Chu García
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Lance Armstrong: un tramposo carismático

Después del éxito rotundo de “The Last Dance”, documental que evidencia por qué Michael Jordan ganó seis títulos con Chicago Bulls, le ha tocado el turno a ESPN de revelar los sacrilegios de Lance Armstrong, el ciclista tejano que ganó siete Tours de Francia corridos, entre 1999 y 2005, aprovechando que se dopaba hasta en la sopa. 

Luego de mentir una y mil veces que el doping no era como su goma de mascar, primeramente con hormona de crecimiento que posiblemente fue causante de su cáncer testicular, que se convirtió en metástasis, llegándole al cerebro y teniéndole al borde de la muerte en 1996, pero mediante una operación y quimioterapia al por mayor sobrevivió, maravilló al mundo al coronarse en el Tour de Francia, en 1999, y al cabo de los años él mismo confirmó que la testosterona, el EPO y las transfusiones de sangre le llevaron a la cima del evento ciclístico más relevante universalmente, por encima del Giro de Italia y la Vuelta de España. 

El domingo pasado se exhibió el primer capítulo de dos horas de duración de Lance, de 30-30, y, ciertamente, a pesar de sus trampas, desfachatez y aberraciones, él tiene aura, mezclándose el odio y cariño por igual, por su hambre desmedida de competir como si en cada rodada, escalada o sprint se le fuese la vida. 

Armstrong, cuyo apellido biológico es Gunderson y fue criado por un padre adoptivo que le impuso desde niño un régimen militar, empezó a sobresalir como nadador a los 15, y ya a los 16 era una triatleta exitoso a nivel nacional por su poderío en la bici. 

Profesionalmente perteneció a seis equipos, pero en 2012 se cavó su fosa cuando su compañero Floyd Landis dio el chivatazo de que se dopaba, lo que ya había sido insinuado por Greg LeMonde, estadounidense que fue rey del Tour de Francia en tres ocasiones. 

Hay que recordar que hay un listado grande de ciclistas que murieron por efectos secundarios del doping, pero casi siempre por anfetaminas al revelarse sus autopsias: el danés Knud Enemark, en 1960; el italiano Alexandro Fantinni, en 1961, de una embolia cerebral; el británico Tom Simpson, tras caerse en la tercera etapa de TDF en 1967 y romperse el cráneo; más cerca de otros veinte, aunque algunos por cánceres asociados por drogarse. 

En fin, los lances de Armstrong son huellas de infortunio y calamidad.




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