Empezaré por decir que me encantan las tiaras y las he usado en incontables ocasiones, incluso, cuando por la edad, el jugar a la princesa sea sinónimo de hacer el ridículo. Pero a mi niña interior nunca le ha importado hacer el ridículo, sino todo lo contrario. Dicho esto, procedo a mi argumento en contra de la brillante diadema que tantas carcajadas me ha dejado.
Se adhiere a los criterios de The Trust Project
Sexismo olímpico
The opinions expressed in this article are solely those of the author and do not reflect the views or beliefs of El Nuevo Día or its affiliates.





