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A SUS 73 AÑOS, Luis González vive entre santos, apóstoles y mártires que salen de pedazos de madera a los que da forma con sus cuchillas cuando le llega la inspiración.

Sentado frente a un prensa que sujeta el trozo de madera que talla de momento y de frente a su inseparable esposa Eva Resto Flores, González cuenta los eventos que lo ligaron para siempre a ese oficio.

Conoció el arte de la talla de santos en madera cuando era un adolescente, allá para la década del 50 en el taller del escultor Roberto Smith, en el que comenzó a trabajar cuando tenía 14 años. Había crecido en Arecibo, pero se mudó con su abuela en el sector santurcino de Trastalleres y Smith lo contrató para hacer labores domésticas en la casa de su madre.

“Pero, antes de los seis meses, me tenía en el taller, donde se hacia la orfebrería y montura de cuadros. Se le montaban cuadros (a los pintores) Myrna Báez, Rafael Tufiño, Julio Rosado del Valle, Augusto Marín. Me enseñó la orfebrería, a fundir oro, a fundir plata, y la mamá me enseñó a usar esmalte para platos. Fui donde el maestro Francisco Vázquez Díaz “Compostela”, Lorenzo Omar, Tomás Batista. Me enseñaron a ponerle a dorar las molduras de los cuadros”.

Junto con esas labores, Smith lo enseñó a restaurar santos. Luego de trabajar 22 años con el escultor, abrió un taller propio para hacer las labores aprendidas, pero la talla pudo más y se dedicó de lleno a ello.

Poco a poco, la técnica y la dedicación se recubrió con la devoción religiosa de González, quien asegura que “lo sagrado de esto para mí -que soy un pecador empedernido y no tengo remedio- es que para mí tallar es como orar. Me he levantado a la una o dos de la mañana a hacer un diseño porque a esa hora me llegó la inspiración”.

Se le quiebra ligeramente la voz y añade que “no hecho maldición si me corto o me hiero, eso no me quita el ánimo. Eso me llena de entusiasmo”.

Su devoción llega al punto no talla un Cristo crucificado porque no tolera ese dolor.

“Es que tengo que sentarme a llorar. Tengo que sentarme a sufrir y ponerme en esa posición y ese dolor de Cristo yo lo respeto. Para mí que ese dolor es de él y nada más. Que no me hagan repetir esa historia tan agria de crucificarlo de nuevo. Eso como que no es para mí”.

Frente a la mesa que ubica en el balcón de su casa y que conforma su taller pasa horas largas tallando al punto que a veces lo sorprende el atardecer. El oficio, no solo lo mantiene activo, y lo enriquece sino que es el pie forzado para educar a otros sobre la vida de los santos y mártires. Y lo hace con el mismo entusiasmo con el que enseñó en el Taller de Bellos Oficios de la Universidad de Puerto Rico por 12 años, hasta el 2007.

“¿Qué hace uno con el conocimiento cuando, el día que le toque, se va to' eso pa'l hoyo?”, pregunta de manera retórica González, quien tiene ocho hijos, “más de 30 nietos y biznietos, más de 20”.

A sus estudiantes les enseñaba proporción de la figura, movimiento de la silueta, pintura... pero la devoción iba por parte del alumno.

“Eso se desarrolla solo, eso lo desarrolla cada persona, eso es muy individual”, afirma, para luego explicar que el hecho de que sea devoto no significa que se pase metido en la iglesia. “Si yo quiero saber de Dios, no tengo que buscarlo en la iglesia, yo lo invito a mi casa”, afirma.


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