Edgardo Rodríguez Juliá

Puertorro Blues

Por Edgardo Rodríguez Juliá
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El entierro de Cardenal

Recibo noticias del entierro del sacerdote y poeta Ernesto Cardenal y solo puedo sentir vergüenza ajena. Turbas de seguidores de Daniel Ortega y su mujer, Rosario Murillo, presidente y vicepresidenta de Nicaragua, asediaron el ataúd del poeta mientras se celebraba, en la catedral de Managua, una misa de cuerpo presente. El nuncio Waldemar Stanislaw Sommertag tuvo que intervenir para apaciguar a los manifestantes, quienes le vociferaban ¡traidor! al cadáver insepulto del gran poeta nicaragüense. A la salida de la catedral, los deudos, amigos y admiradores de Cardenal recibieron más vituperios y hasta agresiones físicas, siendo algunos periodistas atacados y la famosa novelista Gioconda Belli insultada y empujada.

En 2012 estuvimos con el padre Cardenal en Masatepe, Nicaragua, visitando la casa de la familia del escritor Sergio Ramírez, ahora convertida en Fundación. Fue el año en que le fue otorgado el premio iberoamericano Reina Sofía al poeta. Celebrábamos los cuarenta años del amigo Ramírez en el oficio literario. Bebimos con Cardenal ron Flor de Caña y comparamos notas sobre el uso y los nombres de los tubérculos en la cocina nicaragüense y puertorriqueña. Cardenal era un hombre adusto, que, como nuestro José Luis González, apenas toleraba la música; pienso que siempre padeció, además de su vanidad, aquella “tristeza de no ser santo” a que alude en su Oración por la muerte de Marilyn Monroe. Pero, sin duda, también era un hombre sensual, provocado lo mismo por el “guaro”, el aguardiente de caña, que por el “aroma hembra” flaubertiano, de aquellas muchachas que escuchaban con veneración sus recitales poéticos, y de estos enamoramientos castos, “a lo divino”, hay múltiples testimonios en su poesía. Como también era pura poesía verlo comer la ensalada que los nicaragüenses llaman “vigorón”, el repollo y el tomate, el vinagre y el chicharrón cuidadosamente colocados por él sobre el pedazo de yuca.

Desde su poemario La hora O hasta su poesía esotérica y cientificista más reciente, pasando por los maravillosos Salmos y Epigramas, alcanzando la conmovedora Oración por Marilyn Monroe, la poesía de Cardenal siempre evidenció un espíritu inquieto y ecuménico, lo mismo como discípulo del poeta y monje trapense Thomas Merton que del idealismo católico norteamericano posterior a la Segunda Guerra, sin que olvidemos su abrazo al marxismo y la Teología de la Liberación. He aquí, en este último dato, el comienzo de una vida también sometida por las equivocaciones, los malentendidos de toda una época, las dramáticas contradicciones de la Historia.

Este sacerdote, ministro de Cultura bajo el gobierno de la Revolución Sandinista, recibe en 1983, en el aeropuerto de Managua, la mundialmente famosa reprimenda de parte del papa Juan Pablo II. Cardenal estaba sonreído y de rodillas, acatando los votos de obediencia, deseoso de besar el anillo episcopal del papa Wojtyla. El papa que posibilitó la revolución pacífica contra el estalinismo del opresivo régimen polaco, rehúsa bendecir al sacerdote creyente en la Teología de la Liberación. Ambos fueron sacerdotes que lucharon por la liberación de sus respectivos países, en un caso la opresión del marxismo-estalinismo y en el otro la dictadura de la familia Somoza. Aun así, no era posible el entendimiento: la doctrina del catolicismo estaba de por medio. La doctrina es una ideología sazonada y endurecida por la tradición, aunque igualmente intolerante. Cardenal fue separado de sus funciones sacerdotales por Juan Pablo II de Polonia y reinstalado, treinta y dos años después, por Francisco I de Argentina.

Ese mismo sacerdote, una vez Daniel Ortega y Rosario Murillo se transforman en usurpadores de la democracia nicaragüense, se convierte en elocuente opositor de ese régimen que a lo que más se parece es a la dupla Ferdinand e Imelda Marcos, Evita Duarte y Domingo Perón. Para perplejidad de muchos, Cardenal admiraba a Hugo Chávez.

El populismo, desde Trump y Evita hasta Modi, Maduro y Ortega, desprecia las instituciones de la sociedad civil, la cultura, que se identifica con las clases altas y medias; el populismo cultiva e incita el resentimiento de parte de las clases populares. Ante la incapacidad para lograr una verdadera justicia social, se recurre al odio. Y eso es lo que se manifiesta en el entierro de Cardenal: gente de pueblo —eso que los independentistas puertorriqueños llamábamos “lumpen”, sobre todo cuando se presentaban bajo la “palma” del P.N.P.— les gritan vituperios y obscenidades a señores vestidos con las guayaberas que gusta de lucir Rubén Berríos, gente de clase media que representan, para ellos, una élite despreciada, ¡hijeputas! Es gente culta, de clase media, escritores, intelectuales y admiradores de Cardenal, los que reciben las andanadas de insultos. Según los vociferantes del orteguismo, Cardenal era cultura, pero también era un “traidor”. Y todos los que no estén con Ortega son traidores del sandinismo. Ese mismo resentimiento es el que anima las turbas de Maduro.

Cuando los estudiantes venezolanos y nicaragüenses protestan, como una vez lo hizo Antonia Martínez, se convierten, según Ortega y su mujer, en fascistas, agentes del imperialismo yanqui, terroristas y delincuentes. Cuando son masacrados por esas mismas turbas, como ocurrió el 18 de abril de 2018, justo cuando Sergio Ramírez recibía el Premio Cervantes, fueron tildados de sediciosos. Esas mismas turbas, que el pasado 2 de marzo acecharon el ataúd de Cardenal, gritan “¡Queremos la paz!”, consigna ideada por la vicepresidenta Murillo.

En julio de 2019 el pueblo puertorriqueño, sin un muerto, sin un solo herido, logró cambiar un gobierno mediante manifestaciones callejeras. Como se ha dicho, casi hasta el cansancio, con un grado de autocomplacencia que empieza a irritar, le dimos una gran lección cívica y democrática al mundo. La sociedad civil puertorriqueña había funcionado.

¿Por qué líderes de nuestra izquierda independentista,como Rubén Berríos y Carmen Yulín Cruz, René Calle 13, siguen dándoles su labioso apoyo a autócratas como Ortega y Maduro? Rubén Berríos y María de Lourdes Santiago no tienen empacho en gestionar el apoyo internacional de esos gobiernos. En entrevista que le hiciera Jorge Ramos, Carmen Yulín rehusó condenar la autocracia de Maduro. A René Calle 13 le encanta entrevistarse con Maduro, se consideran amigos.

Siempre se ha repetido que la democracia nuestra es fallida sin la independencia, ¿o la estadidad? Nos preguntamos: ¿qué es más importante, la independencia o esa demostración de julio pasado? Esa lección democrática fue proclamada a pesar de que seguimos siendo colonia y todavía algo peor después de impuesta la Junta de Supervisión Fiscal. No obstante, nuestra democracia se hizo valer con mayor claridad que nunca en nuestra historia.

Aquellos que justifican su relación con Ortega y Maduro señalan que esos gobiernos apoyan la independencia de Puerto Rico. ¿Qué significa más, nuestra soberanía o nuestra democracia? ¿Por qué esos mismos líderes independentistas no logran el apoyo necesario entre ese millón de ciudadanos que marchó en julio? Nuestra democracia ha sido cultivada porque no hemos tenido guerras civiles, porque el autonomismo —nuestra ancestral preferencia histórica— siempre fue negociador y civilista. Tampoco es que estemos vacunados contra el resentimiento popular como arma política.

Podríamos decir que, como a todo gran hombre, a Ernesto Cardenal finalmente lo alcanzaron sus propias contradicciones. Son muchos los revolucionarios tragados por el Saturno del odio y el resentimiento; en esto último la lucha de clases es más avezada que el Evangelio.

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