglesia o en el hogar, pero eso tampoco es una opción ahora mismo”, expresó la propietaria de la Funeraria Fernández en Mayagüez, Lynette Matos, quien ha tenido que explicar el nuevo protocolo a varias familias desde que la gobernadora Wanda Vázquez firmó la Orden Ejecutiva 2020-023 el pasado domingo.

“Es bien difícil, pero se trata de que las personas no se conviertan en otra estadística del COVID-19. Cuando le explicamos la importancia de salvaguardar la salud en estos momentos, entonces entienden un poco mejor, aunque les duele mucho”, añadió Matos.

Transforman el velorio

En una isla donde muy pocas personas planifican para su muerte, Matos indicó que el servicio de velatorio, que antes incluía el ataúd, servicio de cafetería, tarjetas de recordatorio y un libro de firmas a un costo promedio de $2,000, se ha reducido a $1,500 porque no hay velorio ni comida que compartir. Rondando los $800, la cremación directa sigue siendo la opción más económica para los puertorriqueños.

Bajo las nuevas restricciones, la Funeraria San Antonio en Isabela ha invitado a seis familias puertorriqueñas a experimentar con el velorio virtual y, aunque la mayoría ha dicho que no, dos de ellas han accedido a que la funeraria transmita imágenes en vivo a través de un circuito abierto a los familiares y amigos que no puedan despedirse en persona.

“Con el consentimiento de la familia, notificamos, a través de las redes sociales, que la persona va a estar en una de nuestras capillas equipadas con cámaras para que se puedan despedir de los suyos. Así se efectuó elvelorio por nuestra página web”, dijo el propietario de la funeraria, Iván Rosario, quien usa el mismo protocolo hace casi diez años, especialmente para los familiares en la diáspora.

Según explicó, allí tiene cuatro capillas y cada una tiene sus cámaras con contraseña. En las redes sociales, Rosario incluye los detalles del corto velorio digital, una foto del fenecido y un breve mensaje de la familia, al igual que un enlace a su página y el código para accesar las imágenes en vivo.

El pasado miércoles, y con el debido permiso de su familia, El Nuevo Día accesó a las imágenes del velorio digital de un isabelino, atestiguando cómo la cámara grababa una vista aérea del difunto en su féretro coronado de girasoles y claveles blancos.

“Para los que no pueden salir de su casa por miedo a contagiarse con el coronavirus, esas imágenes valen un millón porque se pueden despedir de los suyos con dignidad”, sentenció Rosario, quien entonces se preparaba para darle sepultura al fenecido en el cementerio Los Jardines de su natal Isabela.

Por orden del Departamento de Salud, allí lo debían esperar el administrador del cementerio y el sepulturero para, rápidamente, descender el cuerpo al fondo de la fosa o colocarlo en el panteón familiar, sin capellán ni oración final, despedir a la familia y volver a echarle candado al portón del cementerio.

“Ya te podrás imaginar lo difícil que es eso para comunidades bien católicas como las que tenemos aquí en San Lorenzo y Aibonito. Usualmente llega la guagua de sonido con la comitiva justo detrás escoltando al coche fúnebre. Hay entierros a los que llegan 70 personas”, expresó Dennis Castro, administrador del cementerio privado El Remanso en San Lorenzo y otros tres en Aibonito, Barranquitas y Orocovis.

Ahora, esa caravana sonora de peatones, automóviles y hasta caballos se redujo al coche fúnebre y uno o dos vehículos con cuatro o cinco familiares, que saludan de lejos al sepulturero antes de ver al cuerpo de su familiar descender a su última morada.

Otros cementerios han tomado medidas aún más drásticas de distanciamiento social al no permitirle a los familiares bajar de sus vehículos mientras el sepulturero hace su trabajo.

“Yo no llego a ese nivel, pero los entiendo porque tenemos que regirnos por lo que ordena el Departamento de Salud. Nadie quiere una multa de $5,000 o incluso hasta perder licencias”, recalcó Castro, quien opera el único cementerio aún con cupo en San Lorenzo.

A preguntas de Negocios, Matos y Castro respondieron que, en teoría, es posible guardar el cuerpo de un ser querido en los congeladores funerarios hasta que pase la crisis, pero solo si no interrumpe las operaciones diarias. Solo Matos se atrevió a precisar un costo de $50 por día, que pudiera redundar en milesde dólares si se extiende el toque de queda, por lo que recalcó que lo mejor es la cremación o el enterramiento directo.


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