Luis Alberto Ferré Rangel
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La historia invisible

A Amparo Baró, Tata.

La primera vez que lo vi fue a la entrada a Piñones, al final del puente de Cangrejos, a la derecha. Le he pasado varias veces por delante en los últimos años. No sé cuánto tiempo lleva el mural pintado ahí y no sé quién lo pintó. Nunca supe quién fue Arturo Alfonso Schomburg y a pesar de que me llamaba la atención el nombre, nunca averigüé quién fue. Lo miré, pero no lo vi. Así quedaba invisible para mí su inmensa aportación a la humanidad, a los derechos de los afrocaribeños y la gesta independentista caribeña de la primera mitad del siglo XX.

La obra de Francisco Oller, del maestro Rafael Cordero, es la primera que recuerdo de un hombre negro puertorriqueño plasmado en un lienzo. En algún momento aprendí durante mis años de escuela sobre su obra para educar a ricos y a pobres, a negros, mulatos y blancos. Pero nunca me enteré de que su hermana Celestina fundó la primera escuela para niñas en Puerto Rico.

Tampoco supe quién fue Dominga Cruz Becerril, mujer negra, poeta, declamadora, lectora de tabacaleras, una de las grandes amigas de Pedro Albizu Campos y heroína de la Masacre de Ponce.

Y así desfilan frente a mí los fantasmas de un pasado que es mío, pero que no conozco. Cientos de mujeres y hombres que he optado por invisibilizar por mi indiferencia, mi ignorancia o porque simplemente me los escondieron. Ese desconocimiento -consciente e inconsciente- de mi historia me ha hecho cómplice del entramado social, político, cultural y económico que sigue perpetuando el racismo y la marginación en Puerto Rico.

No me considero un racista, pero ciertamente tengo prejuicios que he tenido que confrontar en mi quehacer como periodista. Aunque vivo consciente de ellos y siempre he luchado por la igualdad de derechos humanos, sé que tengo puntos ciegos en mi carácter y formación que pueden -aún yo evitándolo- reforzar estereotipos y esquemas que promuevan el pensamiento racista.

Salvo par de bofetás que dí y recibí cuando era pequeño al aprender a defenderme del mocoso americano racista, y salvo un puñado de incidentes ya de adulto que resolví más pacíficamente, yo no sé qué es ser discrimado sistémicamente.

Cuatro conversaciones esta semana recogidas en mis podcasts de hoy y del miércoles fueron iluminadoras en esta exploración de mí y nuestra identidad puertorriqueña, porque cuando un país caribeño contesta en un censo que es 70% blanco, hay un enorme punto ciego que hay que atender.

“Las cartas sobre la mesa”, así concluía el licenciado Rafael Cox Alomar el diálogo que sostuve con él y con el doctor Nelson Colón Tarrats, presidente de la Fundación Comunitaria, sobre el racismo en Puerto Rico. Reconocer y admitir que hay un problema de racismo y discrimen es el primer paso para tener las conversaciones difíciles en el seno familiar, corporativo y político.

Sobre la historia de las aportaciones, el modelaje y las gestas de hombres y mujeres afropuertorriqueños que han sido invisibilizadas por un racismo sistémico, que relega la negritud a la imagen de la esclavitud, entrevisto hoy en el podcast “La historia invisible” a la comunicadora Gloriann Sacha Antonetty Lebrón, fundadora y editora de la Revista Étnica, primera plataforma multimedios en Puerto Rico para visibilizar a la población afrolatina, y a Kimberly Figueroa Calderón, organizadora y educadora del Colectivo Ilé. Ellas participan, como herederas y gestoras, de proyectos intelectuales, creativos y de activismo que buscan rescatar y educar sobre esos saberes e influencia ancestrales, para afirmar con orgullo nuestra identidad como pueblo afrodescendiente.

Quedo en deuda con los cuatro y espero que con muchos más, para que mis fantasmas comiencen a dejar de serlo para siempre.



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