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En Lares, lo que era el plantel Manuel Rojas Luzardo ahora es el Centro de Apoyo Mutuo Jíbaro, con 14 apartamentos, un café teatro, un comedor social, viveros y animales de granja

Lares - Por dos años, la escuela Manuel Rojas Luzardo, en este pueblo, estuvo abandonada, luego de que fuera uno de los 63 planteles que el Departamento de Educación (DE) cerró en 2015.

La comunidad Bartolo protestó y los vecinos hicieron todo lo posible para evitar que perdieran la histórica escuela, que fue la primera vocacional agrícola del DE, y la que sirvió a generaciones de lareños y estudiantes de otros pueblos desde 1922.

Pese a las promesas del gobierno, no se le dio ningún uso al plantel y los tres edificios de concreto sólido se perdían entre la maleza y desperdicios que la agencia había dejado acumulados.

Cuando el huracán María azotó a Puerto Rico en septiembre pasado, dejó a muchas familias de agricultores y vecinos del barrio sin hogar. Con el pasar de las semanas de la emergencia, aumentaba la desesperación de algunos por conseguir un lugar dónde vivir. Agravaba la situación que no había un efectivo flujo de suministros para esta comunidad montañosa, enclavada en la colindancia de Lares con Yauco, Adjuntas y Maricao. A casi una hora de los cascos urbanos de los cuatro municipios, era casi imposible que les llegaran las ayudas.

Entonces, Elisa Sánchez, quien tenía experiencia en activismo social, ayudó a varios vecinos a organizar un centro de apoyo en una iglesia episcopal de este mismo barrio, pero pronto el espacio se quedó pequeño ante la magnitud de la necesidad. “Así fue que un grupo de residentes decidió que la escuela, que estaba en un total abandono, era el lugar idóneo para dar los servicios a la comunidad”, relató Sánchez.

El 4 de noviembre los vecinos entraron al predio, abrieron las puertas y comenzaron a limpiar y habilitar la instalación, para ofrecer servicios y viviendas. Cinco meses después, el ahora llamado “Centro de Apoyo Mutuo Jíbaro” ofrece vivienda a siete familias, cuenta con un centro de acopio de suministros de primera necesidad para esta y otras comunidades aledañas, y es el espacio para una incubadora de microempresas para sus residentes y vecinos de la comunidad en general.

En lo que era el comedor de la escuela ahora no solo se sirven alimentos, también es un espacio para que vecinos puedan preparar bizcochos, flanes, pasteles y otros productos para la venta.

En los predios han comenzado varios proyectos agrícolas, que los vecinos consideran una “honra” a la memoria de la misión original de la escuela. Además de criar cerdos, conejos, pollos y gallinas ponedoras para la producción de huevos, también han comenzado a construir un vivero y habilitaron un huerto.

Asimismo, algunos salones se han preparado para talleres de arte que ofrece el maestro Carmelo Sobrino, así como de costura y para madres que optaron por “home-schooling” después de que se les imposibilitara llevar a sus hijos a la escuela asignada, tras cerrar la del barrio Bartolo.

El centro de acopio sigue repartiendo algunos suministros, medicinas y ropa a familias de los siete sectores del barrio Bartolo y otros aledaños. Además, sicólogos voluntarios ofrecen servicios en una de las antiguas oficinas.

Otra de las iniciativas está encabezada por Lissette Pérez, quien pronto se mudará con sus hijas al plantel para habilitar en uno de los salones el “Café Teatro Boriké”. Explicó que esa iniciativa surgió de la necesidad manifestada por la comunidad por “tener un espacio de sano entretenimiento para los jóvenes”.

“Básicamente”, destacó Sánchez, “esto ha sido un proyecto con una visión de desarrollo económico comunitario, donde estamos promoviendo la sustentabilidad y la autogestión como los pilares”.

“La comunidad identificó que sus problemas principales eran de vivienda y de trabajo. Muchos trabajaban en el recogido de café, plátanos y chinas. Por lo tanto, se han quedado desempleadas y necesitábamos apoyar ese incentivo para el desarrollo económico”, añadió.

Reconocido

El proyecto ha recibido tanto respaldo de diversos sectores que la empresa alemana Sunnen y su compañía aliada en Puerto Rico, Pura Energía, les donaron un sistema de energía solar.

El presidente de Sonnen para todo Estados Unidos, Blake Richetta, señaló que entre los proyectos seleccionados para asistir en la isla desde el huracán escogieron el Centro en Lares por “la perseverancia de la comunidad para unirse en algo especial y de lo que se puede hacer si la gente trabaja en conjunto”.

Por su parte, José García, presidente de Pura Energía, dijo que instalaron 40 paneles fotovoltaicos que producen 12 kilovatios, y una batería de 16 kilovatio-hora que energizó el edificio principal. Añadió que ya están en proceso de instalar el sistema para el segundo edificio. Aunque el sector lareño ya tiene el servicio, el plantel está desconectado de la Autoridad de Energía Eléctrica porque oficialmente está en desuso.

Sánchez agradeció la ayuda, pues la energía solar provee “la vida necesaria para que todo el proyecto que tenemos en sueños sea una realidad”.

La presentación del sistema solar tuvo lugar en una conferencia de prensa, en la que también el Centro recibió elogios de parte de otras figuras como Henry Lozano, quien fue asistente adjunto de la oficina ejecutiva del presidente de los Estados Unidos.

Necesidad de vivienda

Los salones se han convertido en 14 apartamentos. Los vecinos se organizaron en un comité, que establece las reglas de elegibilidad, ofreciendo prioridad a mujeres jefas de familia y envejecientes que hayan sido desplazados por el huracán. Sánchez explicó que, en su mayoría, son personas que vivían alquilados, por lo que no encontraron las ayudas que necesitaban de parte de las autoridades para poder permanecer en la comunidad.

“Vivo aquí desde María. La casa tuvo muchos daños y pudimos venir. Nos ha ido bien aquí, con mis dos hijas”, expresó Jessenia Pérez, una de las residentes. “Me alegré mucho. Ha sido de gran ayuda”.

Aunque la idea original era ofrecer un servicio temporal, no descartan establecer un proyecto de cooperativa de vivienda.

“Fue una ocupación y rescate de una propiedad en abandono”, expresó Sánchez.

Señaló que la comunidad intenta formalizar el traspaso de la propiedad a través de la Iglesia Episcopal, y dijo que no teme que las autoridades intenten desalojarlos antes. “No creo. La gente de la comunidad ya se ha apropiado. Son personas con la consigna de que no se van hasta que tengan una vida digna”, sostuvo Sánchez.

Gestionan traspaso

Como la comunidad no es una entidad registrada, los vecinos intentan formalizar el traspaso a través de la Iglesia Episcopal.

El padre Carlos Vélez dijo que la institución inició el proceso para ayudar a la gestión de la comunidad con el trámite gubernamental. “Se está trabajando… Tenemos el mayor interés en esto. Sabemos que no es fácil porque son varios procesos y vamos a hacer todo lo posible”, mantuvo Vélez, quien reconoce que alguien pudiera levantar la crítica de que el predio fue invadido por la comunidad.

Pero, pese a lo espinoso del tema, decidieron apoyar la iniciativa por entender que ha sido una gran ayuda en un momento difícil.

“Ha sido vital para mucha gente, acogiendo familias que se quedaron sin vivienda y yo vi las condiciones en que estaban viviendo. Ha sido un sitio de encuentro y para sanar heridas que se han vivido por muchos años en la montaña, pero que el huracán exacerbó”, manifestó Vélez.

Hogar en Adjuntas

No surgió de un esfuerzo comunitario organizado como el que se “apropió” de la escuela en Bartolo, en Lares, pero les inspiró el mismo ánimo de resistencia. Tres familias de Adjuntas, decidieron protegerse del huracán María en la escuelita del barrio Portillo, que estaba cerrada desde hace varios años y allí se han quedado.

Ada Liz Vélez se mudó al plantel con sus tres hijas y su esposo tan pronto advirtieron sobre la devastación que podía ocasionar el huracán. Fue una decisión inteligente porque su casa fue completamente destruida por los vientos.

Como no tenían hogar a donde regresar, se quedaron en el antiguo plantel y allí estarán hasta que puedan tener una nueva vivienda porque no es posible reparar la que tenían, afirmó esta adjunteña.

Junto a ellos hay otras dos familias, una del barrio Tanamá y otra de Yahuecas, que se acomodaron en otros dos edificios. El patio de la vieja y abandonada escuela está ahora acondicionado y la casa de Vélez está tan limpia que se puede comer en su piso.

“Esto estaba perdido aquí”, recordó la ama de casa.

El comedor escolar se convirtió en el comedor deesta familia, allí también está la cocina y la sala. Las paredes están decoradas con platos, cucharas y tenedores de cerámica, un reloj cuelga en la pared y también un cuadro. Unas tablillas bien organizadas sirven de alacena.

Con paneles que ya pintaron y decoraron con cortinas hicieron una división para acomodar la habitación matrimonial y las jóvenes duermen en el salón de al lado.

La escuela tiene agua y una entidad sin fines de lucro les donó un generador de energía.

Wilma Maldonado Arrigoitía colaboró en esta historia.


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