Celina Romany

Punto de vista

Por Celina Romany
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De otros dolores sísmicos…

De los temblores internos, particularmente por un corazón desgarrado, poco puede decirse. Hay empatía, cariño, mensajes de sosiego y paz, pero poco puede conocerse del temblor y estremecimiento de un corazón ante la pérdida de una hija con apenas unos 13 años.

Y si ese temblor de cuerpo y espíritu se agudiza por la indignación y la simple y llana rabia de saber que quizás esa muerte pudo haber sido evitada, transitamos caminos nebulosos que pocos hemos experimentado. Solo aquellos que han perdido un hijo/a por la mano negligente o criminal de un tercero pueden recorrer dichas rutas. 

Una joven de 13 años perdió la vida en mi querido Vieques. No se le pudo auxiliar con un ventilador ausente en un centro de salud que posa como hospital y que victimiza a un pueblo que harto conoce las múltiples victimizaciones -que sabe muy bien que no será fácil salir por agua o por aire a buscar la ayuda médica – un derecho humano universal.

Cuando pienso que a principios del siglo 20- apenas a unos cuantos años de la invasión del 98- Vieques tenía un hospital que, por lo menos arquitectónicamente, aparenta ser una estructura digna de recibir a un enfermo y lo comparo con el CDT destruido por el huracán María o con el refugio temporero que hoy alberga lo que pretende ser un hospital, yo también tiemblo- pero de furia y espanto.

La reconstrucción del CDT poblado por los siempre presentes caballos viequenses ha sido precedida por el teje y maneje de la burocracia FEMAtica, que se desplaza por laberintos que alternan las señales de salida: procede reconstruir o solo reparar, debe esperarse por la opinión de paneles de expertos que nunca pisan la isla sobre si el CDT  es “clínica u hospital”- siendo la primera a la que menos dinero se desembolsa.  Hoy, a más de dos años del paso de María, se dice que se “reconstruirá”—aunque los únicos que parecen saber qué pasará, y bajo qué circunstancias, son los hermosos y más lúcidos caballos que allí residen. 

No debe sorprender entonces que el único lugar que tienen los viequenses para auxiliarse médicamente carezca de un ventilador- casi nada- esa única máquina que facilita la respiración, que ayuda a introducir y extraer el aire de los pulmones y que, lo saben todos, puede salvar vidas.

Tampoco sorprende la narración dantesca que el tío de Jaideliz Moreno Ventura, Don Carlos “Prieto” Ventura, hace del proceso que precede su muerte. Narra Don Carlos que tan pronto llega al CDT – a las 6:25 a.m.- le colocan una manga de oxígeno – como proxy del ventilador- “pero se estaba quedando sin oxígeno porque no es lo mismo a mano que con una máquina… Tienen que reclutar a siete personas que ayuden a mantenerla con oxígeno porque es tedioso… la gente se cansa tanto de estar apretando que llega el momento que se trincan los brazos”.

Por si fuera poco, sus convulsiones además aguardaban por un medicamento que brillaba por su ausencia. A las 11:30 a.m. Jaideliz moría.

Jaideliz, descansa en paz. 

Aunque tiemblan nuestros corazones de dolor, este temblor tiene nombre y apellido: el atropello del olvidado. Saberlo llamar por su nombre es la ruta que despeja la niebla y muestra el camino reivindicativo, porque ¡ya basta!

A la familia Moreno Ventura, mi más fuerte abrazo.


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martes, 14 de enero de 2020

De otros dolores sísmicos…

Aunque tiemblan nuestros corazones de dolor por la muerte de Jaideliz Moreno Ventura, este temblor tiene nombre y apellido: el atropello del olvidado, escribe Celina Romany

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