Chu García

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Por Chu García
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Nobleza a raudales del patriarca Barea

A inicios de 2010, asomó en mi cabeza el germen de la creación y decidí hacer una biografía de José Juan Barea, pensando más en su carrera ejemplarizante que en sus logros hasta ese momento.

Si no me falla la memoria, la primera vez que le vi jugar fue en la campaña de 2001 con Mayagüez, dirigido entonces por Flor Meléndez, en un partido en Bayamón, y le pregunté quién era el chamaquito con pinta de armador y me respondió que le llamaban “El Canito” y que desde niño había sido una estrella en todas las categorías menores del Oeste.

Esto me empujó, en cierta manera, a seguir de cerca su carrera, que fue estelar como senior en una high school de Miami, antes de recalar en Northeastern University, en Boston, donde triunfó plenamente, siendo  All American en dos ocasiones, pero no fue escogido en el draft de 2006.

En vez de recular, participó en competiciones que demostraran su valía y Dallas Mavericks lo reclutó en 2006, por decisión de su gerente general Donnie Nelson, lo que fue el detonante para fraguar el libro.

Al no conocer a sus padres, para contarles del proyecto, recurrí a Fufi Santori, íntimo amigo de Jaime y Marta, quien me sirvió de puente para reunirme con ellos y José Juan, en un apartamento playero de este.

Recibí un sí de inmediato, pero Jaime me recomendó que visitara a sus papás, Salvador y Cesita Fernández, en su hogar de Caguas, ya que tenían recopilado en álbumes toda su trayectoria, incluyendo la niñez.

Con amabilidad desbordante, Salvador, que acaba de fallecer a los 94 años, mientras Cesita murió la Semana Santa de 2019, me entregó todas las copias de artículos en diarios y revistas, y un montón de fotos que conservaba en estado óptimo.

Fue tanta su ayuda, que le debí nombrar coautor de la obra, que titulé: Barea, pequeño pero grande, que vio la luz para los Juegos de Mayagüez de 2010, donde fue el abanderado.

Dicho más claramente, don Salvador me salvó y no podía ser de otra forma: por sus venas corría la sangre espesa de la nobleza y arropaba su espíritu con amor puro por doña Cesita y toda su familia. 


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