Luis Daniel Reyes, de 48 años, pondera emigrar a Boston una vez queden prohibidas las peleas de gallos. (Teresa Canino )

La madrugada aún no ha terminado de transfigurarse en mañana y ya Luis Daniel Reyes está subiendo la cuesta sin asfaltar que le lleva al que ha sido su centro de trabajo por las pasadas dos décadas, en el barrio Sumidero de Aguas Buenas.

Arriba, al terminar la cuesta, le espera una sinfonía caótica. Hay 300 gallos cantando al unísono, ruidosamente, batiendo alas, saltando exaltados en sus jaulas, reconociendo que llegó quien les va a curar el hambre, la sed, las heridas y hasta los moquillos. “Ellos están cantando desde las cuatro de la mañana”, dice Luis Daniel.

El empleo de Luis Daniel, de 48 años, es en lo que conoce como un “gallerín”, el sitio donde albergan, crían y cuidan gallos de pelea. Llovió hace poco y huele a tierra húmeda, a maíz y a plumaje.

Luis Daniel no para ni un instante.

Lo primero que hace al llegar es ir jaula por jaula verificando que todos los gallos estén en su sitio. Verifica cuáles pueden estar enfermos. Aunque no tiene grado académico en veterinaria, ni en ninguna otra disciplina, pues solo estudió hasta octavo grado, dice que puede diagnosticar un gallo enfermo por la mirada, el ánimo o hasta el color de la cresta. También, verifica cómo va la recuperación de los que hayan peleado el día antes.

Acto seguido, llena una paila con maíz y “pícalo gallo”, una mezcla de alimentos y vitaminas, y va poniendo puñados del grano en un pequeño recipiente plástico del que los gallos comen sacando la cabeza por un espacio en sus jaulas. Después, pega manguera para limpiar las jaulas.

Eso solo en las primeras horas. Después, viene mucho más, pues en el gallerín, afanes no terminan nunca. “Si hubiera más día, más se trabajaba. Entro a las 6:30 y no tengo hora de salida”, dice Luis Daniel, quien ha estado en el mundo de los gallos tanto tiempo que no puede recordar cuándo empezó. “Toda mi vida”, agrega.

Luis Daniel habla en tono pausado y bajo. En el fondo de la mirada, gravita una honda melancolía. Desde que tiene uso de razón, ha estado entre gallos. No ha practicado ningún otro oficio en su vida. Dejó hasta la escuela para dedicarse a esto.

Luis Daniel Reyes. (Teresa Canino )

Y esta actividad que es tan parte de su ser como todo lo que fundamentalmente él es, está a punto de desaparecer por disposición del Congreso de Estados Unidos, que prohibió las peleas de gallos por considerarlo maltrato animal.

“No es fácil. Me dan ganas de llorar todas las mañanas”, dice Luis Daniel, quien, cuando prohíban los gallos, piensa posiblemente emigrar a Boston, aunque no conoce la ciudad ni el idioma, porque allá viven una hermana y “un sobrino que gana $21 la hora y lo que tiene son 19 años”.

Fin a siglos de tradición

La actividad de peleas de gallo en Puerto Rico, que data de los tiempos de España, termina a la medianoche del jueves 19 de diciembre de 2019. En 1898, cuando la invasión estadounidense, las peleas fueron proscritas, aunque nunca cesaron. El Congreso las volvió a legalizar en 1933.

Cuentan que Rafael Martínez Nadal, líder histórico estadista, gallero legendario, presidente del Senado en 1933, tuvo a dos gallos tres días encerrados en bolsas, sin comer, en el Capitolio. Al tercer día, los soltó frente a un puñado de maíz. Los gallos, en vez de comer, pelearon. Así, dicen, se convenció a los estadounidenses de que legalizaran las peleas.

En 1849, Manuel Alonso contaba en El Jíbaro, su clásico libro de crónicas sobre la vida puertorriqueña de entonces, que se podían encontrar pueblos sin iglesias, pero no sin galleras. Relataba que era “muy raro el jíbaro que no cría gallos de buena casta”, pero creía que “cuando haya otras diversiones públicas y a medida que adelantemos, se irá perdiendo esta costumbre hasta desaparecer completamente”.

Se equivocó. Y por mucho. Dicen que la cuestión de los gallos es hoy es un negocio de entre $18 millones a $65 millones anuales, que emplea directa e indirectamente a 27,000 personas. Hay en la isla unas 70 galleras legales (se habla de no se sabe cuántas más clandestinas) y que hay en total 1.2 millones de gallos de pelea.

Más allá de eso, es una actividad tan intrínsicamente metida en la cultura que está en nuestro refranero (“ese es un gallo castao”), ha aparecido en innumerables canciones (“yo tengo un gallo espuelérico, para jugárselo al de Américo”), es el símbolo del principal recinto universitario de la isla (los Gallitos de la UPR de Río Piedras) y hasta fue el apodo por el que se conoció el exgobernador Rafael Hernández Colón, “el gallito que no se juye”.

Los domingos son el día más concurridos en las galleras. Hoy puede ser el último día de peleas de gallos legales en la historia de Puerto Rico.

El hoyo negro del 20 de diciembre

Preguntarle a un gallero qué hará el día después, es chocar con un muro de silencio. Ninguno, sobre todo los que se sostienen con esta actividad, saben qué harán. Tuvieron un año para prepararse. Pero, cabildeando con sus escasos medios en el Congreso, oyéndole cantos de sirena a políticos boricuas, presentando demandas que cuestionaban nada y nada menos que el poder del gobierno federal sobre la isla, les llegó el día sin prepararse.

El viernes 20 de diciembre es, para la mayoría de ellos, un hoyo negro.

“Estamos en una desesperación grandísimaporque no sabemos qué vamos a hacer. Mi sustento completo, de mi casa, de mis hijos, de mis empleados, de los que están alrededor mío, es lo que yo traigo de la gallera. Al no haber gallera legal, yo no produzco ni un centavo. No hay forma. Tengo que reinventarme de un día para otro”, dice Carlos “Junito” Aponte, gallero de cuarta generación y dueño del gallerín en el que trabaja Luis Daniel. “Yo creía en la estadidad hasta que pasó esto. Yo pensaba que no podía interferir con la cultura y las tradiciones de un país”, afirma.

CArlos "Junior" Aponte. (Teresa Canino)

Las galleras normalmente no son solo centro de apuestas y peleas. También, son sitio de fiesta, de juerga y de encuentros entre amigos. Los galleros suelen ser gente tosca. Pero no es raro en estos días que alguno se quiebre al hablar de la vida después de la prohibición.

Ese fue el caso de Ángel Díaz, quien trabaja como juez de vallas (una especie de árbitro de las peleas) en el Club Gallístico de San Juan, en la Muda, fundado en 1954. Díaz, de 52 años, ha sido gallero toda la vida. Su papá, de 74 años, también.

Se le quebró la voz y se le anegaron los ojos hablando con este periodista hace unos días. “Esto no va a acabar. Personas de bien se van a volver delincuentes”, dijo, cuando logró componerse.

La tristeza y la frustración eran palpables la tarde del jueves en el Club Gallístico de San Juan. Antonio Bermúdez, de 74 años, gallero, según dijo, desde que tenía cuatro años, afirmó: “Si me quitan los gallos, me quitan to’”. Francisco Gómez, enfermero, veterano de Afganistán, de 33 años, quien dice que bregar con sus gallos le ayuda a manejar los problemas mentales que trajo de la guerra, agregó: “Trato de no pensar en el día después” y “voy a ser un delincuente, porque yo no voy a dejar los gallos por nada”.

Los galleros no se ven a sí mismos como maltratantes de animales. Edwin Caraballo, ingeniero de 36 años, describió el proceso de castar un gallo, entrenarlo, alimentarlo, cuidarlo, recortarlo, armarlo para la pelea, como “una obra de arte”. “En un país que está con la moral por el piso, esta fue la primera industria que se levantó después del huracán”, sostuvo.

La hora del combate

Los siglos de tradición, los años de experiencia del gallero, los meses de preparación del gallo, las apuestas, todo lo que está en juego en este mundo, confluye en el ruedo de ocho a nueve metros de diámetro en el que, por 10 minutos, dos gallos van a entrarse a picotazos.

Toca el turno a un búlico contra un giro, ambos novatos. Los animales se ven atolondrados. Dicen que los gallos pelean por instinto, pero estos dos, en principio, no parecen muy interesados en atacarse. Dos empleados tienen que ponerlos frente a frente y hacer que se agiten.

El duelo, al fin, empieza. Mientras dura la pelea, los galleros olvidan sus penas. En el momentoen que los dos animales están destrozándose, no hay amenaza alguna contra esta actividad. Están del todo sumergidos en la experiencia.

Rafael Reyes. (Teresa Canino)

Se oyen los gritos de los apostadores, con las cantidades que están poniendo a uno u otro animal. Son todos hombres. Las únicas mujeres aquí son las que están atendiendo la barra o la boletería.

Los gallos se encrespan, atacan con el pico, dan saltos, se sacuden y se entierran las espuelas. Muy pronto queda claro que el giro está llevando la peor parte. El plumaje amarillento se le tiñe de rojo sangre. El búlico no le da tregua. Antes de los cinco minutos, el giro cayó. Parece muerto, pero aún respira suavemente y boquea.

Su dueño, Joel Rivera, no lo llora. “Uno aprende desde niño a no apegarse al gallo sentimentalmente”, dijo.

Unos minutos después, el gallo que se castó como una ciencia, que fue alimentado y entrenado por meses, el animal al que un gallero describió como una obra de arte, está en un zafacón, hecho un manojo de plumas ensangrentadas, junto a otros combatientes que antes corrieron igual suerte y varias cajas y latas de cerveza.

“No era un buen gallo”, dijo el dueño.


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