Edwin Sierra González
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Reconstrucción

Tuvimos un verano como pocos. Intenso, vigoroso, resistente, restaurador. El pueblo se ha lanzado a hacer su parte en la reconstrucción de un nuevo país, un país justo, ordenado, equitativo, limpio. Un país como el que merecemos, no el que los políticos, en su mayoría, han elegido legarnos con su despropósito.

Las recientes acciones de aquellos que se hacen llamar líderes han puesto la mirada sobre la constitución colonial. Sí, con apellido, colonial, porque llamarle ley suprema del país a una voluntad doblegada a la orden de otro es una hipocresía. No se puede catalogar así a aquello que ha sido modificado por otro, autorizado por otro y sobre todo, porque como ley que es, puede ser derogada por otro. Por ende, no es nuestra constitución, es la que nos dejaron tener, la que nos permitieron tener.

Aún con ello, no puede negarse que en muchos aspectos le ha servido al país, pero igualmente, las situaciones recientes nos llaman urgentemente a revisitarla y atemperarla.

La Suprema Ley Colonial requiere atemperarse a la colonia que rige, una colonia que no es la misma cuando se concibió. Las recientes jugarretas de las que fuimos testigos hacen necesarios nuevos y mayores mecanismos de participación ciudadana.

No es posible que el país quede solo de espectador y protestante a expensas de que los políticos de turno decidan escuchar. ¿Y si ciertos mecanismos se activan con la recopilación de firmas verificables? Así, sobre la inmóvil voluntad parlamentaria que muchas veces abusa de su autoridad para perpetuar su poder y opinión. No nos engañemos, gobernó un candidato con apenas 40% del voto. ¿Y el otro 60%? Bien, gracias.

Las constituciones que emanan verdaderamente de la voluntad del pueblo sí podrían ser eternas. Las coloniales no, porque esas representan el interés de otros, no a quienes gobiernan.



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