La escuela elemental Carmen Barroso creó un plan de desalojo que pusieron en práctica.

A las 9:08 a.m. sonó la sirena que advertía que debían agacharse, cubrirse y sujetarse. La luz se apagó y, en instantes, ellos supieron qué hacer.

Tras esperar unos segundos, los estudiantes del quinto grado de la escuela elemental Carmen Barroso de Toa Baja abandonaron el salón de clases, ubicado en un segundo nivel, y salieron hacia el área central del plantel, una zona al aire libre designada como lugar de encuentro.

“Vamos, en una fila”, le decía una maestra a los más pequeños que no estaban ajenos a lo que estaba ocurriendo. Dos minutos después, a las 9:10 a.m., salieron camino al parque de pelota Rafael Carmona que queda a 30 minutos.

En los pasillos de la escuela están los letreros que identifican la ruta de desalojo. También han diseñado un mapa que señala las áreas de salida como parte de una iniciativa escolar que ha contado con el apoyo de Manejo de Emergencias Municipal.

“Desarrollamos esta estrategia para el bienestar y la garantía de la salud de los niños y la tranquilidad de los papás que es bien importante”, dijo Eddie Suárez, director del plantel que está ubicada en una zona inundable de ocurrir un tsunami.

Las clases en el plantel se retomaron el 28 de enero. Un total de 12 niños de 283 estudiantes no regresaron este semestre. La mayoría, dijo el director salió del país a raíz de los sismos registrados recientemente. “El 95% de la matrícula está asistiendo”, señaló Suárez.

El primer día de clases, compartió, hicieron una dinámica bien interesante en donde le dieron el espacio a los niños para expresar sus ideas de lo que habían experimentado. “Había que escucharlos”, sostuvo.

Ángel Crisostomo, de nueve años, recorrió el trayecto a toda prisa. Junto a él venían los maestros que también contaron con el apoyo de padres que facilitaron el trabajo. “Yo venía corriendo y me fui con la maestra de inglés”, contó el menor.

Crisostomo relató que en su casa han sentido los recientes sismos, especialmente el de la madrugada del 7 de enero. Ese día, recordó, tomaron sus mochilas y abandonaron la residencia. “Uno no sabe cuándo va a pasar”, dijo sobre porqué hay que estar preparado ante cualquier eventualidad.

Para los pequeños del segundo grado ellos manejaron el simulacro “súper bien” porque “ nos esforzamos mucho”, dijo uno de los chiquillos que se vio interrumpido por una compañera que añadió: “porque yo les dije que avancen”.

“Cuando se fue la luz yo fui el único que estaba abajo de la silla”, agregó José Ribas Serrano de siete años a lo que su maestra respondió “lo hizo flash”.

Kamila Pineo, de 11 años, llevaba un silbato colgando del cuello. Muchos niños también los tenían, otros los llevaban tipo pulsera. “Si ocurre un terremoto o un tsunami y estás en problema lo puedes pitar”, contó la niña.

Una de las que recorrió el trayecto fue Guillermina Martínez, abuela de una niña de tercer grado. “Los niños una vez orientados no tienen por qué ponerse loquitos, como hablamos por ahí...con la práctica que se le está dando...estos estudiantes van a estar súper preparados”, señaló la abuelita que colabora con la institución.

Para la maestra de ciencias, Lourdes Cordovés, los niños manejaron bien el ejercicio, aunque hay que hacer unos ajustes. “Yo le estaba diciendo a los nenes que es el tiempo de aprender y de hacer cambios. Tenemos que empezar a prepararnos...no podemos poner en riesgo nuestras vidas”, puntualizó.


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