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Ponce- Cuando Sandra  Pietri despertó de la operación en que le extrajeron el lóbulo frontal derecho de su cerebro, lo primero que hizo fue pedirle la bendición a sus padres.

Así también les responde al teléfono cada vez que uno de ellos la llama para saber si se encuentra bien. Y eso puede ser muchas, pero que muchas veces al día.

Pietri, pacientemente, sigue al “bendición” con un “estoy bien” y comprende que se preocupen: hasta hace cuatro años, sufría entre 15 y 20 convulsiones epilépticas diarias y cada una de ellas significaba una oportunidad para un accidente o un golpe peligroso.

Por eso, con 24 años -una década después de que le diagnosticaran epilepsia-, tomó la drástica decisión de someterse a la cirugía que le arrebató el olfato, pero que le dio la posibilidad de ser independiente.

“A mí me dijeron que yo podía incapacitarme y coger el Seguro Social, pero no es eso lo que yo quiero, yo quiero seguir trabajando”, dice,  sentada en un banco de la Pontificia Universidad Católica de Ponce, donde cursó el bachillerato, estudia la maestría y ya planifica conseguir su doctorado.

Que la pérdida de su olfato se mencione sin mucho dramatismo se debe a que, para ella, no lo ha tenido. No lo asume como una desgracia ni mucho menos. Sabe que, de todas las posibles consecuencias de la intervención quirúrgica -perder movilidad, el habla, quedar en estado vegetativo-, las suyas han sido completamente manejables.

“Yo fui tan llena de fe y de esperanza de que todo iba a salir bien”, recuerda Pietri, quien junto a su familia tuvo que recaudar los cerca de $400,000 que hicieron falta para pagar la operación que le realizaron en un hospital de Nueva York.

El día a día de Pietri, quien se crió y tiene a toda su familia en Sabana Grande, parece desde lejos el de cualquier estudiante graduada en consejería. Y, a grandes rasgos, lo es. 

Las diferencias se detectan al detenerse en su rutina. 

Para mantener su padecimiento a raya, Pietri debe ingerir 11 pastillas diarias de anticonvulsivos. No guía por temor a sufrir una convulsión mientras maneja y, por la misma razón, el solo acto de cruzar una calle representa para ella un desafío de sus ansias de independencia.

   Pero en hay algo más fuerte en esta joven estudiante que las convulsiones que todavía sufre una vez cada cinco o seis meses y  que, de imprevisto, pueden lanzarla al suelo y provocarle movimientos involuntarios. 

Ella ha estado decidida, desde el primer día, a que puede desempeñarse como cualquier otra persona, y a pesar de los retos que le ha supuesto la condición mantiene intacta su meta de, en algún momento, convertirse en profesora universitaria.

Si hay algo que centra los esfuerzos de Pietri, eso es ganar su total independencia y, para ello, ha puesto los ojos en la meta que sabe que la ayudará a conseguirlo: un perro guía, entrenado para avisarle si va a tener una convulsión. 

De él la separan por ahora $20,000, pero ella, que bien se conoce, sabe que, más temprano que tarde, conseguirá su compañía para entonces poder salir a pasear cualquier tarde de domingo.


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