Ana Lydia Vega
💬

Habla el corruptólogo

Permítanme presentarme. Soy el doctor Demóstenes Arróbalo, especialista en corruptología. Es para mí un descomunal placer dirigirme a un grupo tan selecto de graduandos como el que esta noche me honra con su atención. Depositen, por favor, sus celulares en el cajón acústico que se encuentra a la entrada del auditorio. No quiero que timbrazos, texteos, chateos ni videos inoportunos vengan a sabotearnos la concentración.

Se me ha encomendado un tema fascinante: el impacto social de la corrupción. Confieso que la palabra me incomoda. Suena a pecado, a perversión. Le resta “standing” a uno de los quehaceres más antiguos de la humanidad. A la altura del siglo 21, se requeriría un término más objetivo para designar el conjunto de mecanismos de autogestión alternativa que forman parte de nuestra tradición cultural. En busca de una visión menos prejuiciada del fenómeno que nos ocupa, me propongo examinar algunas de las funciones positivas que cumple en la sociedad la mal llamada corrupción.

Pensemos por un breve instante en el escandaloso desperdicio de fondos federales que caracteriza a nuestro gobierno. ¿Cuántos de esos billones asignados por Washington no se pierden a cada rato por causa de un manejo deficiente? A veces hasta hay que devolverlos íntegros porque ni siquiera se ha sabido justificar en el papel (y en inglés decente) su correcta aplicación. Ahí es que entran en escena los buenos oficios de los desviadores de dineros públicos. “Mejor aprovechados que desperdiciados” es la consigna práctica de esos rescatadores expertos del capital de importación.

¿Podría entonces concluirse que de lo que se trata es de una especie de reingeniería de recursos subutilizados? Obvio que sí. Y es que los fondos sustraídos no solo benefician a quienes se los apropian. Fortalecen las raquíticas finanzas del país a través del consumo y de la inversión. Resultan igualmente provechosos para el equipo de intermediarios y colaboradores que reciben las salpicaduras del botín. A riesgo de parecerles idealista, me atrevo a postular que el ejercicio riguroso de la corrupción materializa el viejo sueño laborista de la redistribución de la riqueza.

No se rían, señores que esto es muy serio. Consideremos a continuación otro aspecto humanitario del asunto. La corrupción subsana la disfunción burocrática. Lo confirma el triste caso del Departamento del Trabajo. Ante el desastre de la tecnología y el fracaso de los servicarros, algunos empleados caritativos de la agencia se han tomado la iniciativa de cobrarles una modesta prima a los solicitantes a fin de expeditarles los desembolsos del desempleo. Así se evitan los campamentos nocturnos en las aceras y las filas kilométricas peores que las del viernes del madrugador.

Me apena no disponer de suficiente tiempo para entrar en los pormenores del monumental sistema cooperativo de servicios que establece la corrupción gubernamental. Unos cuantos ejemplos bastarán para darles una idea somera del alcance de esa red informal de protección mutua: contratos de recompensa a la lealtad de los donantes del partido, nombramientos de cortesía a miembros esforzados de comités de campaña, asesorías repartidas como pensiones de retiro a candidatos derrotados, remuneraciones solidarias por el trabajo simbólico de empleados fantasmas, reclutamiento compasivo de legiones de parientes y dolientes… En fin, punto probado.

Renglón aparte reclaman los grandes y pequeños privilegios del poder. Dando y dando, pajarito volando, reza el refrán. Las ramas ejecutiva y legislativa, en particular, reciben múltiples regalos y prebendas a cambio de citas, favores, compromisos y concesiones de variada índole. Vehículos de lujo, ropa de marcas famosas, cenas opíparas en restaurantes exclusivos, viajes de ensueño, estadías en hoteles fastuosos y sabrá Dios cuántos pagos en especie negociados en la intimidad. Yo, en realidad, me abstengo de pasar juicio moralista sobre esos trueques de intereses. Prefiero verlos como meros trámites extraoficiales o como merecidas indemnizaciones por las angustias, las ingratitudes y las traiciones que envenenan la vida política.

Habiendo demostrado más allá de cualquier duda razonable el carácter fundamentalmente comunitario y filantrópico de la profesión que ustedes están a punto de abrazar, solo me resta ofrecerles una recomendación de vital importancia para una carrera exitosa y productiva.

Escuchen bien lo que les digo. El que mucho abarca, poco aprieta. Este oficio no es para gente sin sentido de mesura y hay que saber retirarse a tiempo. La codicia excesiva, eso que la sabiduría de nuestro querido pueblo nombra “esmayamiento”, contradice y desprestigia el noble propósito que espero haberles inspirado con mi humilde alocución. Recuerden siempre, antes que nada y después de todo, servirse para servir.

Y ahora, ¡birretes al aire! No olviden recoger su celular a la salida. You never know…

Otras columnas de Ana Lydia Vega

domingo, 9 de agosto de 2020

Cual bandada de palomas

Ha quedado clarísimo que el contagio y las muertes por coronavirus están en plena escalada. Bajo esas circunstancias, nadie en su sano juicio querría enviar a sus hijos a un moridero potencial, dice Ana Lydia Vega

domingo, 7 de junio de 2020

Memmi presente

Con un referéndum de estatus a la vuelta de la esquina, el momento luce más que propicio para repasar los dos desenlaces de la encerrona que examina Memmi: la asimilación o la rebeldía, escribe Ana Lydia Vega

domingo, 3 de mayo de 2020

¿Adiós cuarenpenas?

¿Conviene proclamar una apertura prematura? Como reza la versión reciclada y actualizada del refrán: más vale precaver que dejar de respirar, escribe Ana Lydia Vega

domingo, 5 de abril de 2020

Protocolos de la cuarentena

Ana Lydia Vega comenta los nuevos protocolos de la cotidianidad, transformada por la cuarentena a causa del coronavirus