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Un embalsamador retirado y el joven que ahora asume ese rol en su funeraria explican cómo ha cambiado el proceso de preparar un cuerpo para el descanso final.

La muerte suele llegar con una carga muy pesada. Por eso, a la hora de iniciar el arduo camino del duelo, velar a los muertos, la forma en que se ve por última vez a ese ser querido es tan importante que puede ser la diferencia entre la angustia y el consuelo.

Pero detrás de esa última imagen, hay un trabajador clave: el embalsamador.

Lo que nuestros ojos ven en las funerarias es producto de un trabajo minucioso que incluye procesos químicos, que comenzaron cuando el biólogo Federic Blum introdujo el formaldehído, procedimientos casi quirúrgicos para reconstruir daños, y horas de preservación y maquillaje. 

En 1938, 42 años más tarde de la iniciativa de Blum, nació Carlos Malavé en Añasco.

Es un hombre de un gran sentido del humor, que conoce a todo el mundo y todos los conocen a él. Tiene 80 años y por 53 practicó el arte del embalsamamiento.

Carlos recorre la funeraria que lleva el nombre de su familia hasta la capilla principal, donde esa mañana velaban a un veterano de guerra.

Sobre su ataúd había una bandera de Estados Unidos. Sus familiares entregaban una tarjetita de recordación, con una pequeña oración de consuelo: “Queridos míos, hacia donde voy no existe dolor ni lágrimas...”.

La funeraria de Malavé es una de pueblo, de esas donde se da chocolate, café, jugo y lo que la familia quiera. Un lugar de encuentro en el que todos se saludan porque todos se conocen.

Cuando Malavé tenía 21 años, era un maestro de historia. Pero los hilos de la vida lo fueron llevando poco a poco a lo que se dedicó en cuerpo y alma. Aprendió de Pedro Rivera, el embalsamador de la Funeraria Fernández, el negocio que adquirió y que mantiene abierto bajo Funeraria Malavé.

Tenía 27 años y lo hacía todo, desde buscar el cadáver, preparar su cuerpo y volverlo a entregar a las familias, porque era en las casas donde se velaban a los difuntos. Era una logística complicada, especialmente esos primeros 10 años en los que lo hacía todo. A la casa había que transportar los portavelas, las lámparas, floreros, el carrito para poner el ataúd, sillas para los dolientes y visitantes.

“Era mucho trabajo. Hoy es más fácil porque se hace en las funerarias”, explicó.

De hecho, es una práctica que no ha desaparecido del todo, pero está casi en desuso.

“Después de aprender todo este trabajo, me gusta más que cualquier otro trabajo, más que de maestro”, confesó Malavé.

-¿Qué es lo menos que le gusta?

-Me gusta todo.

-¿Qué es lo más gratificante de todo?

-Es que todo es gratificante. Tú lo has visto aquí, la gente, la familia.

En sus tiempos de embalsamador, el proceso era más simple. No había la rigurosidad ni el papeleo de hoy. Pero, la base del procedimiento de preservación del cuerpo es prácticamente igual: se abre la arteria carótida, por donde se inyectan los químicos, y las venas, por donde se drena la sangre.

Una de las cosas más curiosas que contó Malavé es cómo se deshacía de los gases que se producen en el cuerpo tras la muerte: haciéndole rotitos con un alfiler. A veces, dijo, había que esperar mucho tiempo. Hoy en día, químicos especiales se encargan de eso.

Otra evolución es la forma de cubrir las heridas.

Por ejemplo, si un cadáver llegaba con el rostro desfigurado, Malavé lo cosía y luego le untaba cera antes de maquillarlo. Se hablaba con la familia para ver si querían exponerlo o mantener cerrado el ataúd. Ellos tenían la última palabra. Hoy es igual.

Actualmente, ese procedimiento es mucho más quirúrgico: se cosen las heridas por dentro y si es necesario, se utiliza pega en el exterior. Luego, como en antaño, se termina con cera.

El maquillaje que usaba Malavé antes podía salirse con los abrazos y la gente que tocaba al difunto. Entonces él, debía retocarlo. Cargaba siempre con el equipo.

Actualmente, los maquillajes son más fijos, aunque una gota de agua puede remover parte de ese trabajo. Sin embargo, se usan productos de calidad y técnicas más modernas, como el airbrush o maquillaje con aerógrafo.

A Malavé le tomaba una media de 50 minutos preparar el cuerpo y la preservación duraba dos o tres días. No más. En los procesos de ahora, puede tomar entre tres y cuatro horas. El cuerpo se conserva durante el mismo tiempo. 

A los 10 años con el negocio, Malavé pudo contratar un ayudante que le alivió la carga.

Este hombre de 80 años dice que nunca vio nada extraño y que jamás le ha temido a la muerte, con la que ha trabajado casi toda una vida.

Para lo que a muchos es sinónimo de miedo, para él es algo muy normal. Y lo dice muy tranquilo.

-¿Qué es la muerte para usted?

-Un proceso natural. Normal.

-¿Qué es lo más complicado de ser embalsamador?

-Cuando en la familia unos quieren una cosa y otros quieren otra cosa. Uno dice que lo cremen y otro que lo entierren. Ahí viene el problema.

-Y se velaban en las casas, ¿cómo hacía?

-Válgame, había que llevar el equipo de velar y después se llevaba el difunto en su caja. Se embalsamaba en la funeraria y luego se llevaba a la casa. Eso era bien exigente, querían el cuerpo rápido.

-¿Cuánto tiempo lo velaban?

-Había veces que tenía uno que dejárselos por tres días. Lo otro era que estaban acostumbrados a hacer los funerales a pie. Uno tenía que ir 400 o 500 metros (unos 1400 pies) al frente y si iba uno un poquito rápido, decían: 'No, no, este es un entierro a pie y no hay apuro'. Uno tenía que ir poquito a poco y cuando se cansaban, había que parar un rato a descansar y después volver y seguir hacia el cementerio. Ahora la gente está más preparada.

-¿Cómo ha cambiado el oficio?

-Mucho para beneficio de los dueños de las funerarias porque antes eran en las casas.

-¿Qué tipo de difunto era más difícil de embalsamar?

-Los de más peso. Uno lo tiene que bañar y virar, y es más difícil. Después cuando se viste, hay que cogerlo y echarlo al ataúd. Si el cadáver pesa mucho, el ataúd también. Cuando yo empecé, eso de tener grúas para mover los cuerpos no existía. Era al hombro ahí, luchando ahí, era bien difícil. Ahora no, ahora hay grúas para moverlos.

En la entrada del cuarto de embalsamar que tiene su funeraria está la grúa con la que mueven los cuerpos. Se ubica en el área de un garaje, donde tiene los carros fúnebres. Son cuatro, blancos, grandes y muy caros. Dos de ellos, dijo, le costaron más $350,000.

La grúa está en el techo y se mueve por unos rieles hasta la puerta del lugar donde se trabaja el cuerpo. Entonces, se coloca en una camilla en metal con ruedas.

La entrevista sigue y cuando se le pregunta si alguna vez se deprimió con un caso, Malavé tuvo el primer momento de introspección.  Su rostro se tornó serio. Hay dos casos que siguen estrujándole el alma.

“Cuando ves niños, como vi yo una vez una nena llorando a su mamá, que tenía como 10 años, y me decía: ‘Malavé, no te la lleves, no te la lleves’. Llorando así, ahogá. Eso es bien duro. Una nenita de 10 años diciéndome a mí que no me llevara a su mamá. Fuerte, fuerte”, dijo.

La emoción del recuerdo lo sobrecogió. Su mirada, su expresión, hablaban más fuerte que sus palabras. Con un dedo secó su ojo derecho, impidiendo que una lágrima brotara.

-¿Hubo otro caso?

-Sí, el primer año trabajando en la funeraria hubo un accidente de unos nenes que se montaron en un carro de bueyes que traía caña. Salieron de la escuela y pidieron pon. Estaban bajando la cuesta y se quedaron sin freno. La caña resbaló y los muchachos se cayeron. Una señora estaba llorando porque el marido se había muerto y cuando fui, me encontré que no solo era el marido de ella, había también dos muchachos menores. Antes las autopsias se hacían en los hospitales de distrito, y había que llevarlos a Mayagüez.

Malavé llevó a los niños a la morgue a pedido de la madre para que le hicieran la autopsia. “Al primer nene que cogimos, se le pasó la sierra en la cabeza y se hizo todo el proceso. Terminó. El segundo nene, le hicimos lo mismo, pero cuando la sierra abrió el cráneo hizo esto (levanta la mano para protegerse)", contó. “Entonces dijimos: 'búscate al doctor'. Estaba en el segundo piso. Se le puso la sierra de nuevo, y volvió a hacerlo", siguió.

-¿Estaba vivo?

-Empezaron a buscar a todo el mundo, cuanta enfermera había. Llegó el director del hospital y sacaron a todoel mundo y me sacaron también. Pero me quedé por la puerta de una oficina (que daba a esa sala). Me puse a escuchar, no se entendía bien lo que hablaban y oí entonces la sierra otra vez. La apagaron. Dijeron que iban a hacer unos estudios y que iban a tardar. Lo que yo sé es que oí la sierra y lo cortaron.

-¿Usted se quedó con la sensación de que nunca supo si ese nene estado vivo?

-Para mí, que estaba vivo... ese muchachito tenía 12 o 13 años. Esas son las dos experiencias que yo te digo que cuando saque el pasaje y me vaya (muera), me las llevo conmigo.

-¿Ha soñado con alguno de sus difuntos?

-No, gracias a Dios que yo no sueño.

-¿Ha velado aquí en su funeraria algún familiar?

-Seguro, a mi mamá, mi papá, a mi hermana.

-¿Usted mismo preparó sus cuerpos?

-No, no... lo hizo un empleado.

-¿Qué ceremonia más llamativa ha tenido en su funeraria?

-Las ceremonias que son más llamativas son las de los veteranos por el toque de queda. La gente no está preparada y cuando empieza la trompeta a tocar, ahí es que empiezan a llorar.

En la tarde, Emmanuel Crespo Valentín, uno de los cuatro embalsamadores que contrata Malavé ,llegó cargando dos grandes embalajes con sus herramientas de trabajo. Él también es de Añasco. Tiene 32 años. Es embalsamador desde el 2011 y hace seis años que también forma a los futuros profesionales del arte mortuorio en el Ponce Popac Institute.

En la isla, la Junta de Embalsamadores ha expedido 391 licencias.

Emmanuel es simpático. Para él, su trabajo es muy serio. Como a Malavé, le apasiona porque al final de la cadena está lo más importante: el agradecimiento y la satisfacción de los familiares.

A la derecha, Emmanuel Crespo Valentín.
A la derecha, Emmanuel Crespo Valentín. (Teresa Canino )

El cuarto de embalsamar estaba impregnado de un fuerte olor a formaldehído, un compuesto químico que se usa en el proceso. Al fondo, en una percha que colgaba de un abanico de extractor, estaba la vestimenta que usa Emmanuel: una bata blanca y una mascarilla. Necesita también unas gafas y usa unos guantes de hule violetas.

Es un espacio pequeño, tiene dos fregaderos, productos de limpieza, de eliminar las bacterias, la máquina que se conecta a la arteria para inyectar los líquidos de preservación y en una tablilla, un despliegue de los químicos que se usan.

Sobre la camilla de metal, donde se colocan los cadáveres, Emmanuel puso una especie de protector absorbente y desplegó todos sus instrumentos. Uno por uno, explicó qué son y para qué se usan.

Es claro que es un profesor de embalsamamiento.

El escalpelo, donde va el bisturí, que es para hacer incisiones. La aguja de aneurisma para levantamiento de los vasos sanguíneos, venas y arterias. El fijador arterial, un forceps que se utiliza en conjunto con un tubo arterial, y es donde se insertan las venas para drenar la sangre con la máquina. Tijeras, pinzas con resortes y angulares. Tubo de drenaje, para el proceso de sacar la sangre, y el inyector de cavidad para insertar en la arteria los químicos. Troca hipodérmica, que es un instrumento largo, como los que se usan en las liposucciones, para llevar los químicos a las áreas donde no llegaron a través de la arteria. Y el inyector de aguja, que se usa para los alambres que fijan la boca o el cráneo a la cavidad, en cuerpos que fueron sometidos a una autopsia.

Los químicos se mezclan como si fuera la composición de una medicina, dependiendo del estado del cuerpo del difunto. Los arteriales, para dar firmeza en los que ya muestran signos de descomposición. Los moderados, que tienen humectantes para los que mueren deshidratados. Los de poca firmeza, para los que lucen una pigmentación amarilla producto de enfermedades como hepatitis o una sepsis. Están los de las cavidades, para los órganos internos, y los accesorios, que tienen variables como humectantes o inyectores.

La variedad es amplia como amplios son los productos para tratar nuestra piel y cuerpo. Hacen mezclas de químicos para que la piel del difunto luzca natural. Si se requiere una textura más firme, se necesita una intensidad de químico más alta. Por ejemplo, 8 onzas por galón de un químico para un caso normal. Si se necesita mayor rigidez, entonces se precisan 10, 12 o 14 onzas por galón, dependiendo del caso.

Algunos de los maquillajes que se utilizan en los cadáveres en el proceso de embalsamamiento.
Algunos de los maquillajes que se utilizan en los cadáveres en el proceso de embalsamamiento. (Teresa Canino )

De hecho, el botox que usan los vivos para verse más jóvenes salió de un químico que se usa en los cuartos de embalsamar. Se mejoró el producto y ahora es muy popular.

“Para cada enfermedad, hay un medicamento. Igual pasa en la muerte, con los productos preservativos. Hay productos para tratar edemas, que es cuando la persona retiene líquido en todo su cuerpo. Hay otros productos con humectantes para retener la humedad, por ejemplo, los que mueren por deshidratación”, explicó Emmanuel.

El proceso normal logra que un cuerpo no se descomponga en tres días, pero existe el de preservación para la posteridad que son los que duran indefinidamente, como el del Papa Juan XXIII, el de la primera dama argentina Eva Perón y el del político Vadlimir Lenin. La diferencia es el tiempo que se dedica a embalsamar cada centímetro de esos cuerpos, además de la mezcla de químicos.

La cantidad de las sustancias dependen del peso. Si son 150 libras, se usan tres galones y si son 100 libras, 2 galones. Según las causas de muerte y la descomposición, se van agregando.

Y luego viene el maquillaje.

Emmanuel tomó clases especializadas para utilizar la técnica del airbrush cuando maquilla a sus difuntos. La maleta de esos productos es como la de cualquier maquillista: hay polvo, base en crema o líquida, cejas, pestañas, sombras, y pigmentos para los labios y los pómulos. Hay embalsamadores que solo usan maquillajes de marcas caras.

Lo que es bueno en la vida sigue siendo bueno en la muerte”, dijo Emmanuel.

Muchas veces los familiares le llevan fotos y eso ayuda en cómo lucen y son peinados. Lo último es vestir al difunto y colocarlo en el ataúd.

De todos los casos que ha realizado, el que más recuerda Emmanuel es el de una familia que pidió ser parte del ritual de vestir a la madre. Él se los permitió. Cuando llegó en el ataúd, le celebraron una fiesta.

“Fue impactante. Nunca lo voy a olvidar”, aseguró.

-¿Ha experimentado cosas extrañas?

-No, pero sí tuve un susto con un movimiento involuntario. Fue precisamente en esta sala. Tenía el cuerpo acomodado y solamente di la espalda para bregar en el maletín, para tomar un instrumento, y el difunto tenía la mano mojada y rodó. Según la mano rodó, me dio por la parte de atrás y yo me quedé tieso, frío. Ha sido la única vez que te puedo decir que pasé un susto con un muerto.

-¿Qué hizo?

-Salí, tomé aire y regresé. No me ha pasado, pero sí sé que si pasa voy a correr, mínimo (se ríe).

-¿Cómo es vivir con la muerte a diario?

-Es curioso. No me acuesto pensado en eso. La muerte a diario impresiona. La mejor satisfacción es la gratificación de la familia.

-¿Cómo quieres que preparen tu cuerpo en la muerte?

-No quiero ser embalsamado. Quiero ser sepultado en un ataúd sellado y en tierra. Mi familia lo sabe.

-¿Por qué no embalsamarte y darle el gusto a los tuyos que tú le das a tantas familias?

-Creo en el proceso natural del cuerpo. Cuando falleció mi abuela decidí que quería pasar esa etapa de forma natural.

-Malavé, ¿qué opina de los velorios modernos fuera los ataúdes?

-Si es algo que la familia pide al funerario... Siempre se hace todo lo que se puede para complacerlos.

-Habiendo trabajado tantos años junto a la muerte, ¿está preparado para la suya?

-Ah, sí.

-¿Ha dejado instrucciones de cómo quiere que dejen su cuerpo y quién debe embalsamarlo?

-No, no.

-¿Cualquiera de sus embalsamadores?

-Cualquiera de ellos. Es un proceso natural.


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