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Desde el 2014, el Normandie ha reabierto sus puertas en tres ocasiones. (GFR Media)

Para contar la abrupta historia del hotel Normandie, no hacen falta metáforas de barcos encallados o de zozobras empresariales. Más bien, sobran. Porque, en los casi 80 años que tiene el edificio, los desastres y desmanes a los que ha estado expuesto han sido tantos y tan recurrentes que dan para relatar ese cuento y unos cuantos más.

El Normandie, como se le conoce a lo largo y ancho de la isla, incluso por quienes ni siquiera han puesto un pie sobre la estrecha parcela triangular en la que está enclavado, se estrenó en el imaginario puertorriqueño a principios de la década de 1940 como una hospedería de lujo, pero también como el hogar de noches de juergas –criticadas según los recuentos históricos, pero seguramente envidiadas también- en las que sus propietarios, el ingeniero Félix Benítez Rexach y su esposa, la francesa Lucienne Suzanne Dhotelle, conocida como “Moineau”, eran los protagonistas indiscutibles.

De las noches licenciosas del Voo Doo Room, un bar al costado del edificio, quedan los relatos, las leyendas y más evidencias fotográficas de las que uno podría imaginar al alcance de una sencilla búsqueda en internet. En el presente, el hotel ofrece una estampa muy distinta de aquella aunque parecida a lo que ha sido gran parte de su vida: una estructura destartalada, y más de una interrogante como futuro.

El anuncio la semana pasada de su más reciente puesta en venta sorprendió por los $9 millones en que se ofrece la propiedad que comprende más de 96,000 pies cuadrados justo a la entrada de la isleta de San Juan. A muchos, esto les pareció un “regalo”, al saber que, 10 años antes, un grupo de inversionistas había pagado más de cuatro veces esa cantidad.

Pero el actual precio de venta es incluso mayor que el monto que desembolsó su dueño en una subasta en agosto de 2013. Según el Registro de la Propiedad, Interra Sky-Normandie, LLC tuvo que invertir menos de la mitad -$3,850,000- para comprar el que sería el primer hotel en la amplia cartera de propiedades alrededor del mundo que mantiene su empresa matriz, Interra Capital Group.

El hotel Normandie permanece cerrado desde 2009. En 2013, la filial de una inmobiliaria multinacional lo adquirió por $3.8 millones y ahora lo ha puesto a la venta por $9 millones. (Ramón "Tonito" Zayas / GFR Media)

El Nuevo Día se comunicó a mediados de julio con Jack Polatsek, ejecutivo de ese conglomerado inmobiliario, para conocer los planes de Interra con el hotel, y aunque en un principio dijo a través de un correo electrónico que estaba dispuesto a atender la solicitud de información, en las semanas subsiguientes su secretaria ofreció varias excusas para la tardanza y finalmente no respondió.

La compra del Normandie por menos de $4 millones le ganó en 2014 a Interra Capital Group, así como a Polatsek y su colega Ben Medetsky, una distinción como finalistas para el premio a la transacción del año del Caribbean Hotel & Resort Investment Summit. Según el laudo publicado en internet, la corporación con sede en Houston planificaba, mediante una inversión adicional de $45 millones, convertir al hotel en una hospedería de clase mundial. 

De hecho, cuando en mayo de 2014 el gobernador Alejandro García Padilla presentó ante la Legislatura de Puerto Rico su mensaje de situación del país y presupuesto titulado Agenda para la recuperación económica 2014-2018, mencionó, en el apartado dedicado al turismo, que “el hotel Normandie fue adquirido por un grupo de inversionistas extranjeros, se encuentra en una fase de planificación y pronto reabrirá sus puertas”.

Eso, como puede constatar hasta el más despistado de los conductores o peatones que transiten por el lado norte de la isleta de San Juan, nunca ocurrió.

Nuevamente, el edificio diseñado por el arquitecto puertorriqueño Raúl Reichard quedó en el abandono que ha sido tan parte de su historia como su presencia en la curva entre el parque Luis Muñoz Rivera y el hotel Caribe Hilton, que en 1949 se estrenó en esa esquina sanjuanera, siete años después que el Normandie.

Benítez Rexach –un ingeniero boricua que abultó su fortuna construyendo puertos en la República Dominicana para el gobierno del dictador Rafael Leónidas Trujillo- inauguró en octubre de 1942 su hotel en Puerta de Tierra, a pasos del que era el epicentro del ocio en la capital, El Escambrón Beach Club.

La historia cuenta que Benítez Rexach requirió al arquitecto que modificara el diseño del edificio para incluirle, además de dos pisos adicionales donde ubicaría su residencia, elementos náuticos que recordaran al trasatlántico francés SS Normandie, donde había conocido un tiempo antes a Moineau –que se pronuncia “Muanó”-, entonces una cantante parisina con cierto éxito. 

El edificio ha sufrido múltiples transformaciones, incluyendo el antiguo patio interior, donde originalmente estaba la piscina. (Archivo / GFR Media)

“Hospedarse en el Hotel Normandie era iniciar una travesía a lo diferente, a lo lujoso, a otros mundos que tenían muy poco en común con el de la vida diaria en nuestro suelo”, dice la arquitecta y exdirectora de la Oficina Estatal de Conservación Histórica (SHPO, en inglés) Arleen Pabón Charneco en su libro La arquitectura patrimonial puertorriqueña y sus estilos.

La construcción del edificio había empezado en 1938, pero la casualidad o el destino en un juego premonitorio quisieron que la inauguración sucediera en 1942, a solo ocho meses de que el vapor Normandie, que había sido incautado por el gobierno estadounidense en medio de la Segunda Guerra Mundial, se hundiera en la bahía de Nueva York tras un incendio.

Una suerte similar alcanzaría al hotel. Pero no fue un fuego lo que hundió al Normandie de hormigón reforzado, sino una deuda contributiva millonaria que reclamaba el gobierno estadounidense a sus propietarios, y que terminó en la década de 1960 con el cierre de operaciones de la hospedería por problemas económicos y el embargo del edificio, en 1976, por el Servicio federal de Rentas Internas.

Al primer hotel de lujo del país le deparaba una larga época de abandono, en la que sufrió el vandalismo que dejó a susparedes tachadas de grafiti y repleta de sillas y escombros a la piscina del vestíbulo, donde, en los tiempos de pompa, Moineau dejaba a un lado sus trajes de chaqueta y pantalón para dar paso a otro escándalo: nadar desnuda para el escarnio –y la envidia- de la sociedad sanjuanera.

El primer cierre del hotel dio paso a otra de las constantes de su historia, las alteraciones de su estructura. En 1967, de cobijar huéspedes, incluyendo a un novato Yogi Berra que llegó a Puerto Rico junto a los Yanquis de Nueva York para jugar varios partidos de exhibición, la marquesina de la entrada del edificio pasó a albergar uno de los primeros McDonald’s en la isla.  

Años después, ese espacio al pie de la torre de siete pisos, lo ocupó un Burger King, que servía sus hamburguesas y papas fritas mientras, adentro y hasta bien entrada la década de 1980, sobrevivían pese al salitre y el vandalismo lámparas de Baccarat, relieves cromados y escaleras de caoba como testimonio del ostentoso gusto de Benítez Rexach y Moineau.

Entre las décadas de 1970 y 1980, se utilizó la marquesina del edificio para establecer primero un McDonald’s y luego, un Burger King. (Suministrada / SHPO)

El hotel Normandie, además de ser icónico, planteaba en aquella época la misma encrucijada que hoy: ¿cómo convertirlo en un negocio exitoso cuando, para reconstruirlo, necesita una inversión multimillonaria, pero está incrustado en una parcela pequeña y apretada que da poco juego para adaptarlo a los tiempos? 

Entonces, como ahora y en el pasado reciente, hubo ideas de todo tipo para encontrar una solución al problema de este edificio que se incorporó en 1980 al registro estadounidense de lugares históricos y, desde el año 2000, al Registro de Zonas y Sitios Históricos que establece en Puerto Rico la Junta de Planificación y que obliga a que cualquier intervención en el edificio tenga el aval del Instituto de Cultura Puertorriqueña. 

En 1983, la senadora Velda González propuso que el gobierno lo comprara y lo convirtiera en un centro de recreación y deportes; a principios de esta década, un grupo de inversionistas auscultó la posibilidad de establecer un hotel y centro de servicios médicos y estéticos y, en este mismo año, el presidente de la Comisión cameral de Turismo, Ángel Matos, ha planteado, aunque con cierta cautela, la posibilidad de emprender un proyecto gubernamental en conjunto con el sector privado para intentar salvar al Normandie del abandono y de otra de las opciones que se han barajado a lo largo del tiempo: su demolición. 

El patio interior, lleno de escombros en esta imagen de mediados de la década de 1980, era al aire libre. Para la reapertura de 1990, se cubrió con un techo de cristal para convertirlo en un atrio. (Suministrada / SHPO)

“Yo no estoy claro ahora mismo si un buen camino, empezando el próximo cuatrienio, es que el estado haga una oferta para adquirir el hotel, y que se desarrolle la propiedad como una alianza público privada”, indicó Matos en una entrevista reciente con este diario.

Algunas cadenas hoteleras internacionales mostraron interés en administrar un Normandie renovado, pero eso quedó en nada, puesto que la reconstrucción nunca se dio, y El NuevoDía pudo confirmar que, desde la semana pasada, ya han sido varios los grupos de inversionistas que han indagado sobre sus opciones, tanto con agencias gubernamentales como con la inmobiliaria Newmark Grubb Caribbean, encargada de la venta. 

Quienes favorecen su permanencia reconocen las dificultades que plantea el edificio, pero aseguran que puede ser exitoso si los inversionistas tienen un poco de imaginación y adaptan las insistentes expectativas de devolverlo al mercado de lujo que lo han condenado a la ruina.

A lo largo de los años, se han mencionado dos particularidades de esta propiedad que los inversionistas y hoteleros han considerado verdaderas limitaciones: lo reducido de su espacio para estacionamiento y la falta de un acceso amplio a la playa.

Desde que Interra Sky-Normandie adquirió el hotel en 2013, se han sucedido los rumores sobre las razones para que no arrancara la remodelación, y estos dos aspectos se mencionaron con insistencia. 

La alcaldesa de San Juan, Carmen Yulín Cruz, aseguró a El Nuevo Día que el ayuntamiento ha estado dispuesto a ofrecer, a cambio de un alquiler, un terreno aledaño al parque Sixto Escobar para construyan un estacionamiento soterrado con una azotea a modo de plazoleta, que esté abierta al público. 

Cruz indicó que se estima que esa obra costaría unos $10 millones adicionales a los alrededor de $40 millones que habían dicho los inversionistas que harían falta para rehabilitar del hotel.

Sin mencionar directamente los reclamos de los inversionistas para ganar un acceso a la playa adicional a la pequeña puerta que hoy tiene el hotel en uno de sus muros, Cruz dijo que la potencial reapertura del Normandie “debe dejar meridianamente claro que, para progresar, no estamos dispuestos a pagar el precio de comprometer, vender o enajenar de manera alguna nuestros recursos naturales”.

La alcaldesa defendió la conservación del edificio que catalogó como un “emblemático testigo de la historia” que “debe ocupar su espacio como parte de la agenda de futuro” de la industria turística del país.

El emblemático letrero del Normandie ha sido símbolo de su opulencia y de su decadencia. En esta imagen de mediados de 1980, se aprecia el original, que se sustityó luego por una réplica. (Suministrada / SHPO)

Pero, ¿por qué conservarlo? Marcelo López Dinardi, profesor asociado adjunto de arquitectura en Barnard College, destacó que existen diversas razones por las que querer proteger o conservar un edificio o estructura, y estas van desde su valor puramente arquitectónico y artístico hasta lo que ha representado esa edificación para la cultura o la historia del país.

En el caso del hotel Normandie, López Dinardi considera que, a pesar de no tratarse de una gran joya arquitectónica –de la que sí destaca el valor de su espacio interior–, los eventos que allí ocurrieron, los huéspedes que pasaron por sus habitaciones y áreas comunes y el testimonio que ofrece de una época importante en el crecimiento de San Juan ofrecen razones suficientes para su conservación.

“Hay valores culturales que no necesariamente tienen que ver con el valor arquitectónico”, dijo López Dinardi, quien favorece intervenciones controladas que permitan alargarle o, más bien, devolverle la vida a la estructura.

“Yo normalizaría el edificio: lo trataría de amarrar a una realidad de lo que puede hacer. A lo mejor tiene que ser vivienda, o tienen que ser apartamentos de alquiler... dejar de pensar que este edificio tiene que llegar a ser el súperhotel que no ha logrado volver a ser”, indicó en entrevista telefónica desde Nueva York.

Desde la Oficina Estatal de Conservación Histórica, entidad gubernamental que supervisa en Puerto Rico las estructuras que, como el hotel Normandie, figuran en el registro estadounidense de lugares históricos, urgen a los inversionistas a unirse a esta corriente para preservar este patrimonio. 

“La arquitectura no existe sin la historia, sin la parte cultural”, apunta la directora ejecutiva de SHPO, Nydia Préstamo Torres.

Recordó que, por ser parte del registro, quien adquiera el Normandie cualificaría para un crédito contributivo federal de hasta el 20% de la inversión en su reconstrucción o restauración siempre y cuando se deje llevar por las normas de rehabilitación que ha establecido el Departamento del Interior de Estados Unidos.

Sin embargo, aunque este beneficio ha estado disponible desde el ingreso del hotel al registro en 1980, la realidad es que ninguna de las intervenciones que ha sufrido el edificio, que ha reabierto en 1990, 2000 y 2005, se ha hecho respetando esos criterios, por lo que sus propietarios no cualificaron para recibir el crédito.

A pesar de las múltiples alteraciones que han borrado u ocultado importantes elementos arquitectónicos de la estructura y de los largos periodos de abandono y deterioro, Préstamo Torres está convencida de que aún queda mucho por conservar.

El edificio que construyó el ingeniero Félix Benítez Rexach se ha convertido en un ícono para los puertorriqueños, por su estructura, pero también por los eventos que allí ocurrieron. (Suministrada / PRHBDS)

“El edificio por sí mismo se ha negado a morir. Él está ahí, todo el mundo lo quiere, todo el mundo lo reconoce”, señaló. “El edificio te dice lo que quiere, pero mucha gente no lo escucha”.

Martha Concepción Pantoja colaboró con este reportaje.


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