Fernando Cabanillas

Consejos de cabecera

Por Fernando Cabanillas
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“Doc… estoy esguabiná”

Después de la guerra del golfo, concluida en 1991, regresaron muchos veteranos a Estados Unidos con una serie de síntomas inexplicables: dolor muscular, cansancio severo, problemas de memoria, sueño interrumpido, dolor de garganta, de cabeza, deterioro funcional, y malestar general después del ejercicio físico. Algunos también presentaron problemas intestinales y erupciones en la piel. 

A este conjunto de síntomas se le denominó Síndrome de la Guerra del Golfo (SGG). Más de una tercera parte de los veteranos de esa guerra padecen este síndrome y son incapaces de realizar sus actividades cotidianas. Claro, muchos pensaron que eran achaques inventados por veteranos “pichando para una pensión”, como decían ellos en mis tiempos de internado. Pero no parece ser el caso. 

La Administración de Veteranos ha aceptado oficialmente su existencia, aunque prefiere referirse a este síndrome como “enfermedad crónica de síntomas múltiples”. Entre sus causas, se han considerado agentes de guerra química que incluyen gas sarín, entre otros. Los estudios indican que el SGG no es el resultado del estrés del combate, ya que los veteranos de la Guerra del Golfo tienen tasas más bajas de estrés postraumático que los veteranos de otras guerras. 

Entre los trastornos que la Administración de Veteranos incluye en las “enfermedades crónicas de síntomas múltiples” está el Síndrome de Fatiga Crónica (SFC). El SFC también se ha denominado como encefalomielitis miálgica para indicar que se origina en el encéfalo (término rebuscado para referirse al cerebro). Esta enfermedad también aqueja a varios millones de personas en el mundo que no combatieron en ninguna guerra. Ya que es cuatro veces más común en mujeres que en hombres, por décadas muchos médicos varones han mirado con desdén a las pacientes con fatiga crónica, considerándolas “histéricas”. Quizás esto debido a otro síndrome: el machismo médico. 

En 2015, la Academia Nacional de Medicina de Estados Unidos, una institución elite de gran prestigio, llevó a cabo una revisión exhaustiva de la literatura científica del SFC.  Su conclusión fue que “muchos… se muestran escépticos acerca de su seriedad y lo confunden con una condición de salud mental, o lo consideran un producto de la  imaginación del paciente”. Finalmente instó a “reconocer el SFC como una enfermedad grave que requiere un diagnóstico oportuno y una atención adecuada”.  

Sin duda, el obstáculo mayor para convencer a los médicos de que esta enfermedad es real es la falta de un examen objetivo de laboratorio o radiológico que se pueda usar para diagnosticarla, y que pueda sentar las bases científicas que expliquen la enfermedad.  Un reconocido científico y profesor de Bioquímica de la Universidad de Stanford, el Dr. Ronald Davis, tiene un hijo con fatiga crónica. Convencido de que la enfermedad no es imaginaria, él escuchó las deliberaciones en la Academia Nacional de Medicina, donde se debatía si la enfermedad es real o no, y sintió la necesidad urgente de desarrollar una prueba de laboratorio. 

Luego de varios años de experimentación, Davis y sus colaboradores idearon una prueba de sangre que identificó con éxito el SFC. La prueba, que aún se encuentra en una fase piloto, se basa en la forma en que los linfocitos de la sangre responden al estrés. La prueba mide la resistencia a transmisión de una corriente eléctrica por esas células, antes y después de provocarles un estrés producido al añadirles sal. En todas las 20 muestras de sangre provenientes de personas con fatiga crónica, la resistencia a la corriente aumentó después del estrés, pero en ninguna de las 20 muestras de personas sanas ocurrió eso. Aunque los resultados parecen muy impresionantes, hay que tener en cuenta que solo se evaluó un pequeño número de casos, y tampoco se estudiaron a personas con otras enfermedades que producen síntomas parecidos, como la esclerosis múltiple y la depresión. Se necesitará un muestreo más amplio para validar esta prueba. 

Otro misterio no resuelto es la causa del Síndrome de Fatiga Crónica. Algunos investigadores piensan que las infecciones virales pueden ser culpables, otros apuntan a factores psicológicos y aun otros piensan que podría ser de origen hormonal o inmune. Un estudio publicado en la revista Microbiome, arroja nueva luz sobre el problema. El  Dr. Ludovic Giloteaux se preguntó si las bacterias intestinales juegan algún papel en la causa del Síndrome. Ya que sabemos que este trastorno se origina en el cerebro, esta pregunta es muy lógica porque conocemos a saciedad que el intestino y el cerebro están íntimamente ligados por medio de moléculas (producidas por las bacterias intestinales) que viajan por la sangre hasta el cerebro.

Los investigadores reclutaron a 48 personas diagnosticadas con fatiga crónica y 39 saludables, quienes proporcionaron muestras de excreta y sangre. El equipo encontró grandes diferencias tanto en la flora intestinal como en  la sangre de estos dos grupos. Primero descubrieron que en la excreta de los pacientes de fatiga crónica había menos bacterias antiinflamatorias, y además identificaron ciertas bacterias típicas de las heces de aquellos con la condición. También hallaron en la sangre ciertas moléculas producidas por las bacterias intestinales, capaces de entrar al cerebro y posiblemente causar los síntomas de la enfermedad.

Estos hallazgos podrían apuntar hacia tratamientos con probióticos, así como abrir las puertas para restaurar la flora intestinal a través de trasplantes de heces fecales. También esto me provoca una pregunta: ¿la causa del Síndrome de la Guerra del Golfo se deberá a un cambio en la flora intestinal de los veteranos? ¿En los pacientes con fatiga crónica que no combatieron en el golfo, será el abuso de antibióticos que les ha cambiado la flora intestinal?

Aunque el nombre de Síndrome de Fatiga Crónica se asignó por primera vez en la década de 1980, estoy seguro de que esta enfermedad existía antes. Recuerdo cuando muchas pacientes puertorriqueñas, en los 70, se embadurnaban con un aromático, por no decir maloliente alcoholado, y el médico, aguantando la respiración, cuestionaba qué las aquejaba. Ellas contestaban “doctol… estoy esguabiná”. Los médicos boricuas perdimos la oportunidad de pasar a los anales de la historia médica al no bautizar inmediatamente esa condición como el “síndrome del esguabinamiento crónico”. ¿No creen que esa palabra es mucho más sonora, expresiva y gráfica que “fatiga”? En fin, otra oportunidad pasada por alto… pero quizás no, porque ¿cómo traducir ese término al idioma de la medicina, el inglés? No tiene traducción, por tanto sería “Chronic Esguabinamiento Syndrome” o CES. ¿Conocen ustedes algún médico angloparlante capaz de pronunciarlo?

Y en cuanto al tratamiento, todavía no hemos superado al alcoholado.

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