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Puerto Rico, al igual que las demás islas del Caribe, experimentó –en poco tiempo– cambios ambientales drásticos debido al crecimiento azucarero en la región.

Destrucción de bosques, contaminación de agua y pérdida de fertilidad y erosión de suelos son problemas que vivieron, a diferente escala, República Dominicana en el siglo 16; las Antillas Menores en el siglo 17; Jamaica y Haití en el siglo 18; y Cuba y Puerto Rico en el siglo 19.

Pese a que las naciones han tomado medidas para mitigar los impactos de la revolución azucarera, en algunas aún quedan rastros de lo que el historiador ambiental del Caribe y Latinoamérica, Reinaldo Funes Monzote, describe como un “grave deterioro” del entorno natural, con consecuencias socioeconómicas.

“Es un proceso histórico. Unas islas iban sustituyendo a otras (en la producción de azúcar) y sufrieron los mismos impactos: un deterioro ambiental significativo”, dijo Funes Monzote, quien es profesor del Departamento de Historia de la Universidad de La Habana. Actualmente es profesor invitado en el Macmillan Center de la Universidad de Yale.

Funes Monzote estuvo de visita en la isla para ofrecer la conferencia magistral titulada “El Gran Caribe, de las plantaciones al turismo”, en el marco del Tercer Encuentro de Estudiantes de Historia, organizado por el Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el Caribe.

Previo a su presentación, conversó con El Nuevo Día.

Aunque sus investigaciones se han centrado en Cuba, ¿qué puede destacar de Puerto Rico en la revolución azucarera?

—En Puerto Rico hubo un crecimiento azucarero en la primera mitad del siglo 19, aunque Cuba fue la gran productora y exportadora de esa época porque su industria era basada en la esclavitud. En Puerto Rico, además de azúcar, se sembraba café en la montaña, y eso también tenía efectos ambientales.

¿Qué tipo de efectos?

—El deterioro de los suelos y la erosión. En aquel momento, algunos estudiosos ya identificaban el impacto sobre las lluvias y el caudal de los ríos, pero eso es más difícil de investigar. También hablamos de contaminación de agua, desaparición de especies y proliferación de plantas invasoras. Todo eso está vinculado a las plantaciones.

¿Y qué puede decir sobre los efectos sociales?

—Hubo efectos socioambientales, a partir de la proliferación de enfermedades y epidemias, como es el caso de la fiebre amarilla. Otro efecto de las plantaciones es la dependencia. Cuando te especializas en producir un cultivo de alto valor comercial, dependes -cada vez más- de fuentes externas, incluso para la alimentación. Esa es una de las grandes realidades en el Caribe.

Sus investigaciones más recientes están vinculadas a la industria ganadera. ¿A qué responde el cambio de enfoque?

—Históricamente, la ganadería ha estado más centrada en el mercado local, y ha tenido un costo ambiental muy grande porque el ganado necesita grandes extensiones de terreno. La primera ganadería tuvo poco impacto en el paisaje, porque el ganado se criaba en condiciones mucho más rústicas, pero a partir del siglo 19, con la introducción de los potreros, la industria se transformó.

¿A qué costo?

—Mayor deforestación. Quizás no se ha estudiado mucho la influencia sobre el suelo y los procesos de erosión en la zona montañosa. Pero, a medida que la ganadería se hace más extensiva, también se hace más exigente en recursos. Hubo grandes cambios en la segunda mitad del siglo 20, cuando se puso más énfasis en la proteína animal, por ejemplo, para la producción de leche y carne. Antes el ganado se criaba para ser utilizado en la industria azucarera o para transporte.

¿Cuáles son las particularidades de Puerto Rico y la industria ganadera?

—Una de las características de Puerto Rico es la transición que hizo desde la industria azucarera hasta la ganadería de leche como la actividad agrícola más importante, y eso también tendría sus impactos ambientales. Hay que tener en cuenta los costes de este tipo de ganadería muy especializada, que es muy dependiente de la importación de alimentos. El ganado es mucho más exigente; mucho más difícil de mantener en las condiciones del clima tropical.

¿La revolución lechera, como usted la describe, también se dio en las otras islas?

—Hubo una intensificación paulatina, pero la revolución lechera es característica de Puerto Rico. Cuba trató de hacer una transición del ganado de carne a leche, pero no dio los resultados esperados. Nunca logró superar a la industria azucarera.

¿Qué acciones han tomado las islas para mitigar el costo ambiental de las industrias azucarera y ganadera?

—Desde el siglo 18, muchas islas han adoptado legislación para regular o contener el deterioro ambiental, por ejemplo, creando jardines botánicos y reservas forestales. Las islas han aumentado sus terrenos protegidos y también han creado reservas agrícolas.

¿Qué rol juega la agricultura ecológica u orgánica?

—No es que tenga todas las soluciones, pero tiene propuestas muy interesantes. Hoy día, muchos países se enfocan en café o azúcar orgánicos, tratando de evitar los impactos ambientales, y son productos de gran valor. Un reto que tienen las islas, sobre todo las hispanas, es la integración entre la agricultura y la ganadería, y la agricultura orgánica es una manera de tratar de ganar esas conexiones y que se explote todo su potencial.

¿Qué hace falta para lograr esa conexión?

—Los países y las empresas ya son conscientes de que hace falta. Hay más colaboración entre todos los sectores interesados, pero falta mucho por hacer. Hay un movimiento, tipo campesino a campesino, donde los mismos agricultores se están empapando de la experiencia de otros países.

¿Ve el futuro con optimismo?

—Sí, veo cosas muy positivas. Pero todas las islas enfrentamos el mismo reto: llevar a la gente joven al campo, y que vean la agricultura como fuente de empleos.


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