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Paola Marie González, de 14 años, se prepara para lanzar la bola de boliche.

Ante la mirada de sus amigos del campamento de verano de la Sociedad Puertorriqueña de Epilepsia, se coloca frente a la pista y suavemente lanza la pesada bola. En su primer turno solo derriba tres pinos, pero en cada tirada mejora su puntuación hasta lograr, al menos, el tercer lugar en la ronda de juegos.

“Llegué tercer lugar, eso es muy bueno”, dijo ella. A su corta edad, Paola es paciente de epilepsia, enfermedad que afecta a unas 80,000 personas en la Isla. Y a pesar de su condición, esta joven es vivo ejemplo de superación.

Fue diagnosticada con epilepsia cuando apenas tenía ocho años. Para ese tiempo sufría a diario de constantes temblores, convulsiones y somnolencia, lo que provocó que sus padres la llevaran al médico para descifrar lo que le pasaba.

“Me temblaban mucho las manos, las piernas. Me quedaba dormida de momento en todos lados, en la escuela, el carro, en el tren. Se me viraban los ojos para arriba. Los doctores dijeron que tenía epilepsia”, contó la chica.

Al principio, las dudas, el temor y la confusión la inundaron pues pensaba que no podría llevar una vida lo más normal posible. “Me sentí confundida, porque uno piensa que ‘no voy a poder hacer lo que hacen otros niños’. Muchas veces no podía caminar por los ataques, tampoco podía correr a cada rato”, sostuvo.

A su corta edad, sintió el rechazo de sus pares. “Los niños no me dejaban jugar con ellos, me rechazaban”, relató. “Me decían que no podía correr con ellos por la condición que tengo. Me dejaban sola”.

Para hacer entender a sus pares sobre la enfermedad, Paola aprovechó las ferias científicas para trabajar el tema de la epilepsia en los niños y los adultos. No ganó premios, pero logró orientar a otros que una persona con epilepsia no tiene que llevar una vida diferente. En su caso, ella lo ha demostrado. Este año se graduó de noveno grado y con altos honores de la escuela bilingüe Padre Rufo en San Juan.

Claro está, su enfermedad está controlada con medicamentos, pero el apoyo de sus padres, sus maestros y amigos ha sido clave para que hoy sea una joven llena de aspiraciones. Aunque reconoce que a veces se le dificulta hacer algunas cosas, como concentrarse. “Es difícil pero no imposible”, dijo.

El campamento de la Sociedad Puertorriqueña de Epilepsia ha logrado ayudar a Paola y otros niños de cinco a 18 años a sobrellevar la enfermedad, según Daliné Matos, coordinadora de servicios de la entidad. Allí disfrutan de talleres educativos y de excursiones, y sobre todo son aceptados. “Hay quienes creen que la gente con epilepsia no puede funcionar, pero ellos disfrutan la vida como cualquiera. Paola es una”, dijo.


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