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Ramona Hernández: “Aquí hay dominicanos para rato” (semisquare-x3)
Hernández dice que es “inconcebible” que los latinos no tengan como tema de discusión la crisis fiscal y económica de Puerto Rico. (Suministrada)

Nueva York - Su historia acompaña los desafíos del emigrante dominicano.

Una crónica personal y profesional que se enlaza con la emigración boricua y que por décadas ha buscado poner en contexto.

Ramona Hernández es la directora del Instituto de Estudios Dominicanos del sistema universitario de la ciudad de Nueva York.

Hernández llegó a Nueva York a los 19 años, recién acabó la escuela superior, para reunirse con sus padres. “No hablaba ni ‘j’ de inglés”, recordó, en una reciente entrevista. Sus padres llegaron en algún momento de 1966 o 1967.

Como otros inmigrantes dominicanos, sus padres usaron como puente a Puerto Rico, donde trabajaron un tiempo antes de irse a Nueva York. Cuando pasaron por el lado del agente del Servicio de Inmigración de EE.UU., que en aquellos tiempos escogía al azar a quién preguntarle si era ciudadano estadounidense, disimularon su acento, para forzar el modo de hablar de los boricuas.

Como estudiante, ella participó del proceso hacia la creación del Instituto de Estudios Dominicanos, que tiene oficinas en el City College de Nueva York, parte del sistema universitario público más grande de Estados Unidos.

Con un doctorado en Sociología, Hernández es autora de varios libros, incluido "The Mobility of Workers Under Advanced Capitalism: Dominican Migration to the United States", publicado en 2003 y que ha sido premiado.


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Lleva 12 años al frente del único centro de investigación sobre la realidad dominicana fuera de la República Dominicana.

¿Por qué emigran sus padres?

—La misma razón que lleva a los dominicanos a Puerto Rico es la misma razón que los lleva a Estados Unidos, la situación económica. Mi papá nunca pisó una escuela. Mis padres emigraron a Estados Unidos pasando por Puerto Rico en los ’60. Mi mamá limpiaba casas, mi papá trabajó en la construcción. En un momento decidieron venir a EE.UU., cuando ambos eran indocumentados en Puerto Rico. En los ’60 todavía era posible. Vivieron como puertorriqueños escondidos aquí casi siete años. Parieron a mi hermanito en El Bronx siete años después de llegar y a través de mi hermano consiguieron sus papeles y nos pidieron a nosotros.

Se desarrolla en El Bronx. ¿En un vecindario boricua?

—Estuvimos en la 171, un área de muchos puertorriqueños y muchos negros. Fui llevada de la mano por puertorriqueños. Hice mi licenciatura en CUNY. Pero, debido a un profesor puertorriqueño que estaba haciendo su doctorado en New York University (NYU), terminé en NYU con una maestría en historia y pasé a hacer el doctorado.

No terminó allí el doctorado.

—Tomé un curso sobre la era progresista en Estados Unidos, uno de los cursos básicos en el doctorado de historia. Estoy con un colega boricua y nos dan el currículo del semestre y en ningún momento se dice nadade las ocupaciones militares de Estados Unidos en América Latina, incluyendo la República Dominicana, a pesar de que cubría los años de los 1890 a los 1930. El puertorriqueño y yo nos miramos. A la próxima clase él no regresó. Yo, de zángana, me quedé en la clase y terminé con una B o B- porque enfrenté al maestro y le dije: ‘No puede usted estar hablando de EE.UU. en esos años sin mencionar que estaba en la mitad de los países de América Latina’. En el transcurso, alguien me dijo: ‘Ve a hablar con Frank Bonilla’. Frank me dijo: ‘Deja eso y vente con nosotros, que te voy a apoyar”. Con una maestría en historia y todos los cursos terminados para el doctorado de historia, tomé la decisión de regresar a CUNY. Tomé un curso de oyente y me ayudó a entrar al programa de doctorado en Sociología. Terminé con dos maestrías y el doctorado en Sociología.

Mencionó durante la cumbre latina de Nueva York cuán importante fue Frank Bonilla para abrirle paso al Instituto de Estudios Dominicanos.

—Todavía no ha surgido en CUNY un líder latino de la estatura de Frank. Tiene una silla pegada a su nombre. Ese abolengo lo utilizó para ayudarnos a nosotros. Para mí es importante enfatizar que mucho se habla de que los puertorriqueños han abierto puertas, pero en ocasiones no se ve eso concretamente. En el caso particular del Instituto de Estudios Dominicanos, cuando se da la primera reunión para la creación del Instituto con la rectora del sistema de la ciudad de Nueva York, yo era estudiante y Frank Bonilla era mi mentor de tesis. La señora canciller lo llamó a la reunión para que opinara de la propuesta. Si ese tipo de gente dice ‘no, no lo hagas’, ahí muere todo. En la mesa, Frank les dijo: ‘Los dominicanos necesitan ser su propia voz, necesitan dónde expresar sus ideas tal y como lo hemos hecho nosotros’. Eso selló el nacimiento del Instituto. Eso es abrir puertas. Crear una institución que sirve de modelo a otra, porque somos la misma cosa. Frank fue muy importante también en calmar a la comunidad académica puertorriqueña, que se había fajado por encontrar espacio y les vienen a decir que iban a tener que compartirlo con los dominicanos.

¿Cuáles son los retos de la comunidad dominicana en Nueva York, donde ahora son mayoría entre los hispanos?

—Los mismos de ayer. Los dominicanos y los puertorriqueños se pelean el nivel más bajo de la sociedad. Desempleo. Cuando ellos (los puertorriqueños) tienen un 34% por debajo del nivel de pobreza, nosotros tenemos un 35%. Cuando ellos tienen un 35%, nosotros tenemos un 34%. Estamos siempre peleándonos por el nivel más bajo de la sociedad. Al mismo tiempo, los dominicanos y los puertorriqueños, históricamente, han trabajado muy de cerca. No es por nada que todavía Eugenio María de Hostos está en la República Dominicana y que Ramón Emeterio Betances era el médico de Luperón. Uno de los trabajos que estamos auspiciando en el Instituto es precisamente un libro sobre la emigración puertorriqueña a la República Dominicana a principios del siglo.

Los puertorriqueños llegan aquí con ciudadanía estadounidense. Pero, los índices socioeconómicos son muy similares a los de los dominicanos. ¿Cómo se explica?

—No hay nada malo con los puertorriqueños. Lo que está mal con el pueblo puertorriqueño es que está enfrascado en una lucha por más de 100 años con el país más poderoso del mundo. Y la lucha que ha vivido en carne propia es la de querer ser. Eso no tiene nombre. Los dominicanos han sido invadidos par de veces. La invasión de 1965 fue con bombardeos.

Hemos vivido el imperio así (se da en la mano), pero los puertorriqueños lo han vivido diariamente. Han tenido que pelear por ser, cada minuto del cada día.

¿Llegamos en general muy pobres?

—Los puertorriqueños que están bien en Puerto Rico por lo general no salen. Pero, hay otro ingrediente que no se debe dejar de mirar y la academia lo ha dicho en multiplicidad de veces. Y creo que a nosotros nos pasa lo mismo. Hay una cierta mirada hacia el puertorriqueño. El puertorriqueño que llega médico, abogado, ingeniero, lo que sea, tiene que súper probarse, dos veces, tres veces, cuatro veces. Estamos diciendo que a los dominicanos les pasa lo mismo. En el caso de los ciudadanos de segunda categoría, no importa cuántos grados universitarios alcancen, siempre estarán segundos. En el trabajo que estamos haciendo en el Instituto nos van a dar con todo cuando digamos que es más malo ser dominicano que negro. Ponemos todas las variables, dominicano-negro, dominicano-blanco, dominicano-dominicano, y no hay muchas diferencias en términos socioeconómicos. Estamos hablando de niveles salariales, tipo de trabajo y niveles educativos.

¿De los 720,000 dominicanos en la ciudad de Nueva York, cuántos son indocumentados? Y le traigo el tema porque no son muy visibles en el debate sobre la reforma de inmigración.

—La comunidad dominicana en Estados Unidos –no en Puerto Rico, ni en España– es la más documentada de todas. No es que queramos ser documentados, es que nos cogen. Cuando éramos una gran cantidad de indocumentados, en las décadas de 1960 y 1970, había una ruta, que era la ruta puertorriqueña. Éramos entonces ‘puertorriqueños’. Pero, ya no pasas del aeropuerto de Puerto Rico solo diciendo ‘soy puertorriqueño’, (fuerza el acento).

¿Y cuántos son los dominicanos en Puerto Rico, incluidos los indocumentados?

—Yo no sé.

¿Por qué no se sabe? En Estados Unidos se hacen cálculos sobre el total de indocumentados.

—Porque no hemos hecho el trabajo. Hay que hacerlo. No es difícil de contar. Pero también hay otra cosa, cuántos académicos quieren salir y decir ‘en Puerto Rico hay tal porcentaje de indocumentados’. ‘Bueno, pruébalo’, dirán, y entonces está el problema de decir cuáles son las vías que son difíciles de vigilar. No voy a hacerles ese favor.

En Puerto Rico pudieran ser líderes del reclamo para una reforma de inmigración.

—Un sociólogo puertorriqueño me retó. Me dijo: ‘La razón por la cual los dominicanos en Puerto Rico no son como los dominicanos en EE.UU., ni siquiera como en España, es porque en Puerto Rico se asimilan’. Sostiene que se convierten en puertorriqueños.

¿Que significaría que los mexicanos también se conviertan en mayoría en la comunidad hispana de Nueva York como algunos proyectan?

—La tasa más alta de natalidad son las dominicanas y ni siquiera somos las inmigrantes, son las de la segunda generación. Aquí hay dominicanos para rato. Eso no quiere decir que Nueva York no esté perdiendo dominicanos. ¿Y sabes a dónde se están yendo? A Florida. Si quieres encontrar a un dominicano ve a la comunidad boricua.

En la cumbre latina de Nueva York dijo que no había visto suficiente solidaridad con Puerto Rico en medio de su grave crisis fiscal.

—Es inconcebible que no se hayan tirado a la calle (en esos otros sistemas) a protestar. Es inconcebible que en la América Latina no estén halándose de los moños y diciendo: ‘Lo que pasa allí, nos puede pasar a nosotros mañana’. Es inconcebible que los latinos que estamos trabajando para crear una agenda no tengamos eso como un tema central. Le puede pasar a República Dominicana mañana.


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