El arqueólogo Agamemnon Gus Pantel (semisquare-x3)
El arqueólogo Agamemnon Gus Pantel. (Juan Luis Martínez)

Tengo la sensación de que nunca voy a saber a derechas el nombre de mi entrevistado. No es sencillo, nada lo es.

Alguien me habló de Agamemnon, el gran arqueólogo que trabaja en una isla del Pacífico, desenterrando los restos de soldados estadounidenses muertos durante la Segunda Guerra Mundial. Su trabajo consiste en sacarlos de una fosa común, en un atolón que fue un campo de batalla infernal, y ayudar a identificarlos enseguida. Luego, embalados y clasificados, los restos de esos hombres que murieron en la flor de la edad, emprenden el camino de regreso a casa, donde los esperan, con suerte, los parientes que sobrevivieron: huérfanos que se hicieron viejitos, nietos y bisnietos.

Quedé prendada de la historia, y al escribirle por primera vez a Agamemnon solicitando la entrevista, me sugirió que lo llamara Kosta, que era su verdadero nombre. Por lo general, la gente que tiene un nombre largo, lo abrevia para hacerlo fácil, pero aquí pasó al revés: Kosta es su nombre de pila, y Agamemnon el que usa para lo demás.

Más asombroso todavía me resultó el hecho de que los correos que me enviaba el arquéologo estuvieran firmados por un tercer apelativo, Gus.

—Muy bien. Primera pregunta. ¿Podría decirme, por favor, por favor, cómo se llama?

—Mi verdadero nombre es Konstantinos, porque la iglesia ortodoxa donde me bautizaron no permitió que lo hiciesen con el nombre de Agamemnon, que fue el que escogió mi madrina.

—Y entonces Gus, Kosta… ¿qué significa eso?

—El primero es un anglicismo; el otro, el diminutivo de Konstantinos. En todos mis documentos y papeles oficiales aparezco como Agamemnon.

Buena respuesta. Suelo entender a la primera, y juro que esta no será la excepción.

Nació en Ohio hace 70 años. Vino a nacer allí, en el Medio Oeste americano, por causa de la ola migratoria surgida a raíz de la Segunda Guerra Mundial, que llevó a muchos europeos a establecerse en América. Pero confiesa que creció en una burbuja griega, cretense para ser exactos. Su madre, sus tías, su abuelita, la prima de su madre que ayudó a cuidarlo, solo le hablaban griego. El día que empezó en la escuela, volvió a la casa llorando: no entendía ni papa de inglés.

Para desquitarse, aprendió cinco lenguas que habla con fluidez, y encima el griego antiguo, en el que se desenvuelve con facilidad, vaya, como si acabara de pedirle un cigarrillo a Homero.

—Cuando terminé el bachillerato, le dije a mi padre que continuaría mis estudios en Grecia. Allí me sorprendió el golpe militar, esos días terribles, ¿no vio la película “Z”? Pues me tocó vivir todo lo que se ve en “Z”.

Claro que vi “Z”. Hay dos películas de aquella época que son cruciales para los periodistas de todos los tiempos, incluso para los que nacen hoy: una es “Z”; la otra, “La batalla de Argel”.

—Regresé a los Estados Unidos —prosigue Agamemnon—, hice la maestría y el doctorado en arqueología, y con el tiempo surgió la oportunidad de venir a la isla. Me reclutó la Fundación de Arqueología, Antropología e Historia de Puerto Rico. Trabajamos sin descanso en distintos yacimientos, y entonces me di cuenta de que aquí había un misterio.

¿Otro? Es que ya van muchos. Fíjese, los enumeró la escritora Ana Lydia Vega en su columna del domingo pasado, que se titulaba: “Misterios boricuas”. Hay vagones de FEMA que caminan solos; gárgolas que se abaten sobre los corrales; computadoras que se esfuman de la mesa del líder de la oposición, pobre hombre. ¿Cuál es el misterio que usted dice?

—Este es serio —replica, serio, Agamemnon—. En Puerto Rico se acostumbra a despachar la presencia precolombina a base de las poblaciones taínas que vivían en chozas, que no dejaron grandes monumentos, eso es lo que piensan todos, lo que se enseña en las escuelas. Y es un error. Es cierto que los aborígenes no utilizaron piedras para levantar monumentos, pero fue porque no las necesitaron, disponían de madera de buena calidad. Hemos descubierto socos de grandes dimensiones, no dudo que sirvieran de base a edificios importantes.

—¿Y el misterio?

—Doscientas plazas indígenas. No quiero decir que eran plazas ceremoniales, no ha podido probarse. Pero eran lugares donde los aborígenes se reunían. Ninguna otra isla en la región tiene tantos enclaves de ese tipo. Solo Puerto Rico, y eso quiere decir que algo estaba pasando aquí.

Me atrevo a preguntarle si no sería que, por ser la más oriental de las Antillas mayores, la isla se convirtió en una ansiada frontera. O si sería porque, ya entonces, aquellos primitivos habitantes sintieron el magnetismo de la fosa más honda y escalofriante del Atlántico, que tenemos al norte.

—No, no creo que fuera nada de eso. Lo que sí ha quedado claro es que Puerto Rico era un lugar donde se congregaban, más que en ninguna otra parte. Hay evidencia física de más de 4,000 años antes de Cristo. No es normal haber hallado los restos de esas 200 plazas, cuando Cuba no tiene ninguna, y en la República Dominicana solo hay tres.

De todas maneras, de ese gran misterio no puede ocuparse Agamemnon por el momento, ya que toda su energía y su pericia arqueológica lo han llevado un poquito más lejos. A un lugar donde aplica sus conocimientos con el llamado “radar del subsuelo”, o, como se le conoce en inglés, “Ground Penetrating Radar”, un equipo que detecta enterramientos humanos o animales.

—Me reclutaron en la History Flight, organización que se dedica a localizar y repatriar los restos de soldados americanos desaparecidos en acción. En ese aspecto, el atolón de Tarawa es importante porque fue el escenario de una gran tragedia… una batalla tan sangrienta como la de Normandía.

Corría el mes de noviembre de 1943. A los Estados Unidos les apremiaba afincarse en las Islas Marshall para desplazarse desde allí a las Marianas, ocupadas por los japoneses. El único obstáculo en el camino era una guarnición nipona que se hallaba en Betio, un insignificante trocito de tierra de un insignificante atolón llamado Tarawa. Así que los americanos mandaron hasta allá una flota compuesta por decenas de portaaviones y acorazados, creyendo que la misión sería un paseo.

Ignoraban que en Tarawa los esperaban las fuerzas de elite de la Marina japonesa, con el refuerzo de cientos de tropas coreanas, muchos hombres ávidos de jugarse la vida, furiosos kamikazes de tierra.

—En menos de 48 horas —remarca Agamemnon—, murieron 1,500 soldados americanos y 5,000 japoneses.

Los cuerpos de los soldados muertos se fueron amontonando a una velocidad terrible, unos sobre otros, según iban cayendo. Los sobrevivientes cavaron zanjas hasta donde se pudo. Un atolón tiene el inconveniente de su suelo obstinado, puro arrecife en el que es difícil darle digna sepultura a nadie. Echaron un poco de tierra sobre los cadáveres, y zarparon.

—En los años cincuenta, se procedió a declarar a esos muchachos “muertos en acción”, para que las familias pudiesen reclamar las pensiones.

Nadie pensaba entonces en repatriar los restos de aquellos soldados (“casi niños”, se duele Agamemnon), sobre los cuales la vida siguió echando despojos: árboles caídos, animales que expulsaba el mar, canoas inservibles. En algún momento pasaron unos “bulldozers”, se construyeron casitas y muelles, y florecieron corrales con gallinas. El polvo de los años terminó por convertir en nada aquellas tumbas, hasta que History Flight, la organización fundada por Mark Noah, historiador y piloto americano, se empeñó en rescatarlas.

—Los descendientes —explica Agamemnon— están agradecidos de que les devolvamos a sus muertos, aun cuando apenas los conocen por fotografías. Uno de ellos escribió un libro del proceso.

Hasta ahora, según el arqueólogo, han identificado y repatriado a 112 soldados, pero faltan muchos.

—Utilizamos perros entrenados para localizar cadáveres, el radar de subsuelo, y un magnetómetro. Cuando todos esos elementos coinciden en señalar un punto, procedemos con la excavación.

Aparecen botones, cascos de acero, cananas… Dientes en perfecto estado, porque eran soldados recién salidos de la adolescencia. Chapas de identificación con rango, apellido, filiación religiosa. Se han encontrado esqueletos completos, pero también astillas, huesos desorientados que salen de las cernidoras: el fuego de mortero los desmembraba vivos. En Tarawa tienen un laboratorio, un lugar en cuyas paredes cuelgan las fotografías de los soldados desaparecidos. En cuanto alguno es identificado, se le escribe encima una palabra: “Recovered”.

—Desde Puerto Rico me toma tres días llegar a Tarawa. El Pacífico da miedo, esa inmensidad todavía me sobrecoge.

Le digo que tres días de viaje para un griego, en realidad no es mucho. Dejan a las esposas tejiendo.

—No la mía —declara Agamemnon—. Beatriz del Cueto, mi mujer, es arquitecta.

En fin, eso es tejer igual, pero con ladrillo y cemento.

—Vuelo desde aquí a Miami. De Miami a Los Ángeles. De Los Ángeles a Fiyi. Y en Fiyi debo tomar otro jet que tarda tres horas en llegar a la República de Kiribati, donde está Tarawa.

Un itinerario feroz que el arqueólogo hace prácticamente de una tirada, sin permitirse una noche de sueño reparador en tierra firme.

—Las esperas en los aeropuertos suelen ser a veces de seis horas.

Llegado a Tarawa, sin sacudirse el polvo del camino, va al laboratorio para ver si en su ausencia la foto de alguno de los desaparecidos tiene puesta la palabra “Recovered”. Supongo que con el paso del tiempo, aunque no hayan aparecido todos, languidecerá la búsqueda. Por ley de vida, más que nada. Habrá muertos más urgentes, y familias nuevas presionando para que les devuelvan a los suyos.

—Hay 76,000 soldados estadounidenses que están desaparecidos en distintas partes del mundo —revela, pensativo—. En Normandía nada más, son 5,000 los que no han podido ser localizados.

Y ya no los localizarán, es imposible.

—Siempre queda la esperanza —murmura Agamemnon, fascinado de pronto con las prodigiosas máquinas de realidad virtual que tienen en The Zone, el lugar que escogimos para hacer la entrevista. Jugar al “laser tag” es como entrar en un campo de batalla, con chalecos especiales y superartilugios planetarios.

—¿Sabes lo que dicen los griegos? —pregunta Agamemnon, que lo sabe porque lo es—. Que el ser humano siempre entra al futuro de espaldas. Uno mira solo hacia el pasado.

Hacia el pasado, y apuntando con disparadores de rayos infrarrojos. A nuestro lado, en el salón de juegos, alguien grita de repente: “¡shoot!”.


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