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El 46% de los residentes en  Las Carolinas tiene más de 50 años, lo que los ponía en una situación de vulnerabilidad especial en el caos que siguió al paso de María en el 2017.
El 46% de los residentes en Las Carolinas tiene más de 50 años, lo que los ponía en una situación de vulnerabilidad especial en el caos que siguió al paso de María en el 2017. (Juan Luis Martínez Pérez)

Cuando los vientos del huracán María se hubieron disipado, por fin, y en la atmósfera apenas quedaban los últimos estertores de aquella bestia que hace hoy dos años destrozó sin clemencia a Puerto Rico, doña Rosario González, una enfermera retirada de 66 años, se atrevió finalmente a salir de su casa, en la comunidad Las Carolinas de Caguas.

Lo que vio la sacudió profundamente. Incontables árboles y postes bloqueaban las carreteras. Basura y escombros estaban regados por toda la calle. Vecinos perplejos hacían acopio de lo perdido.

Los frondosos montes que rodean a esta comunidad de unos 2,220 habitantes habían quedado desnudos. Dos ríos que atraviesan la zona –Cagüitas y Bairoa– se habían salido de su cauce.

“Los montes estaban ‘pelaos’. Parecía una tala maligna. Yo empecé a llorar”, cuenta la mujer.

En resumen, Las Carolinas estaba igual que el resto de Puerto Rico aquella inolvidable tarde del 20 de septiembre de 2017: destrozado, atónito, incomunicado y abandonado por los gobiernos de la isla y Estados Unidos.

Las semanas siguientes, el panorama, de nuevo, era igual que el resto de Puerto Rico: los escombros seguían amontonados, la falta de electricidad comenzaba a causar problemas de salubridad y sectores de una comunidad en la que el 46% de los residentes tiene más de 50 años empezaban a sufrir de escasez de alimentos y medicinas, entre otros problemas.

Pero, contrario a casi todo el resto de la isla, los vecinos de Las Carolinas no se quedaron paralizados. Se organizaron, actuaron para cambiar su suerte, asumieron por necesidad roles que tradicionalmente son del Estado y hoy, al conmemorarse dos años del mayor desastre natural que ha vivido Puerto Rico en su historia, la comunidad no solo recuerda aquel trágico evento, sino también cómo les ayudó a redescubrirse como colectivo y alentó un ejemplar operativo de solidaridad y apoyo mutuo que hoy continúa vigente.

Su caso no es único en Puerto Rico, pues otras comunidades también se organizaron para satisfacer sus necesidades, ante la ausencia o la incapacidad del Estado en las semanas y meses posteriores a María.

Pero el caso de Las Carolinas es uno de los ejemplos más claros, al punto de que hasta es estudiado en universidades de Estados Unidos como un potente modelo de las posibilidades de la autogestión comunitaria.

“Las personas de la comunidad no estaban politizadas, no participaban en movimientos civiles ni se involucraban mucho con los partidos tradicionales. María las llevó a otro nivel de participación y están asumiendo el rol del Estado”, dijo Sarah Molinari, una estudiante doctoral de Antropología de la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY, por sus siglas en inglés), que ha estudiado por meses la experiencia en Las Carolinas.

La primera señal de que los residentes en esta comunidad iban a tener que tomar control de su propio destino se produjo dos semanas después de María. A la entrada del barrio, hay un transformador de energía que anteriormente suplía de electricidad a la comunidad. Hace tiempo, se había dañado, y no había sido arreglado.

En esos días, fue reparado, pero no para suplirle energía a Las Carolinas, sino a Hacienda San José, una urbanización de clase media alta que queda al otro lado de la carretera.

“Hicimos un piquete y paralizamos la subestación hasta que logramos llamar la atención”, dijo Miguel Ángel Rosario Lozada, un profesor universitario nacido y criado en la comunidad, que preside la Asociación de Residentes de Las Carolinas.

“Éramos los últimos a los que nos pretendían poner la luz. Estábamos como para el verano del 2018. Mediante la presión, logramos que la pusieran en marzo del 2018”, recordó Rosario Lozada.

Antes que llegara la luz, la situación era angustiosa en la comunidad. La gran cantidad de adultos mayores que vive aquí la estaba pasando muy mal. Tres personas murieron por la falta de electricidad. Algunos de los envejecientes estaban pasando hambre. El gobierno seguía sin aparecer. Solo estuvo por allí la Cruz Roja y lo que dio fueron dos botellas de agua y un paquete de galletas picantes a personas que hicieron largas filas.

La escuela María Montañez Gómez, el único plantel de Las Carolinas, había caído en la redada del cierre de cientos de escuelas en mayo de 2017.

Rescatan la escuela

Un día, doña Rosario, pasando por allí, se le ocurrió que la escuela podía servirle a una comunidad que la estaba pasando tan mal. Se metió por un boquete de la verja, la comunidad le siguió, se apropiaron del plantel y, mediante donativos de empresas privadas, universidades, organizaciones comunitarias y hasta de vecinos, pronto estaban preparando cientos de almuerzos y cenas tres días a la semana.

Además, se enviaban 90 platos a personas que no estaban en condiciones de llegar hasta la escuela. De repente, el plantel, en el que se fundó el Centro de Apoyo Mutuo y Solidaridad (CAM), con la asistencia de una organización similar que operaba antes en el casco urbano de Caguas, se convirtió en el eje de la comunidad.

Además de las cientos de personas que obtuvieron allí la única comida caliente a la que tenían acceso en los largos meses sin luz, la escuela era un centro de reuniones, de información y apoyo.

Se daban clínicas de salud y dentales y se organizaban operativos de atención y cuidado a las personas más vulnerables de la ciudad.

“Aprendimos a vivir como comunidad”, dijo doña Rosario.

En la actualidad, se sigue preparando una comida tres veces en semana, que es, para mucha gente, el único alimento caliente del día, según Molinari. Hasta mediados de esta semana, se habían repartido 33,176 platos de comida.

La comunidad aprovechó la experiencia en autogestión y solidaridad obtenida durante María para continuar con proyectos de apoyo mutuo.

En el CAM, además de las comidas, se siguen dando clínicas de salud y actualmente opera un bazar, un huerto y hasta un centro de adultos mayores, llamado Nuevo Amanecer, en el que los participantes de la comunidad son atendidos a diario de 8:00 de la mañana a 12:00 del mediodía.

La comunidad tiene muchísimos planes con la escuela, incluyendo ponerle un sistema de energía solar resistente a huracanes y dar tutorías a los niños de la comunidad. Pero, a pesar de muchísimas gestiones y de la intervención del Municipio de Caguas, no han logrado que el gobierno le traspase la titularidad del edificio.

Les preocupa que, en días recientes, se acercó a la estructura una mujer que no se quiso identificar, pero que dijo que venía “enviada de Fortaleza” porque en la escuela “va a operar un colegio”.

Durante todo el proceso de autogestión, la comunidad no ha recibido ningún apoyo del Estado. La Legislatura, que reparte tantos contratos, no ha dado a estas personas ni un centavo. El representante del barrio, Jesús Santa, ha pasado por el barrio, pero no ha traído nada, dijeron los vecinos.

De los dos senadores, uno, José Luis Dalmau, nunca ha ido por allí y el otro, Miguel Laureano, se limitó a llevar una clínica de salud. Sí han recibido alguna asistencia del gobierno municipal.

La comunidad no se queja, pues durante los pasados dos años han comprendido que, si se apoyan mutuamente, tienen cómo resolver sus necesidades más apremiantes sin el gobierno.

“Fue un proceso de aprendizaje. Al principio, la comunidad estaba reacia, pero en el camino, aprendió la importancia de la participación”, dijo Rosario Lozada.

“Lo que se está trabajando aquí es lo que se conoce como economía solidaria, que se le da espacio a la integridad de las personas”, agregó.