Ana Lydia Vega
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Memmi presente

El pasado 22 de mayo murió en París, a sus casi cien años, Albert Memmi. No sé si, en estos tiempos, el nombre del célebre escritor tunecino podrá detonar algún destello de reconocimiento entre los lectores puertorriqueños. Lo que sí me consta, por experiencia propia, es que la obra de ese estudioso esencial de los estragos psicológicos del colonialismo fue referencia obligada para la juventud universitaria de las décadas del sesenta y el setenta en nuestro país.

Hay libros que marcan a uno para siempre. El “Retrato del colonizado” es uno de ellos. En el prólogo a la primera edición (publicada en 1957, en plena Guerra de independencia de Argelia), Jean-Paul Sartre celebró el ensayo de Memmi por “haberlo dicho todo” sobre el terrible crimen de lesa humanidad que es la colonización. Sartre no se equivocaba. En el análisis lúcido e implacable de las estrategias que hacen de un ser autónomo una criatura subordinada, no hay detalle que Memmi haya pasado por alto.

La lectura del “Retrato” resulta tan fascinante como retadora para un lector inmerso en el asfixiante mundillo colonial. Memmi examina con lupa la mitología negativa que fabrica el colonizador para deshumanizar al colonizado y asegurar la continuidad de su dominio sobre él. Caracterizado como bruto, vago, atrasado, irresponsable, pervertido, pillo y, para colmo, ingrato, el objeto de la caricatura puede llegar a internalizar esa imagen distorsionada y a aceptar como dogma de fe la superioridad moral de su presunto protector.

La despersonalización del individuo sometido no es un producto incidental del proceso sino el efecto de una ideología racista dirigida a legitimar su exclusión. Expulsado de la historia, ubicado fuera del juego político efectivo que rige a distancia su vida y la de su pueblo, privado de una educación crítica que le permita conocer su pasado y cuestionar el orden impuesto, se va convirtiendo en un ser de carencia, en una especie de amnésico cultural. Memmi acuña un término clínico para la apatía y el anquilosamiento que reinan en el gueto colonizado: “catalepsia social”.

Desde su salida, el libro fue declarado un clásico de la literatura de la descolonización. Y es que sus descripciones del fenómeno colonial no se basan en especulaciones teóricas sino en vivencias y observaciones personales. Impactan no solo por la lógica convincente de la argumentación sino por la fuerza de su carácter testimonial.

Nacido en un barrio pobre de Túnez, de padre judío y madre árabe, Memmi presenció dramáticos conflictos políticos y culturales. Fue testigo - y sobreviviente - del régimen francés en el Magreb y también de las actitudes discriminatorias que suscitaba su atípico trasfondo familiar. De ahí surgieron su empatía con los marginados y su interés por desmontar la dinámica de la opresión. Novelas autobiográficas como “La estatua de sal” y ensayos como “La liberación del judío” y “El hombre dominado” enriquecieron con nuevas perspectivas el campo preferente de su reflexión.

En estos días, el sádico asesinato de un ciudadano americano negro a manos de un policía blanco en Minneapolis provoca protestas gigantescas en las grandes ciudades de Estados Unidos y del mundo. Y vuelve a cobrar vigencia urgente el pensamiento de Memmi. La disección a fondo del comportamiento racista ocupa un lugar centralísimo en su trabajo. Definido como “la devaluación rentable de las diferencias” para provecho o privilegio de algunos, el racismo se presenta como símbolo y resumen de toda tentativa de dominación. Por eso está incrustado en el corazón del proyecto colonial.

Afortunadamente – dice como para consolarnos el autor - la historia enseña que las colonias no son ni eternas ni inalterables. Esa declaración tiene valor de convocatoria para los puertorriqueños. Con un referéndum de estatus (limitado a una sola alternativa) a la vuelta de la esquina, el momento luce más que propicio para repasar los dos desenlaces de la encerrona que examina Memmi sin contemplaciones: la asimilación o la rebeldía.

La primera opción no es, para sorpresa de muchos, la más evidente. La aspiración del colonizado a fundirse con el colonizador para resolver sus contradicciones existenciales choca con un obstáculo mayor: el rechazo categórico de quien ostenta la autoridad para decidir. El camino de la rebeldía tampoco es muy fácil que digamos. Implica una conciencia concertada y una reconquista del poder expropiado que posibilite una ruptura viable.

Memmi, no obstante, afirma que existe en todo ser dominado - por más secreta o silenciada - una exigencia fundamental de cambio. La tragedia de la colonización es, por lo tanto, superable. Esa mirada esperanzadora sobre un presente traumático y un futuro incierto garantiza larga vida a la memoria de un hombre que nunca dejó de creer en la vocación libertaria de la humanidad.

Maestro Albert Memmi: no se te ocurra, no te atrevas a descansar en paz.


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