Refugiados en Guánica permanecen debajo de los árboles que rodean el coliseo Mario “Tito” Rodríguez. (Ramón Tonito Zayas)

El interior del coliseo Mario “Tito” Rodríguez de Guánica, hogar temporero de sobre 240 damnificados a causa de los sismos recientes ocurridos en el sur del país, está vacío. En sus alrededores, sin embargo, la historia es otra.

La escena es triste. El miedo, la incertidumbre y la ansiedad se pueden percibir. Nadie quiere estar en el interior de la estructura ante el reporte de nuevos sismos. Tienen temor que el edificio colapse.

Debajo de la sombra de un árbol en el estacionamiento del coliseo yacía Nicolás Vázquez, de 83 años, junto a su esposa, Priscilla Rodríguez, de 79 años, quien permanece encamada tras perder la movilidad en el lado derecho de su cuerpo a causa de un ataque cerebral que sufrió.

“La casa del lado se rompió toda por abajo. No pueden vivirla más, yo creo, y yo cogí miedo y estaba preocupado por ella porque la cama de posiciones no sale del cuarto y llamé para traerla un rato aquí y llevarla más tarde al CDT”, compartió Vázquez que llegó hoy temprano al refugio.

Priscilla no habla ni ingiere alimentos. Depende, además, de un tanque de oxígeno. La pareja vive sola. Su hija reside en los Estados Unidos. “Solo en esa casa y después temblando, coge miedo cualquiera. Pero, con la ayuda de Dios tomé la decisión de llevarla para acá que está más segura”, comentó el vecino de la comunidad de Ensenada.

Muy cerca estaba Griselda Tirú, del barrio La Luna, junto a su madre paciente de Alzheimer, quien también está postrada en una cama “tuvimos que sacarla porque la casa se agrietó, la teníamos en el balcón, pero cuando fueron a chequear y eso nos mandaron a salir”, relató.

Rosa Colón Galarza, su madre, tiene 71 años y hace siete años que está encamada. “Estamos nerviosos porque cada vez que tiembla uno se asusta, pero hay que seguir”, dijo Tirú.

Más tarde ambos pacientes fueron trasladados al Centro de Diagnóstico y Tratamiento (CDT) de Guánica.

Las familias permanecían buscando una sombra. Algunas tenían cercanas maletas con sus pertenencias. Otras, no obstante, improvisaron unas especies de carpas con sábanas que sujetaron entre los vehículos. Allí pasan las horas, conversando y lejos de cualquier peligro.

No fue hasta las 2:00 p.m. que llegaron los primeros alimentos.

En un área más distante la tristeza se perdía entre las risas de un grupo de niños que jugaba “papa caliente” junto a personal de la Administración de Servicios de Salud Mental y Contra la Adicción (Assmca).

El tiempo se detuvo cuando el balón cayó en las manos de Sofía. ¿Cómo se siente Sofía hoy?, cuestionó la funcionaria.

“Yo me siento feliz”, respondió la niña, quien agregó que su felicidad respondía a que el primer día de clases su mamá “me va a hacer un peinado nuevo”.

Otros pequeños dijeron sentirse feliz por un día más de vida.


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