(horizontal-x3)
El doctor Raúl García Rinaldi asegura que mantiene el mismo entusiasmo que lo llevó a estudiar medicina y especializarse en cirugía cardiovascular. ([email protected])

Mayagüez - La cita era a la 1:00 p.m., pero no fue hasta una hora después que llegó a su oficina.

“Disculpen, es que estaba operando”, se excusa el cirujano cardiovascular Raúl García Rinaldi, quien accedió a la petición de la fotoperiodista de este diario para ser retratado en el lugar que mejor se siente: el quirófano.

En sus cinco décadas de carrera profesional, García Rinaldi ha realizado miles de cirugías, pero todavía asegura sentir la misma pasión que experimentó cuando realizó su primera operación en 1967, durante un internado.

“Hay un anillo nuevo para corregir la válvula mitral (del corazón) que ya aprobó la FDA (Administración federal de Alimentos y Drogas). Ya llamé a la compañía (que los fabrica) y me van a mandar (anillos). Ya tengo dos pacientes listos (para operar con el nuevo aparato médico). Es que soy bien curioso, y eso me motiva mucho”, cuenta García Rinaldi, quien tiene cinco hijos y cuatro nietos.

Con su agenda cargada de pacientes por examinar y operar, saca tiempo libre para leer y compartir con su familia. Hace tres años publicó su primer libro “Mis tropiezos hasta la sala 6”, y revela que le gustaría morir haciendo lo más que le gusta: operando.

La fundación que lleva su nombre, creada hace 25 años, también completa su vida desde que descubrió su entusiasmo por sembrar la semilla del interés y el conocimiento hacia la rama de la medicina entre estudiantes de escuela superior y universitarios inclinados por estudiar esta profesión.

Dispuesto a contar parte de la historia de su vida y opinar sobre algunos de los problemas que más afectan la salud de los puertorriqueños, García Rinaldi se remonta a sus años de infancia, juventud y adultez, hilvanando entre dato y dato algunas preocupaciones sobre el sistema de salud y soltando algunas recomendaciones.

¿Cómo se describe?

—Soy un jíbaro bien aguza’o que supo vencer muchos obstáculos financieros y de otro orden para hacer una carrera médica. Nunca soñé poder entrenar con los mejores cirujanos en la historia.

¿De qué pueblo es? ¿Cómo fue su niñez?

—Soy de Santurce, de Ocean Park, hijo de dos personas muy inteligentes y trabajadoras, de clase media baja: Raúl García del Rosario y Aida Rinaldi Torruella. “Llegó el doctor”, dijo mi mamá cuando nací. Es que ella tenía un soplo en el corazón, y le habían dicho que no podía tener bebés, pero nací yo, y tengo dos hermanas, Aida y Marisol. Ellos compraron muchos bonos de guerra y con eso estudié medicina. Tuve una educación excelente. Teníamos zapatos y comida. Mamá nos exigía mucho, las cosas tenían que ser excelentes. Eso nos motivó a ser mejor y no aceptar que no se puede. Eso ha sido un baluarte en mi vida.

¿Recuerda algún evento quelo haya marcado y guiado a estudiar Medicina? ¿La condición (cardiaca) de su madre?

—Ya yo estaba destinado a ser doctor. Mi mamá era muy enfermiza. El médico le había dicho que si se tenía que operar de adherencias (en el útero), se moría. Un día de Año Nuevo pensábamos que se iba a morir, pero gracias a Dios duró muchos años. Ella fue mi inspiración. Tenía cuarto año (de escuela superior) y trabajó en Finanzas. Era muy buena en eso. A casa venían a buscarla para resolver problemas (financieros). El cirujano general de ella, el nieto del prócer Eugenio María de Hostos, me llevó a ver mi primera operación. Tenía 15 años y fue en el entonces Professional Hospital, en la avenida de Diego. (Durante la operación), me dieron cuatro mareos de campeonato. Pensé que la cirugía no era para mí, pero también sabía que, si tenía el chance, iba a operar.

¿Qué personas fueron claves en su formación profesional?

—Pude entrenar con los mejores cirujanos en la historia: el doctor C. Walten Lillehey, en Minnesota; el doctor Michael DeBakey, en Texas; el doctor Denton Cooley, del Texas Heart Institute; el doctor Stanley Crawford… Pero mi mentor fue el doctor Luis Soltero Harrington, que había regresado (a Puerto Rico) de Houston (el Heart Center-Texas Children Hospital y el Hospital St. Luke) y tenía un programa de cirugía cardiaca que era lo mejor que había, reconocido a nivel internacional. Me dijo: “Tenemos que hacer un cambio (en la medicina en Puerto Rico), te voy a enviar con (el doctor) DeBakey”, y para mí eso fue como un sueño, una fantasía.

Entre anécdotas, García Rinaldi cuenta que, tras completar los cuatro años de medicina en el Recinto de Ciencias Médicas de la Universidad de Puerto Rico, por un error suyo cuando llenó una solicitud, terminó haciendo un internado en la Universidad de Minnesota.

Sin embargo, su meta era entrenar con DeBakey por lo cual luego hizo su entrenamiento de dos años en cirugía con este en el Baylor College of Medicine, en Texas. Allí, también estudió tres años de doctorado, otros dos en cirugía y dos más en cirugía torácica. En total, fueron 14 años de estudio.

García Rinaldi también recuerda a los médicos españoles Carlos Durán y José Manuel Revuelta como claves en su formación de cirujano al poder compartir conocimientos y realizar con ambos varias operaciones e investigaciones mientras trabajaba en el Hospital Universitario Marqués de Valdecilla, en Santander, España.

¿Cómo es la calidad de los estudiantes de Medicina hoy día?

—Creo que los estudiantes hoy día son diez veces más inteligentes que yo. En el campo de la cirugía cardiaca y cardiovascular, he podido hacer contribuciones tremendas por mis ganas de no fallar y dar un impacto en la medicina, a través de muchas investigaciones y charlas.

De sus años en Houston, Texas, GarcíaRinaldi evoca que, junto a Julián Álvarez, de la Cruz Azul, crearon el “Puente de la Esperanza”, en 1983. A través de este programa se logró trasladar a personas que no tenían recursos para viajar a Houston, Texas. Eran pacientes cardiacos candidatos a cirugía. Se realizaron más de 2,000 operaciones con esta iniciativa.

Sobre su práctica médica, en Puerto Rico, recuerda que entre 1991 y 2001 fue parte del equipo médico del Hospital Pavía, en Santurce. También, fue miembro de la Junta de Directores del Centro Cardiovascular de Puerto Rico y el Caribe. En 2001, se trasladó a Mayagüez, donde trabaja hasta el presente en el Centro Médico de de este municipio, donde dirige el Programa de Cirugías Cardiacas y Vasculares.

¿Qué lo atrajo a Mayagüez?

—Me hicieron una oferta (de trabajo). Cuando llegué (al Centro Médico de Mayagüez) este hospital era como el Amazonas. Había como 19 pacientes y cuatro carros estacionados, pero cuando vi las salas (de operación) me enamoré de ellas. Se ha ido reclutando a una facultad muy buena, y llevamos una práctica grande de cirugía cardiovascular, también involucrada en la investigación y la enseñanza.

¿Cuál ha sido la operación que más le ha marcado? ¿Qué hace para que siga siendo interesante?

—Bueno, la operación que más me ha marcado acaba de pasar hace como dos semanas. Una de las más queridas enfermeras aquí desarrolló un aneurisma disecante. Eso es una superemergencia con una tasa alta de mortalidad. “Yo la opero”, dije. La puse en arresto circulatorio, que no puede pasar de 40 minutos, y le hice una operación bien complicada. Gracias a papá Dios fue superbién. Fue un “challenge” tremendo, una operación difícil y compleja, pero me sentía guiado. Ha sido como una gran victoria. Yo digo que no trabajo. Este es mi “hobby”. Me encantan los casos difíciles que la gente huye de ellos. Ya he operado 45,000 pacientes desde 1967.

Hablemos de su fundación.

—La meta original era darle cuidado cardiovascular al paciente indigente, pero con la Reforma (y el acceso a servicios médicos privados) se hizo un reenfoque. Estoy muy contento de lo que hemos hecho. Tenemos un programa de verano. De 600 solicitudes, se escogen 100 estudiantes. Los paso por un cedazo. Los pongo a pensar, a estudiar. Empecé con universitarios, pero después de que por un error, en una entrevista de televisión, se dijo que también se aceptaban estudiantes de escuela superior lo abrimos (a jóvenes de “high school”). Me he dado cuenta que donde más impacto es cuando empiezan más temprano. Ahora, quiero empezar en grado nueve. No solo son brillantes (los estudiantes escogidos), es que puedo motivarlos. Es un orgullo ver cómo cambian. También, tenemos un programa que vamos a escuelas públicas y por una semana les llevamos recursos de diferentes profesionales de la salud. Y con los estudiantes de Medicina lo que trato es que tengan su agenda. No pueden dejarse llevar por el sistema, los planes, otros médicos, la burocracia... No, tienen que desarrollarse al máximo. También, soy el coordinador del grupo de premédica del RUM (Recinto Universitario de Mayagüez). Pienso que es un método para guiarlos y facilitarles el camino.

¿Qué opina de la fuga de médicos? ¿Qué la ha acelerado y qué se puede hacer para controlar ese éxodo?

—Vamos a tener que volver al sistema viejo porque la gente va a tener que irse a Estados Unidos si los médicos siguen yéndose. ¿La culpa? Los planes médicos que, por ejemplo, cogen médicos extraordinarios (en sus redes de proveedores) y, de momento, ya no tienen contrato. Pienso que el gobierno no acaba de entender dónde está el problema. Me encanta el arreglo del 4% (Ley de Incentivos para la Retención y Retorno de Profesionales Médicos, que establece una tasa fija de contribución de 4% sobre los ingresos que generen de la práctica médica), pero tengo luego que garantizar como 15 años (de práctica en el país) y si no cometo fraude.

¿Qué ha pasado con los Centros Médicos Académicos Regionales?

—Bueno, somos el hospital de la Escuela de Medicina de Ponce, y aquí no hay estudiantes de allí.

Sobre los planes médicos hay muchas quejas de pagos tardíos, facturas denegadas, cierre de las redes preferidas de proveedores, tardanzas en otorgar contratos a médicos nuevos. ¿Qué opina de todo esto y qué se puede hacer?

—Fiscalización, sobre todo en los planes Medicare Advantage. Tiene que haber más fiscalización. Tenemos que tener paridad (en los fondos Medicaid y Medicare). ¿Por qué pagarnos diferente (menos que a otros estados y jurisdicciones)? Hay que bregar con esos fondos urgente.

¿Qué cambios le haría a la Reforma de Salud? ¿Es viable aún? ¿Qué opina del nuevo modelo que comenzará en noviembre?

—Que haya una sola región (bajo el nuevo modelo) es un paso bien importante. Lo importante es que sea accesible a todos los pacientes. La Reforma es maravillosa porque le dio acceso a los pacientes a mí y a mí a ellos. Siempre he cogido Reforma y no me arrepiento. He podido llegar a pacientes que antes no podía. Lo importante es que cubra a los pacientes, que facilite que pacientes de San Juan puedan venir aquí (a Mayagüez).

¿El gobierno podrá convertirse algún día en pagador único?

— Sería un paso gigante. Me encantaría. Antes costaba mil millones (de dólares) darle salud a la gente. La Reforma ya va por $2,800 millones. ¿Se le está ofreciendo mejor cuidado (a los asegurados)? Claro que no. ¿Quién se está quedando con los chavos? Los planes médicos. ¿Hace falta la Reforma (de Salud)? Sí. El problema es que no se han sentado a ver los problemas. La Reforma se ha convertido en un método para sacar votos. No se puede seguir sin sentarse a ver los problemas. Pienso que se necesita más insumo de los médicos para su implementación. La idea (de la Reforma) es muy buena, pero, por ejemplo, (los beneficiarios) van a las salas de emergencia en vez de a las oficinas médicas.

Hablemos de la salud de los puertorriqueños. ¿Qué receta general daría a un pueblo en el que abunda la diabetes, el asma, el cáncer y las enfermedades del corazón, entre otras?

—El problema más grande se llama diabetes. Tenemos que concienciar al pueblo de las enfermedades del corazón, del riñón, la vista... Pienso que la educación médica tiene que ser como un tren de cuatro vagones. Ahora mismo, estamos montados en el vagón 1 y no sabemos cómo ir al dos. No sigamos hablando de LDL (colesterol malo) y HDL (colesterol bueno). Hay que cambiar, movernos a otras cosas.

Bueno, hay un dicho que dice que un ser humano está completo luego de sembrar un árbol, escribir un libro y tener hijos. Usted tiene cinco hijos, supongo que ha sembrado algún árbol y ya escribió el libro. ¿Qué más le gustaría alcanzar?

— No me quiero morir. Tengo tantas cosas que hacer... Para mí el reto aumenta todos los días. Mi esposa (Jeanette Quiñones) es coordinadora de un proyecto de investigación y entiende lo que es ser la esposa de un cirujano cardiovascular con mi energía. Vivo perdidamente enamorado de esto. Quiero morir entre la sala 5 y 6 (del Centro Médico de Mayagüez), que es donde opero. Sería lo más feliz. La parte educativa ha llenado bien necesidades. Me gozo esa parte. También, hago muchas alianzas con compañías farmacéuticas, por ejemplo, para hacer actividades de prevención. Me encanta ir a hablar con los viejitos, con estudiantes de escuela superior, de universidad, de programas graduados, dar conferencias en Estados Unidos. Todo eso me encanta y sigo con el mismo entusiasmo.

Se acerca el fin de la entrevista. Ya son más de las 5:00 p.m. y el cirujano no ha almorzado, solo un ligero café durante la plática. Antes de despedirse, presenta a su hijastra, Karla Caraballo. Con evidente orgullo revela que recién ingresó a la universidad.

Enfatiza que tiene en sus manos muchos proyectos en agenda y otros más en la mirilla, como la creación de más aparatos médicos de los que ya ha desarrollado, que incluyen uno de sus primeros inventos: una válvula para insertarse en posición venosa. También, asegura que seguirá haciendo investigaciones y publicaciones para revistas científicas, como la que recién divulgó el “Journal of Heart Valve Disease”.

Termina la entrevista, y García Rinaldi se queda dándole vueltas en su cabeza a nuevos tratamientos para los pacientes cardiacos. Comprometido con la educación de futuras generaciones, en su porvenir no se asoma el retiro por ninguna parte. La agenda está llena.


💬Ver 0 comentarios