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Sólo una nave, tipo catamarán del 1989, hace el breve recorrido entre Cataño y San Juan con viajes que no superan los 80 pasajeros. (Luis Alcalá del Olmo)

José Antonio Parrilla aún tiene frescos en su memoria aquellos viajes que hacía de niño hacia San Juan en la lancha de Cataño. 

Cinco décadas después, el hombre, de 62 años, sigue utilizando el servicio marítimo como medio de transporte a la capital. Aunque el servicio ha tenido sus altas y  bajas, para él representa ese lazo entre el pasado y el presente. 

“Antes era de madera. Le decían ‘la tortuga’ porque era una lancha pequeña, de madera. Era una lancha de un piso”, recordó mientras atravesaba la bahía hacia Cataño. 

El muelle también era de madera y, para los niños, además de un medio de transporte, representaba una diversión. “Era un gufeo, yo me trepaba encima del techo y cuando iba a mitad de la bahía nos  tirábamos al agua y veníamos a nado hasta la orilla. Se gozaba, se gozaba”, narró Parrilla.

 Hoy, muchas cosas han cambiado.  El viaje ya no cuesta diez centavos, la embarcación no es de madera, el flujo  considerable de viajeros se ha reducido a las hora pico, y aquel ir y venir de embarcaciones entrelazando  las costas  ha desaparecido. 

Sólo una nave, tipo catamarán del 1989, hace el  breve recorrido entre Cataño y San Juan con viajes que no superan los 80 pasajeros. 

Hay quienes dicen que los tiempos han cambiado, pero está el que dice que han sido las administraciones políticas las que a través de los años han acabado con un servicio que hoy sigue siendo pertinente para  quienes han hecho del Viejo San Juan su centro de trabajo. 

Ese es el caso de Manuel Ruiz, vecino del caserío Juana Matos en Cataño,  quien trabaja en un hotel de la zona turística. Para él la lancha es simplemente imprescindible. La utiliza cinco días a la semana.

No critica el servicio con la única excepción de la reducción de horario que hicieron hace un  año cuando lo limitaron de 6:00 a.m. a 7:00 p.m. de lunes a viernes, y de 8:00 a.m. a 8:00 p.m. los fines de semana y feriados.

“Ahora tengo que pagar para que me vengan a buscar. Le doy un par de pesos  al sobrino mío y él me viene a buscar los cinco días  y ahí se me van $50”, comentó el hombre .

Ruiz entra a laborar a las 6:00 p.m. y sale a las 11:00 p.m. A esa hora no hay ningún medio de transporte colectivo disponible hacia Cataño. “Esto es como un cementerio”,  señaló. 

Su rutina diaria empieza  a las 4:00 p.m.  para poder llegar a tiempo al trabajo. “De donde yo vivo  a aquí no se me hace tan lejos, porque es como   20 o 25 minutos... Llevo como ocho años fijos en esta rutina”, dijo. 

“Me bandeo porque yo vivo con mi hermano, pero no es fácil. Yo tengo un compañero que viene de Bayamón y siempre está en esa rutina,  está peor que yo, en serio. Es una lástima porque es una buena opción”,  mencionó Ruiz, de 45 años. 

Su mente aún también alberga recuerdos de aquella época de los años70 y 80 cuando la embarcación era de dos niveles y costaba  diez centavos. Posteriormente, subió  a una peseta. “Yo me iba pa’ Santurce, como había mucho teatro y mucho cine, me gustaba ese ambiente”, compartió antes de bajarse de la lancha.   

Fue para el 1853 que inició el servicio de lanchas entre Cataño y San Juan, cuando la Compañía de Vapor de Cataño puso en circulación un pequeño vapor para transportar carga y pasajeros, según un escrito de Luis E. Santiago publicado en la revista Universidad de América.

El servicio también lo ofreció la empresa Férrea del Oeste, la Compañía Popular de Transporte y la Autoridad de Puertos, que para el 1960 adquirió la franquicia para operar el sistema de lanchas. En ese entonces, se construyó una nueva  terminal  y Puertos adquirió cinco nuevas embarcaciones.

Las vacas flacas

Para el año 2000 se ordena la creación de la  Autoridad de Transporte Marítimo (ATM) bajo la sombrilla del Departamento de Transportación y Obras Públicas (DTOP), que hoy día está a cargo del servicio de lanchas.

“Cuando yo empecé, aquí estaban todas las lanchas. Había lanchas para la ruta San Juan-Hato Rey, Cataño-Hato Rey, esto  estaba full de lanchas”, recordó  José Collazo, quien trabaja como capitán hace 25 años. 

“Antes en los viajes  había más de  100 (pasajeros) y ahora vi la bitácora del capitán anterior y ninguno  llegaba a 80, ninguno de los viajes. O sea, que esto ha menguado”, agregó al decir que quedan ocho capitanes de 18 que hubo en un momento entre todas las rutas disponibles. 

Desde el 2000, sin embargo,  se dejaron sólo dos lanchas. Hoy sólo queda una embarcación, del año 1989. “Antes lo usaban mucho, pero con una lancha la gente  ha perdido la fe porque ahora mismo no hay ninguna de respuesta”, contó Collazo. 

 Para esos días en que se daña la lancha, la administración  envía una guagua de la Autoridad de Transporte Marítimo (ATM) que lleva a los pasajeros en viajes directos entre  San Juan y Cataño. Esa coordinación, sin embargo, puede tomar entre una hora y hora y media, lo que afecta el servicio.

La ambigüedad del transporte repercute también  en la industria turística, ya que para decenas de visitantes  es el medio que utilizan para conocer la  destilería Casa Bacardí y otros negocios de la zona. 

Las hijas de  Olga Rivera Sánchez, dos adolescentes de 13 y 15 años, usan  la lancha para llegar a su escuela, la José Julián Acosta, en el Viejo San Juan. “Hay estudiantes que vienen de Bayamón y de Toa Alta... Yo tengo carro, pero prefiero usar el servicio de la lancha, porque evito el tapón y ahorro en el pago de estacionamiento”, comentó. 

Al momento de nuestra entrevista, Olga iba a buscar a sus hijas a San Juan. Las niñas salían más tarde de lo acostumbrado, así que iba a esperarlas a la terminal para que no regresaran solas. 

“Además, esto es una terapia. ¡Qué vista tan maravillosa!  Yo les digo a mis hijas: ‘Nunca dejen de admirar esto porque no todo el mundo tiene el privilegio  de ver esto todos los días’”, señaló sobre el tramo que toma unos siete minutos. Reconoció que es una “tragedia” cuando se daña la embarcación. “Ahí es que uno se da cuenta la cantidad de   personas que la utilizan”, dijo al destacar que para la época de las Fiestas de la Calle San Sebastián tiran al agua dos naves.

Por los pasados cinco años, Nancy Rosado ha utilizado el servicio de lanchas para llegar a su trabajo en el Viejo San Juan. Cada mañana deja su vehículo  en la terminal  y toma el viaje que en momentos se torna en una especie de terapia frente a estar atrapada en el tapón mañanero.  

“La travesía se te hace más tranquila, entonces también podemos conversar con las chicas que tomamos la lancha todos los días y en el mismo horario, ese es el fun”, contó.  

Luis Bruno –quien viajaba con Nancy y otros tres trabajadores más– no tiene  quejas del servicio más allá de los días cuando se cancela por avería. El grupo reconoció que  hay mucha gente que ha dejado de usar el servicio por el recorte en el horario. “Pero permita Dios y no la quiten”, dijo Angie Díaz, de Toa Alta. 

Para ellos la lancha fue también el medio como se conocieron. A estas alturas y después de tantos años ya se  alertan por texto cuando hay servicio o cuando la lancha está por llegar y alguno de ellos no ha llegado.   

“La verdad es que es un alivio porque  ya cuando uno llega al otro lado ya está más relajado”,  sostuvo Díaz. 


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