Edgardo Rodríguez Juliá

Puertorro Blues

Por Edgardo Rodríguez Juliá
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After Maria, sus mujeres

Las llamadas “redes sociales” ejercen, hoy por hoy, la más peligrosa forma de censura. Buena parte de los “medios”—desde las editoriales hasta la televisión, pasando por la prensa— ceden a las presiones de los “likes”. Si no tienes suficientes de éstos, y para colmo te hacen una campaña en contra, pues censura lo que sea, quítalo de la pantalla o el periódico. La opinión del público dictador y soberano vale más que la integridad de un mensaje artístico, o la opinión informada de un columnista.

Buen ejemplo de lo anterior es el documental de la cineasta Nadia Hallgren. Decía T.S. Eliot que los seres humanos preferimos no ver la realidad, y parece que los puertorriqueños, si se trata de una realidad compleja, pues mucho menos. La mitad de nuestra población depende del Programa de Asistencia Nutricional, PAN. Nos indignamos cuando la dependencia, hecho incontrovertible de nuestra realidad política y social, sale retratada en este documental. Se trata de tres mujeres —Glenda, Kenia y Sheila— que después de María han ido a parar a un hotel del Bronx, alojadas por el programa de vivienda temporera de FEMA. Según las “redes sociales”, estas tres mujeres “no nos representan”, son aliens —en más de un sentido, porque también se comportan como pobres inmigrantes indocumentados— que se han disfrazado de puertorriqueñas. Los complejos, nuestra ancestral obsesión con la valía—rasgo marcadamente rural— se manifiesta aquí, además de la negación de lo que somos en toda nuestra humana complejidad.

No me ofendió el documental. Me conmovió. Después del huracán María se estrenó una “moral provisional” a causa de la catástrofe. Todas las visiones del puertorriqueño deberían ser “positivas”, obligadas por un optimismo necesario. Era una campaña a la manera del “realismo socialista”: todos deben estar sonrientes, y yo también. Se prohíbe el pesimismo, o el escepticismo. Por fin alguien optó no por ese discurso triunfalista y necio de la “resiliencia” del puertorriqueño, el “Puerto Rico se levanta”, y optó por presentarnos una semblanza compleja de nuestra humanidad. Las tres mujeres que aparecen en el documental reflejan muchas de las contradicciones, virtudes y defectos que puedo reconocer en mi estadía de setenta y dos años en la puertorriqueñidad.

Lo que veo, en este polémico documental hecho según el estilo del “cinema verité”, cine veraz —con todas las manipulaciones y ventajerías artísticas que admite cualquier género—, son tres mujeres dependientes de FEMA y de los “beneficios” federales, pero que también intentan una reconstrucción de su vida emocional y afectiva.

Los detalles son elocuentes: Casi no hay hombres en el documental, como corresponde al hecho de nuestra masculinidad herida. Tanto en los Estados Unidos como en Puerto Rico innumerables familias puertorriqueñas son sacadas adelante por mujeres solteras o abandonadas. En una delicada escena, Glenda acerca al marido, lo acoge en su hombro, le pasa el brazo, éste casi se coloca en su regazo. Es una escena maternal. Es como si ella quisiera protegerlo de tanta adversidad. Ella es la fuerte; lo tongonea. Así, encariñados, buscan alquileres baratos, escudriñan los rótulos en los “buildings” desde la guagua.

En otro momento, Kenia prepara a su nena, Nilda —que buena parte del tiempo luce confundida y alelada, refugiándose en el celular quizás pagado por FEMA, tan extrañada está de todo en el dichoso Bronx—, para ir a la escuela. La madre sabe que la mortificarán con el bullying; aún así quiere que la nena vaya a la escuela, que restaure su vida, que enfrente su realidad. Le hace moñitos, la quiere linda y orgullosa ante los estudiantes hostiles, que posiblemente se mofen, en su spanglish, del poco inglés que sabe Nilda. La niña protesta de que ese no es su país. Las tres amigas le celebran el cumpleaños; finalmente sonríe. En otra escena, ahí mismo en la habitación, mama Kenia le prepara a Nilda un suculento plato de arroz con gandules, tostones y carne frita. Nilda sigue sonriendo.

Y Doña Kenia también honra a su padre, quien murió en el período de los apagones. Viene a Puerto Rico a enterrar sus cenizas. Todo el tiempo que pasó por allá, lo miraba en el celular, ya enfermo y cada vez más demacrado. Escogió salvar a su nena, aunque no olvidara al padre. Esto es sutil, complejo; el documental sabe testimoniarlo.

Vamos a una fiesta popular en el Bronx, la visita de ellas al corazón de la Cafrelandia de allá, y nuestras doñas de barriada se reconocen en esos boricuas que salsean en el parque, aunque supongo que no se identifican del todo. A pesar de la gran cantidad de banderitas puertorriqueñas, y la obesidad “in your face” como seña de la nueva pobreza puertorriqueña, estas mujeres de nuestros campos seguramente se sentirían intimidadas ante esa misma gente suya que fiestea en inglés, o spanglish. En nuestros campos se imitan las dormilonas puestas en la nariz y las argollas en los labios, a la usanza del Bronx, también los peinados estrafalarios y de colores, las barbas intimidantes, y para las nenas los moñitos. Pero no, ellas no son gente de allá, no exactamente, sino de acá, ya no puertorriqueños delgados y estoicos, como los que conocí en mi infancia, sino obesos y escandalosos.

Una mujer, que aparece poco, Sheila, es la guerrera “cool”, “vamos a clavar al sistema”. Es la guía espiritual y, a la postre, la diestra manejadora del grupo. Todo va a salir bien, te lo digo yo, tranquilas. Es cuestión de flotar en la ola de FEMA y los beneficios. Algo tendrán que hacer con nosotras tres.

Se trata de la restauración de una cercanía emocional después de la catástrofe, la recuperación del cuido, del cariño. Aquí vemos a nuestra humanidad devolviéndose lazos afectivos, honrando a los muertos lo mismo que acicalando a esa niña que debe y tiene que ir a la escuela. Si cincuenta mil boricuas se avergüenzan de ello, cada loco con su tema; ese no es mi problema.

Me crié con gente de campo. Los heretomado en mi vejez. Cuando me crié éramos gente parca, callada, huraña, secos, muchas veces malhumorados y enturunados, duros en la adversidad, y la mayoría flacos. Ahora, además de muchos que siguen “aborrecíos” y violentos, somos obesos, necesitados del PAN y aficionados a los hamburgers. Y también somos, más que fiesteros, ruidosos, por lo menos para mi gusto. Pero quizás lo que hemos ganado en libras también lo hemos ganado en una oscura alegría, una voluntariosa ternura. Este documental tiene que ver con esa ternura y esa dificultosa alegría, tan extraña, en estos nuevos tiempos duros que vivimos.

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