

9 de mayo de 2021 - 11:40 PM

La escena recurrente es que, al inicio, los agresores en los casos de violencia de género llegan a las terapias obligados por el tribunal, como parte del proceso de desvío que les permite evitar la cárcel. No son todos, pero frecuentemente el pensamiento es que se trata de unas clases y que, una vez completadas, pueden seguir con su vida.
Suelen negar o minimizar su responsabilidad sobre los hechos que los llevaron allí o, incluso, intentan justificar las circunstancias en que ocurrieron.
Al completar el proceso, no siempre cambian su manera de ver la agresión por la que fueron acusados. Pero, en muchas instancias, las terapias para los agresores son exitosas. Simplemente, provocan una reflexión hasta cambiar la perspectiva de las cosas. Esa modificación se da, mayormente, cuando los victimarios, de algún modo, logran comprender las consecuencias de sus agresiones y descubren de dónde aprendieron esa conducta violenta.
En esa reflexión, reviven en sus mentes la violencia a la que fueron expuestos pues, al final de cuentas, la violencia de género es una conducta aprendida, explicó Carlos Sellas, director del Centro de Investigación, Prevención y Tratamiento de la Violencia de la Ponce Health Sciences University.
“Es algo que vemos mucho. Por ejemplo, recuerdan, cuando eran pequeños, lo que sufrían sus madres cuando ellas fueron maltratadas. Entonces, empiezan a comparar el presente con el pasado, a recordar el coraje o el sentimiento que sintieron al ver el maltrato cuando niños y hasta recuerdan que juraron que, cuando grandes, no serían agresores, pero terminaron haciendo lo mismo”, explicó Sellas.
El Programa de Reeducación y Orientación a Personas Agresoras, adscrito al Centro, es uno de los 26 lugares, en Puerto Rico, donde se ofrecen servicios a personas agresoras en casos de violencia de género. En un año normal, atienden entre 50 y 85 personas. Entre el 70% y el 80%, completa el proceso de terapia. Los que no, lo abandonan al violar una orden de protección, reiniciar una conducta violenta o incumplir con alguna de las disposiciones del programa de desvío en el que participan. El 90% de los que terminan no recae en nuevos ciclos de violencia, afirmó Sellas.
El proceso implica retar la concepción más básica de los agresores de lo que significa ser un “hombre”. Es decir, esas reglas no escritas que les dicen a los varones, muchas veces de manera indirecta, lo que las demás personas en la sociedad esperan de ellos y cómo deben comportarse para que sean aceptados.
“Ahí, está (la idea de) que el hombre tiene que ser fuerte, que no puede llorar, que no puede expresar emociones, que siempre tiene que ser racional, que tiene que ser el proveedor y que se debe imponer a la mujer. Con el ejemplo (de los demás), se les enseña que, para resolver problemas, es legítimo tener una actitud violenta”, expresó, por su parte, José Yamil Montañez Agosto, trabajador social del Colectivo Ideología y Vivencia de los Géneros.
Las perspectivas cambian mucho, según la edad. Por ejemplo, según Sellas, algunos adultos mayores hasta evocan la conducta agresiva como algo normal en el pasado, que fue ilegalizado con la Ley 54 de violencia doméstica, en 1989. En cierto modo, resaltan la conducta como normal, sin reconocer las nefastas consecuencias de la violencia en las víctimas y justifican sus acciones con las enseñanzas que tuvieron de niños.
Dentro de los agresores, se conjuntan muchos elementos que usualmente van desde consciente o inconscientemente concebir a las mujeres como posesiones u objetos que les pertenecen, hasta la represión de los sentimientos, problemas de crianza, trastornos de salud mental, las exigencias culturales de fortaleza, de superioridad masculina y de control familiar, entre muchos otros factores.
“Dicen: ‘Esa es mi novia; esa nena es mía, esa es mi mujer’. En vez de ser una pareja, se plantea una posesión. Como ven a las personas como objetos, el rechazo no lo ven como parte del proceso natural de la vida. Una mujer los deja y, entonces, entra el ego, el orgullo, esa idea de que tú no me dejas porque eres mía, mi posesión; de que, si permito esto, mi masculinidad se hiere. Las dinámicas de poder y control son cruciales en esto (las intervenciones con los agresores). Un punto es llevarlos a reconocer que no controlan a los demás”, dijo Sellas.
Además, puede haber deficiencias en la crianza. “Si antes (cuando niño) hacían una rabieta o si peleaban eran recompensados, eso lo repiten más adelante en la vida. También, el ejemplo con agresión entre los padres”, dijo, al recordar que las víctimas de maltrato, en ocasiones, descargan contra los más vulnerables en su entorno las penurias a las que fue objeto.
Esas cargas emocionales, las cuales no aprenden a canalizar por el código machista de que los hombres resisten, no lloran, no se dejan llevar por sus emociones, con el tiempo los llenan de presiones que descargan en estallidos de violencia que, en otras circunstancias, se podrían manejar de manera constructiva concibiendo una masculinidad emocionalmente saludable.
Montañez Agosto resaltó, por su parte, que parte de la estrategia es llevarlos a reflexionar sobre por qué responden con violencia, incluyendo las manifestaciones menos graves, que usualmente anteceden actos más intensos o destructivos.
“Hay manifestaciones de violencia que no son físicas, que se dan en el entorno privado con gritos, insultos, control del dinero, control sobre quiénes puede ver la pareja, o quienes visitan la casa. Es una decisión personal trascender”, dijo.
La incapacidad de muchos hombres de no poder canalizar sus emociones lleva a que la tasa de suicidios sea mucho más alta para los varones. Lo mismo sucede con el uso y abuso de sustancias controladas y emprendiendo patrones de conductas peligrosos o autodestructivos.
“Nos matamos entre nosotros. Es importante hacer es desarrollar esa sensibilidad. Una mejor conexión con los sentimientos puede llevar a la persona a tener una vida más plena, a tener una mejor conexión con los hijos, con tu pareja, una mejor salud mental, menos angustias, menos dependencia a narcóticos y menos violencia”, dijo Montañez Agosto.
Cada vez más organizaciones buscan atender y modificar los aspectos destructivos de la concepción de la masculinidad, fomentar la equidad entre los géneros, eliminar la violencia y promover roles constructivos en la crianza de los hijos. Aquí, podrá encontrar más información:
Caderamen
(787) 961-6687
Grupo Socioeducativos para hombres que sean padres, estén por serlo o asuman ese acompañamiento
Grupo de Reeducación y Readiestramiento para Hombres que Viven y Cuestionan la Violencia en la Relación de Parejas
Reuniones periódicas para hombres que buscan eliminar la violencia entre las parejas y fomentar actitudes emocionales constructivas. Reuniones en grupos los viernes, de 6:00 a 9:00 p.m.
(787) 562-5635; (787) 607-3063
Espacio Tipos
Plataforma virtual para la educación y promoción de eventos culturales entorno al género y las masculinidades.
Ponce Health Sciences University (Escuela de Medicina de Ponce)
La clínica de salud mental de la universidad provee programas especializados en la prevención y el tratamiento de la violencia
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