Fajardo - “¿Dónde está la bailarina Yexeira Torres Pacheco?”.
Han pasado 14 años desde que se reportó su desaparición, en octubre de 2011, pero esa pregunta sigue sin respuesta. Su familia lleva una herida que no cicatriza: un dolor sin cuerpo y sin tumba.
La falta de Yexeira se siente en cada palabra de su madre, Iris Pacheco Calderón, quien atesora sus recuerdos y se aferra a la esperanza de conocer algún día su paradero para darle cristiana sepultura.
“Quiero agradecerles que vengan a mi casa por mi hija Yexeira, porque eso significa que todavía vive en los corazones de muchas personas que han seguido su caso”, expresó, en entrevista con El Nuevo Día.
En su casa, dos grandes cuadros colgados en la pared principal de la sala capturan la atención de todo el que entra. Son sus hijas. Una de ellas es Yexeira, cuyos ojos resplandecen, como luceros difíciles de olvidar.
Cerca de los cuadros, destaca un trofeo enorme. Hay cintas, medallas y reconocimientos que hablan de disciplina, esfuerzo y pasión. Cada objeto es testimonio de una joven que soñó y trabajó por sus metas.
“Era muy inteligente, muy intelectual, muy perseverante. Tenía la música por dentro, le gustaba cantar y le gustaba también bailar mucho. Ella era todo un amor. Era un amor”, mencionó Pacheco Calderón.
El vacío que dejó Yexeira
La voz de su madre es serena. Cuenta que todos los días le canta el Padre Nuestro frente a un altar lleno de fotos. Es su ritual. Cantar la oración es sostener un hilo que la mantiene unida a su hija, incluso, en la ausencia.
Yexeira era bailarina y coreógrafa del reguetonero juvenil Miguelito. Recién había cumplido 23 años. En aquel momento, estaba muy ilusionada: sería tía y madrina de un niño. Su hermana estaba embarazada.
“Tengo un nieto que marca el gran desenlace de esta agonía que yo tengo. El 6 de octubre, nosotros le celebramos su cumpleaños en familia (a Yexeira), y entonces ella desapareció. El 6 de diciembre, nace mi nieto. Esto marcó su ausencia. Yexeira iba a ser la madrina”, precisó, con evidente nostalgia.
Desde la última vez que se le vio con vida a “Kanela”, como algunos le decían de cariño, han pasado 14 años. Sus restos no han sido hallados, pero su expareja, el expolicía Roberto Quiñones Rivera, resultó convicto.
“Yo tengo la esperanza de que él diga, en un momento dado, dónde está Yexeira”, dijo. “Yo espero que Roberto me entregue a Yexeira, aunque sea una uñita, para darle cristiana sepultura”, agregó.
Soñaba en grande
Antes que la tragedia marcara su vida, Yexeira era una joven alegre, con un talento singular y una sonrisa que iluminaba a todos a su alrededor. Destacaba por su carisma, generosidad y su deseo de superación.
“Desde pequeña, fue una niña muy investigativa. Ella todo lo quería investigar. Me sorprendí cuando de kindergarten la brincaron a segundo grado porque dominaba las destrezas del grado”, añadió.
En la escuela elemental, intermedia y superior, Yexeira se graduó con honores. Recibió, incluso, una medalla de distinción por sus calificaciones. Con gran disciplina, logró equilibrar sus estudios y su amor por el baile.
“Llegaba de la escuela, se metía en su cuarto y se encerraba a estudiar. Hacía ejercicios. Yo le regalé un cassette. Escuchaba música. Cogió clases de ballet en Caguas. Bailaba mucho”, destacó Pacheco Calderón.
Entre las muchas anécdotas de su hija, hay una que retrata su perseverancia: audicionó para un cuerpo de baile, pero no fue seleccionada. Entonces, le prometió a su madre que al año siguiente lo lograría. Y así fue.
“La cogieron porque ella bailó (espectacular). Me quedé sorprendida. La miraba y me la gozaba porque las madres tenemos que gozar las cosas buenas que hacen los hijos”, dijo Pacheco Calderón, con orgullo y admiración.
Yexeira brillaba en el baile y los estudios. Alcanzó una puntuación casi perfecta en la prueba del College Board y logró completar un bachillerato en Justicia Criminal en la Universidad del Este, en Carolina.
Quería ser abogada y jueza
Pero aspiraba a más. Quería ser abogada y jueza. Anhelaba ingresar a la Facultad de Derecho de la Universidad Interamericana. Estuvo a punto de tomar el examen de admisión, pero ese sueño quedó truncado.
Más allá de sus metas profesionales, la joven fajardeña también era un pilar para su familia. Era uno de sus mayores tesoros. Yexeira, además, amaba los animales; tenía una serpiente llamada “Sofía”.
También era emprendedora, le gustaban los certámenes de belleza y la moda. Tenía una tienda de ropa llamada Candela Urban Wear, que abrió con el dinero que recibió de una demanda por un accidente de tránsito.
Allí, conoció artistas y ayudó a muchas personas, incluido un graduando que llegó con su abuela a comprar una camisa y salió con todo el “outfit”. “Le dijo: ‘Este es mi regalo para que sigas estudiando’”, contó su madre.
Pero esas no eran las únicas acciones que la hacían especial, ya que ayudaba a arreglar a las pacientes de cáncer. “Su madrina y unos tíos murieron de cáncer. Para ella, era importante estar ahí presente”, dijo.
Las primeras sombras
Hasta ese momento, la vida de Yexeira parecía transcurrir entre alegría, logros y metas alcanzables. Nada hacía presagiar que su historia tomaría un giro decisivo, que marcaría un antes y un después.
La joven comenzó a salir con un expolicía que conoció por internet, según su madre. Tiempo después, él se mudó al apartamento que ella compartía con su hermana. Se suponía que solo era una semana, contó.
“Cuando nos faltaba nada más que un objeto de meterle a la guagua (para sacarlo transcurrida la semana), él le da con hacerse que le dio como un ataque al corazón y cae a la acera y empieza a temblar. Nosotros dijimos: ‘Vamos a llamar la ambulancia’. Y, entonces, (Quiñones Rivera) dijo: ‘No, no, no’. Y entonces, sube las escaleras. ¿Qué pasó? Se quedó“, recordó.
Explicó que no aprobaba la relación, porque Quiñones Rivera tenía algo que no le convencía. Reveló que era celoso, que le revisaba el celular y se le aparecía en los ensayos de baile, aunque a Yexeira no le gustaba.
“Ella lo amaba, pero dejó de amarlo porque se cansó de que él estuviera persiguiéndola, de que él la tuviera al lado de él, mientras él hacía cosas en el taller hasta la 1:00 a.m. o 2:00 a.m., cuando ella tenía que ir a estudiar... Él tenía unos celos enfermizos”, indicó.
La última llamada
La última vez que Yexeira habló por teléfono con su madre fue el 24 de octubre de 2011. Después de eso, nadie más supo de ella. Pacheco Calderón la llamó muchas veces, pero esas comunicaciones no fueron contestadas.
Así, el 30 de octubre de 2011, su madre acudió a un cuartel de la Policía para presentar la denuncia.
“Cuando llego a ese cuartel, que digo que mi hija desapareció y digo la edad de mi hija, me dicen a mí que se fue con el novio. Me faltaron el respeto, porque mi hija yo la conozco y no se fue con ningún novio. Mi hija estaba desaparecida, porque la comunicación era constante, y mi niña no podía desaparecerse así”, dijo.
“Así que no se fue con ningún novio. Había dos policías de turno y les faltaban 45 minutos para salir. La retén le dice: ‘Mire, este caso es de una desaparición’. Y un policía, y el otro, con una sonrisa de acá a acá dice: ‘Ah, pero me faltan 45 minutos para salir a comer y tengo hambre’. No atendió el caso”, comentó.
A su entender, esos 45 minutos pudieron hacer la diferencia. Sin embargo, en lugar de una respuesta inmediata, tuvo que esperar más tiempo. La querella finalmente fue atendida por el agente José González.
“Fue al aeropuerto (internacional Luis Muñoz Marín). Él pasó por los estacionamientos. Él fue el ángel que mandó Dios como agente de la Policía. Él sí honró el uniforme que tenía puesto. ¿Ves? Porque buscó darme tranquilidad a mí, que estaba desesperada. Pero yo no esperaba encontrarme con esto“, recordó.
Pacheco Calderón también señaló las circunstancias en que tuvo que prestar su declaración jurada, con la puerta de la oficina abierta, interrumpida constantemente, incluso, por llamadas telefónicas, y sin el cuidado requerido.
El Cuerpo de Investigaciones Criminales de Carolina investigó la desaparición y realizó distintas búsquedas. Además, su padre, el legislador municipal de Fajardo, Víctor Torres, hizo búsquedas independientes.
“(En la Policía), no me mantuvieron al tanto (de cómo iba la pesquisa). Después, un día, encuentro que están buscando a mi hija en Las Margaritas, como en un lago, en la laguna San José, y le digo al compañero mío: ‘Vamos para allá, rápido’. Tampoco me avisaron. Cuando llegué, mi presencia como que (incomodó)”, subrayó.
Sobrevivir al dolor
No fue hasta el 15 de febrero de 2013 que Quiñones Rivera fue acusado por los delitos de asesinato en primer grado y destrucción de evidencia.
El golpe más duro para Pacheco Calderón llegó en pleno proceso judicial, en el Tribunal de Carolina: sufrió un derrame cerebral hemorrágico.
“No aguanté la pérdida de mi hija. Eso es una cosa demasiado de grande. Es un dolor que no se va, es un dolor que tú vas a tener ahí clavado en tu corazón, en tu ser. Me dio un derrame cerebral hemorrágico. Estuve tres meses en una cama. Por poco, me muero”, narró.
“Mi cerebro había explotado casi completo. Lo que tenía era un chispito que no había sangrado. Me empezaron a atender porque tenía movimientos involuntarios... Esto fue muy doloroso para mí”, mencionó Pacheco Calderón.
Pero encontró fuerzas donde parecía no tenerlas para declarar en el tribunal. “Estoy parada aquí porque Jesucristo así lo quiso, y lo honro pintándome los labios de rojo, como la sangre de Jesucristo”, mencionó.
Con evidencia circunstancial, testifical y científica, analizada por el Instituto de Ciencias Forenses (ICF), las fiscales Alma Méndez y Sonia Polanco lograron probar el caso. El fallo de culpabilidad fue emitido por el entonces juez superior Francisco Borelli Irizarry el 12 de agosto de 2014.
“No se hizo un juicio con cuerpo, pero sí se hizo un juicio con la sangre de mi hija, porque fue un juicio científico, pericial, con muchos testigos. Fue un juicio bien analizado. Ahí no hubo errores ninguno. El que diga que ahí hubo un error es porque no estuvo allí”, dijo.
El Tribunal de Apelaciones confirmó la sentencia el 8 de noviembre de 2017.
Exige cambios en el sistema
Con todo esto, reconoció que llegó a cuestionarse si los criminales en este país tenían más derechos que las víctimas. Enfatizó, por eso, que el sistema de justicia tiene que cambiar y hay leyes que deben enmendarse.
Pacheco Calderón habló específicamente de la posibilidad de que un convicto de asesinato en primer grado —un delito cuya pena en Puerto Rico es de 99 años— pueda ser considerado para libertad bajo palabra.
“¿Cómo vas a dejar que, en 20 años, el asesino de mi hija salga a la libre comunidad cuando es el único que sabe dónde está mi hija? No, la justicia, si verdaderamente existe, señora gobernadora (Jenniffer González), esa Ley (85) tiene que cambiar. Ningún asesino puede salir a la calle a seguir matando", suplicó Pacheco Calderón.
“Mira, hagan un corredor de la justicia. En Estados Unidos, está el corredor de la muerte. En Puerto Rico, no se cree en la pena de muerte. Está bien. Hagan un corredor de la justicia. Métanlos ahí, que no salgan para nada. Que no vean la luz del sol”, propuso.
“Él (Quiñones Rivera) confesó que mató a mi hija Yexeira y se lo confesó a dos confinados”, dijo, al recordar detalles que trascendieron en el proceso judicial.
“Es un asesino que se las sabe todas, y dijo ‘no hay caso porque no hay cuerpo’, y está pagando 99 años, y yo quiero que pague los 99 años porque él no mató un perro, él mató una persona que a esta sociedad la hacía sentir bien productiva”, opinó Pacheco Calderón.
Asimismo, cuestionó las visitas aprobadas a Quiñones Rivera para actividades en iglesias. Señaló que, tras una larga espera para que se lograra la convicción y la sentencia de 99 años por el crimen, le resultó incomprensible que se le permitiera salir a la calle.
Según el Departamento de Corrección y Rehabilitación (DCR), Quiñones Rivera “no cuenta con pases para compartir en familia”, sino que “ha salido a actividades en iglesias bajo custodia”, unas visitas que “son aprobadas por un comité cuando el confinado hace los ajustes necesarios dentro del sistema”.
“Lo tenían en la calle, sin haberme dicho a mí dónde está Yexeira, y me lo tenían en la calle porque visitaba iglesias. Mira, no todo el que visita las iglesias tiene a Dios en su corazón. No todo el que carga una Biblia debajo del brazo tiene a Dios en su corazón”, aseveró.
Que Yexeira no sea olvidada
En medio del dolor y todo lo que ha enfrentado, se dirigió al país e imploró que no olviden a su hija. “Quiero que el país recuerde a Yexeira como la sigue recordando todos los días, con amor, con admiración y como una víctima de un asesino”.
Subrayó que el caso de Yexeira impulsó la visibilización de la violencia de género y reforzó las medidas de protección.
“Yo quiero que recuerden a Yexeira como una guerrera, que lucha aunque no esté aquí a mi lado, para que las víctimas inocentes no mueran más, para que los agresores sean confinados y no los suelten... Yo quiero que recuerden a Yexeira como la bailarina que era, feliz. Cuando ella sonreía, el sol brillaba más”, exclamó.
Sus palabras reflejan no solo el orgullo por la joven que fue su hija, sino también la impotencia y el dolor por la violencia que truncó sus sueños. La memoria de Yexeira, dijo, debe ser un ejemplo y no quedar borrada.
“A Yexeira, hay que imitarla, no hay que olvidarla. Se puede estudiar, ser bailarina, llegar a tener un grado, y eso era lo que ella era para muchas personas y eso fue lo que el asesino quitó, ese ejemplo”, agregó.
“Si Yexeira me hubiera comentado a mí, mi hija, que estaba siendo agredida por su asesino Roberto Quiñones, yo hubiera hecho algo inmediatamente”, dijo.
Sus expresiones reflejan la urgencia de su mensaje: que ninguna otra vida se vea truncada como la de Yexeira. Cada palabra es un llamado a la prevención.
“Tienen que proteger su vida, porque protegiendo su vida, protegen la vida de sus hijos y la de ustedes para que los puedan criar. No le pueden tener miedo al agresor si usted sale con vida, téngale miedo si usted no hace lo que le estoy diciendo”, instó.
“Déjelo. Él no la quiere. Si él le mete un puño, si él le dice cualquier palabra denigrante, cualquier palabra que la insulte, cualquier palabra que verdaderamente no vaya con usted, mire, déjelo, porque eso no es amor. El amor es otra cosa. El amor es darte un beso, pero no meterte un puño. No tratarte como basura”, concluyó.


