Nota de archivo: este contenido fue publicado hace más de 90 días.

(Ramón “Tonito” Zayas)

El pago de la vivienda o la compra. Las medicinas o la compra. El pago de la cuenta de luz o la compra.

La compra, la ineludible compra.  La de comer.  La que sube y no baja. La que nada tiene que ver con  ir de “shopping”.

Que las finanzas no alcancen es una realidad en ascenso para muchos trabajadores  que en los últimos tiempos han recurrido al Programa de Compras de Emergencias que ofrece el Banco de Alimentos de Puerto Rico.

Este programa está dirigido a personas o familias que no forman parte de la población que tradicionalmente recibe servicios de la entidad como albergues, hogares de ancianos, de niños maltratados, de rehabilitación a drogas y alcohol y centros de cuido, entre otros.

“Es lamentable. No son noticias alegres. ¿Qué más vamos a esperar para decirlo? En Puerto Rico, hay gente que se acuesta sin comer. Me refiero a los tres platos diarios junto a sus respectivas meriendas nutritivas y saludables. No hablo de la población ya de por sí vulnerable, sino de otro perfil”, aseguró la directora ejecutiva del Banco de Alimentos de Puerto Rico, Ivonne Bernard, en entrevista con El Nuevo Día.

Estadísticas de esta entidad sin fines de lucro revelan  un aumento de 60% entre los participantes  del Programa de Compras de Emergencias entre 2014 y 2016. En el 2014, el programa benefició a   43,016 personas, cifra que se elevó a   68,806 en 2016.

“Ahora sabemos que lo solicitan personas de todos los estratos sociales. Son gente que no cualifican para ninguna ayuda gubernamental”, explicó.

“Son desempleados, casi siempre de clase media. Adultos mayores con elevados gastos médicos, jefas (es) de familia que trabajan, pero que el dinero no les alcanza para complementar la compra, personas con impedimentos y familias en general que pueden carecer de alimentos durante el mes”, explicó Bernard.

El Programa de Compras de Emergencias, al igual que otras divisiones del Banco de Alimentos,  no ofrecen   servicio de forma directa a la ciudadanía. La solicitud y la evaluación de los casos queda a cargo de las 130 organizaciones afiliadas al Banco de Alimentos.

Sin embargo, Bernard destacó que a diario recibe llamadas de gente que busca orientación sobre los servicios del Programa de Compras de Emergencia que ofrece la institución.

“En esta situación en particular, los afectados casi siempre se sienten avergonzados. Los padres de familia suelen inhibirse respondiendo quizás a unos patrones e imposiciones culturales. Es más complejo de lo que parece. Recordemos que es un tema cargado de prejuicios, mitos y tabú”, opinó.

“Hay muchos casos en los que ambos líderes del hogar pierden el trabajo simultáneamente. En fin, una situación novel para la institución”, argumentó.

Un padre de familia que no quiso identificarse declaró a El Nuevo Día que es uno de los tantos maestros transitorios del Departamento de Educación que perdió su empleo. Al momento, emigrar no es la opción de su familia. Gracias al trabajo de su esposa y, de una labor a tiempo parcial que encontró en un medio de comunicación social, consiguió salir a flote.

“Estoy por volver a reintegrarme a tiempo completo, pero fui participante del programa. No acudimos al servicio semanalmente, pero cuando el asunto apretaba nos resolvió, especialmente, previo a  conseguir el ‘part time’”, narró.

Por otro lado, Bernard señaló que entre las áreas geográficas de mayor petición al programa figuran las zonas rurales, zona central montañosa, área este y sureste de la isla.

“Esta última era conocida como la  ‘antigua’ ruta del hambre,  pero aún sigue en destaque”, comentó.

Bernard hizo un paréntesis al referirse a Vieques y Culebra. Indicó que en las islas municipios el alimento es entre un 18% a un 20% más caro. Por eso, muchos de sus residentes viajan a la isla para hacer la compra.

“Hay que recordar que en el país casi un 50% de la población está bajo el nivel de la pobreza”, apuntó.

 “Gran Depresión”

Para el economista José Caraballo Cueto, el movimiento de personas en estos bancos de alimentos puede ser “otro indicador más de la creciente precariedad que se vive en la Gran Depresión de Puerto Rico”.

“Mientras los abogados de los bonistas argumentan que ellos son los únicos que perderían en esta crisis dada la reestructuración de la deuda, la realidad es que un gran parte de nuestra población ya ha perdido mucho desde hace años, al punto que hoy muchos y muchas no tienen siquiera las tres comidas diarias”, dijo a El Nuevo Día el director del  Instituto de Investigaciones Interdisciplinarias de la Universidad de Puerto Rico en Cayey.  

El catedrático entiende que “si las recomendaciones de la Junta de Control Fiscal para sustituir los programas de asistencia por un crédito al trabajo se concretizan, muchas personas más sufrirán el hambre ya que los empleos en Puerto Rico están escasos para poder recibir ese crédito al trabajo”.

Por lo tanto, propone “permitirles a las personas que trabajan menos de 30 horas el que puedan tomar las ayudas sociales sin penalidad y retomar la discusión del crecimiento económico para revertir esta población que sufre de hambre”.

Canasta básica

Entretanto, Bernard agregó que también la canasta básica experimentó sus cambios, asunto que sugiere se evalúe detenidamente.

Según la radiografía del consumidor  elaborada por MIDA, el arroz encabezó las listas del 2014 y 2015. Sin embargo, las habichuelas fueron desplazadas por la leche, esta a su vez por el café, el aceite por el pan y el pollo por los huevos.

“Me atrevería a especular que son muchos los que sacian el hambre con un pedazo de pan mojado con café con leche”, dijo Bernard, quien tiene a su cargo a los 14 empleados de la organización y cuatro camiones.

A su vez, la entidad aumentó las libras de alimentos distribuidas en el Programa de Compras de Emergencia.

Para el 2014, donó 67 libras de alimento por individuo contrastando con 125 libras por individuo entregadas en el 2016.

La directora comparó la operación de la entidad con la de un distribuidor de alimento.

“La diferencia es que aquí el factor dinero no media en la entrega del producto”, dijo.

Manuel Ruiz, encargado del almacén de 24 mil pies cuadrado de la organización sin fines de lucro, localizada en Bayamón, recibe de 20 a 25 mil libras de alimentos diarias procedentes de las donaciones hechas por productores, manufactureros, distribuidores, mayoristas y detallistas de la industria de alimentos.

Para organizarlas y clasificarlas, cuenta con la ayuda de un grupo de voluntarios.

Carmen Iris lleva 2 años de voluntaria, pero en realidad su contacto inicial con el Banco de Alimentos fue como beneficiaria.

“Perdí mi empleo como ama de llaves. La iglesia a la que pertenezco me ayudó a resolver la situación con el Programa de Compras de Emergencia. Ahora, estoy mejor, pero muy agradecida y, por eso, colaboro como voluntaria”.

Ruiz explicó que las entidades afiliadas se registran, agarran su carro de compra, hacen su escogido, van al área de pesaje, generan una hoja de despacho y salen a su misión.

El supervisor aseguró que la leche es el producto de mayor salida luego del arroz, carnes, jugos y cereales.

Mochila alegre

Sara González, es otra de las voluntarias que El Nuevo Día encontró en plena labor de recogida. La mujer, residente de Las Piedras, lleva seis años cooperando bajo el programa Mochila Alegre.

“Los niños que reciben la mochila preparada con los alimentos donados son de la Escuela Matías Rivera de Las Piedras. Bajo semanalmente a esto”, dijo.

Bernard aclaró que bajo el Programa Mochila Alegre se benefician 700 niños matriculados en el sistema escolar público de distintas partes de la isla, que durante el fin de semana o durante las vacaciones escolares, no tienen en sus hogares la seguridad alimentaria correspondiente a sus necesidades de nutrición.

Ahora,  el Banco de Alimentos también recibe los excedentes de programas de alimentos de ayudas gubernamentales.

Según Bernard, del 2016 para acá han recibido un total de 3.5 millones de libras de excedentes.

La ejecutiva subrayó que “no se pueden perder pues el lema de la entidad que dirige es precisamente “que nadie se quede sin comer”.

“Quizás no hay falta de alimento, sino una mala distribución. Hay que reflexionar. Ciertamente, aquí no estamos para señalar a nadie que lo carezca, sino para ayudarle”, concluyó.