Aunque internacionalmente hay países, empresas y organizaciones que hoy miran al mar como una de las potenciales alternativas a la creciente crisis en la disponibilidad de agua para el consumo humano, expertos consultados por El Nuevo Día recalcaron que, para Puerto Rico, la desalinización no debe ser más que una opción a considerar en situaciones extremas o contextos particulares, a la luz de lo que todavía son costos excesivamente altos para una tecnología que ha venido en ascenso por las pasadas décadas.
Las voces consultadas por este diario puntualizaron, sobre todo, que, contrario a islas vecinas de la cuenca caribeña o naciones de Oriente Medio, Puerto Rico cuenta con abundancia de fuentes superficiales y subterráneas de agua dulce que, bien administradas, permiten al país atender sus necesidades sin tener que incurrir en las inversiones multimillonarias que requiere el desarrollo de plantas desalinizadoras de gran escala.
“Puerto Rico recibe bastante lluvia y tiene bastante almacenamiento para operar normalmente, y aún muchas de las reservas tienen tiempo de almacenamiento de hasta cuatro a seis meses, sin que caiga una gota (de lluvia). El problema de la desalinización es lo caro que va a ser el agua. Con la desalinización, tienes que automáticamente aumentar el costo del metro cúbico. Ahora mismo, lo caro en el agua potable son los embalses, y ya tenemos embalses tan grandes como Caonillas (Utuado), Dos Bocas (Arecibo) y La Plata (Comerío), y los dos más grandes están en el sur, que son Cerrillos (Ponce) y Toa Vaca (Villalba). Yo lo que creo es que tenemos que administrar mejor el sistema de agua”, planteó el ingeniero José Ortiz, ex presidente ejecutivo de la Autoridad de Acueductos y Alcantarillados (AAA).
El ingeniero Carl Soderberg, miembro del Comité de Expertos y Asesores de Cambio Climático, señaló que una planta desalinizadora construida en San Diego, California, a mediados de la década pasada, y otra actualmente en construcción en Tijuana, México –ambas con capacidad de producir 50 millones de galones diarios (MGD)–, tienen costos estimados de construcción de $1,000 millones y $900 millones, respectivamente. En otras palabras, el costo de construcción –sin considerar la inversión posterior para mantenimiento– representa aproximadamente $20 por cada galón de agua producido diariamente.
En Puerto Rico, datos de la Junta de Supervisión Fiscal (JSF) apuntan a que, en el año fiscal 2024, los ingresos por facturación de la AAA totalizaron casi $1,123 millones, en un periodo en que la corporación pública produjo 513.2 MGD, lo que se traduce en un promedio de $2.19 por galón diario.
“La desalinización es cinco veces más cara (que la producción convencional) en estos momentos. Nosotros pagamos lo que pagamos, que por la junta de control fiscal se aumenta anualmente un 2%, pero imagínate multiplicar eso por cinco, que ahí entra pagar el préstamo para hacerlo, la construcción y la operación (de la planta)”, enumeró Soderberg, también exjefe de la División del Caribe de la Agencia federal de Protección Ambiental (EPA, en inglés).
“Una planta desalinizadora no es un proyecto barato, sino un proyecto que el gobierno de Puerto Rico tendría que identificar los fondos. Dos, tratar agua de mar es mucho más costoso que tratar agua dulce. Ahora mismo tenemos una estructura tarifaria de la cual se han hecho muchos comentarios por los aumentos anuales impuestos por la junta de control fiscal. Hablar de desalinización es hablar de un costo mayor en términos de producción de agua”, expresó, en una rueda de prensa reciente, el presidente ejecutivo de la AAA, Luis González Delgado.
Experiencia en Culebra
La desalinización no es un proceso ajeno a Puerto Rico, toda vez que la AAA tuvo en servicio una planta en la isla municipio de Culebra desde la década de 1970 hasta 2010. Actualmente, sin embargo, los culebrenses reciben el servicio a través de una tubería submarina desde Naguabo, así como mediante el uso de tanques de almacenamiento.
“La planta prácticamente trabajaba 24/7. Pero no es la calidad de agua que tenemos ahora, que debemos tener sistemas más avanzados y mejores”, dijo el alcalde culebrense, Edilberto Romero.
Romero, sin embargo, favoreció que la planta desalinizadora –ubicada en el área de San Ildefonso– se habilite como una alternativa en caso de desperfectos en la tubería submarina, un escenario que, dijo, se materializó en 2021, su primer año como alcalde.
“Se tuvo que trabajar a través de cisternas. Traían los camiones de agua (desde la isla grande) y se repartía a la gente”, recordó sobre el episodio que se extendió entre una y dos semanas. “Uno tiene que ser proactivo y uno nunca sabe lo que pase en el futuro, una situación que esté fuera de las manos de uno como administrador o de la AAA. Las averías que ocasionan los fenómenos atmosféricos o terremotos, pero todo lo que uno pueda hacer más allá, es positivo”.
El Plan de Mitigación, Adaptación y Resiliencia al Cambio Climático, elaborado por el Comité de Expertos y Asesores, pero que permanece pendiente de acción legislativa, recomienda examinar alternativas de desalinización en Vieques y Culebra ante eventos de contingencia que dificulten la distribución de agua desde la isla grande, algo que podría hacerse mediante equipos portátiles, sostuvo Soderberg.
“Llevar temporeramente una planta, como hacen los militares, (es una opción) porque tú tienes que llevar agua a la gente. Generalmente, en esas condiciones (de emergencia), FEMA (Agencia Federal para el Manejo de Emergencias) cubre el costo. Ahora, hacerlo permanentemente, que la gente lo pague, ya es otra cosa. Tiene que ser algo más pequeño, y por eso uno habla de Culebra y Vieques”, dijo el experto en el manejo del recurso agua.
Consumo energético desmedido
En la etapa operacional, el principal costo del proceso de desalinización está vinculado al consumo energético, bien sea a través del mecanismo convencional termal –a base de calor– o la tecnología favorecida por los proyectos modernos, la osmosis inversa, que utiliza membranas o mallas que filtran el agua, a partir de diferencias de presión aplicadas al agua de mar.
“Varía por la tecnología y capacidad de la planta y una serie de cosas, pero en todos los casos, hasta ahora, la tecnología no ha llegado a tal punto de que sea un consumo energético similar al consumo energético de un sistema tradicional de plantas de filtración. En el proceso de desalinización, removemos la sal al agua de mar, y esos procesos ocurren bajo ciertas condiciones de presión, que tenemos que presurizar esos sistemas”, explicó el ingeniero ambiental Alejandro Pinto Flores.
Según las Naciones Unidas, algunos países pequeños que carecen de fuentes superficiales de agua –incluidas las Bahamas, en el Caribe– ya suplen sus necesidades de agua potable mediante la desalinización a través de la osmosis inversa, cuyo consumo de energía puede ser hasta 10 veces menor que el de la desalinización termal. Otros países en zonas áridas, como algunas de las potencias petroleras de Oriente Medio, también han echado mano de los avances tecnológicos y su poderío económico para construir grandes plantas desalinizadoras, incluyendo algunas que han sido objeto de ataques en conflictos como el que protagonizan al presente Estados Unidos, Israel e Irán.
“Desde un punto de vista de resiliencia, la desalinización trae una redundancia importante en una isla como Puerto Rico, y yo no lo descartaría en situaciones extremas. Sin embargo, no debemos dejar de enfocarnos en el mensaje de que debemos contar con un sistema que trabaje de manera responsable con respecto a su infraestructura de agua”, acentuó la directora ejecutiva del Estuario de la Bahía de San Juan, Brenda Torres Barreto.
En ese sentido, Soderberg subrayó que, además de mejorar la infraestructura existente, deben incentivarse medidas de almacenamiento de alcance individual o comunitario, como la construcción de aljibes en las casas y adquisición de equipos eficientes, así como prácticas a mayor escala, como el uso de aguas tratadas para procesos industriales que no impliquen consumo humano.
Aunque Ortiz, el ex presidente ejecutivo de la AAA, no cree que las pérdidas físicas del agua en Puerto Rico se acerquen a los 300 MGD –como postulan los datos incluidos en el plan fiscal certificado por la JSF– y, en cambio, considera que el grueso del líquido no contabilizado responde a tomas no autorizadas y hurto, Soderberg señaló que ese factor también representaría un obstáculo a cualquier proyecto de desalinización a gran escala.
“Es una realidad que no puedes tener desalinización si tienes esas pérdidas de agua, porque comoquiera es más caro. Cuando fui jefe de la EPA en el Caribe, donde hay muchas plantas desalinizadoras, y una isla decidía que iba a desalinizar el agua, como en Bahamas, le dijeron ‘no, tienes que arreglar las líneas’, porque (de lo contrario), desalinizar no hace sentido económicamente”, enfatizó Soderberg.
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El reportero Richard I. Colón Badillo colaboró en esta historia.


