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Independientemente de lo que pase en el referéndum constitucional de hoy, alguien sentirá esta noche que se le enturbia el aliento con la amarga fragancia de la derrota: Alejandro García Padilla, candidato a la gobernación del Partido Popular Democrático.

Durante las pasadas semanas, el país ha estado sumido en el debate más franco y profundo que ha habido aquí en décadas sobre el crimen, la principal angustia de todos los que compartimos este espacio y este tiempo. Instigados por la propuesta del gobernador, Luis Fortuño, de enmendar la Constitución para limitar el derecho absoluto a la fianza y reducir el tamaño de la Legislatura, nos hemos mirado directo a la cara y hemos hablado sin cesar, tal vez como nunca antes, de lo que nos llevó a esta coyuntura tan desgraciada. 

Sin importar lo que pase en la consulta, mucha más gente sabe hoy por qué estamos como estamos y no como quisiéramos estar, gracias a la legión de voces que, sin más guía que su conciencia y sabiendo de antemano que es casi seguro que pierdan, le dijeron al país que el crimen es un problema demasiado complejo como para querer resolverlo con la simpleza de trastear la Constitución y quitar derechos. 

Nos hablaron de las verdaderas causas del crimen, de la marginación, del discrimen,  de los prejuicios. De nuevo, es casi un hecho que más gente votará a favor de enmendar la Constitución, pero eso no impidió que prácticamente todo el país, menos el PNP y García Padilla, se tiraran a la calle a defender lo que creen que es correcto. 

Enfrentaron sin miedo la campaña más demagógica, superficial y falaz que se haya visto aquí en mucho tiempo. No cedieron al chantaje de los que quisieron pintar a los que defienden la Constitución y la presunción de inocencia -ese derecho sagrado que nos protege a todos- como defensores de asesinos, ladrones y violadores. 

Independientemente de cómo la gente vote, lograron probar que el derecho a la fianza no guarda ninguna relación con la incidencia criminal y que el que vote de buena fe por el “Sí” lo hará para probar a ver qué pasa y porque le tiene un muy justificado miedo a la delincuencia y no porque de verdad crea que eso resolverá algo. 

García Padilla decidió, por su propia voluntad, marginarse de este debate trascendental, echarse a un lado, refugiarse en la irrelevancia, justo en el momento - y esto es lo más insólito e increíble - en el que probablemente sea la etapa más crucial de su vida, cuando trata de convencer al país de que tiene el peso, la estatura y el volumen para hacerse cargo de nuestros graves problemas. 

Todos saben, porque él mismo lo ha dicho, que García Padilla no cree que limitar el derecho a la fianza vaya a ayudar en nada a calmar la bestia del crimen. Ha dicho, entre otras cosas, que apoya la enmienda porque no quiere politizar el tema del crimen, haciéndose el que no ve que de ahí precisamente parte esta insensatez, pues lo que quiere Fortuño es parecer que está haciendo algo contra la violencia y, de paso, agenciarse un triunfo fácil antes de noviembre. 

Desperdició García Padilla una preciosa e irrepetible oportunidad de demostrar, antes de noviembre, de qué está hecho. Se escondió del país cuando tenía la ocasión de aglutinar a todas las fuerzas dispersas que están defendiendo la presunción de inocencia. Pudo haber combatido la demagogia y el miedo, convertirse en un verdadero líder de la oposición, alzarse sobre las pequeñeces políticas y las mezquindades de ocasión y dejar ver esa madera de hombre de estado que hasta este momento no se le ha visto ni con lupa.

De seguro habría perdido la consulta. Pero habría ganado todo lo que hasta ahora no ha podido demostrar. Se quedó, en cambio, paralizado, como quien ve a alguien ahogarse y no hace nada porque no sabe nadar. Otros hicieron lo que a él le tocaba. Incluso, todo el liderato importante del PPD venció las reservas que a cualquiera le provoca contradecir a su líder y anduvo durante las pasadas semanas combatiendo con ahínco los prejuicios, las medias mentiras y las mentiras completas.

Esta noche, si gana el “Sí”, García Padilla emitirá un comunicado de prensa, quién sabe si teniendo el atrevimiento de querer coger parte del crédito del resultado. La verdad, la pura verdad, es que no tuvo nada que ver con ninguno de los desenlaces posibles. La verdad, la pura verdad, y esto lo saben hasta quienes lo apoyan, es que el país libró una batalla fundamental durante las pasadas semanas y no contó con él.

Eso es una derrota, su primera derrota, como sea que se le mire y como sea que se le quiera pintar.


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