Félix Jiménez

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Por Félix Jiménez
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Puerto Rico fue

No era noche de ronda, era noche de espera, como tantas veces ha sido a final del verano, principio del otoño-rriqueño. Las hojas caen por los eventos meteorológicos y no con la sutil gracia tras el cambio de color.

Pues, ya avisados como estábamos de que “venía”, preparado todo - agua, lámparas solares, ansiedad, televisor encendido en una buena película, esperanza de que no se fuera la luz – era esperar lo que quedaba.

Y yo en Puerto Rico, soñando con Nueva York y el frío que nos despojara de este calor. Librerías, una buena obra, un club de jazz.

Ahhh... Ese era el sueño.

La realidad era mi adorado septiembre anticipando lo que no se quería. La intensa lluvia y lo que vendría.

Pero no fue lo que se esperaba, fue el temblar, el ruido, aguantar la lámpara en la mesa a la derecha, tomar el móvil de algún punto del sofá, ver los cuadros en zig-zag, pararse, deslizarse sobre el movimiento, con calma, tocar a la puerta, despertar a la durmiente que no despertaba.

Sentir entonces cómo todo volvía a su calmada inmovilidad. Por poco tiempo.

Otra leve sacudida traía la noche.

Y la memoria, que a veces traiciona y a veces sorprende con delicias, me llevó a la historia familiar, a la supervivencia en tiempos huracanados, a las sabias decisiones que había que tomar cuando se pasaba un ciclón a principios del siglo pasado, en esos tiempos no vividos pero que me fueron narrados.

Esos tiempos en los que no había sostenes tecnológicos, la familia estaba por agrandarse, la esposa estaba embarazada y la prioridad del abuelo era cuidarla y a sus 12 hijos.

Así fue. Y en 1928 nació mi tío, cuidado como un tesoro en medio de un ciclón.

Hoy fue la sorpresa de ir andando sobre temblores, caminando sobre memorias. Un terremoto debajo mientras se esperaba la lluvia desde arriba.

Aquella vez, según me contaron, cero aspavientos, fue la ternura la que triunfó. Nació mi tío. Fue nombrado por el momento y la valentía. Como fue Puerto Rico. Fue nombrado Felipe, como el ciclón.



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