Luis Rafael Sánchez

Desnudo Frontal

Por Luis Rafael Sánchez
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El que pestapierde…ñea

Desde muchacho colecciono palabras raras, extrañas. Como sólo necesitaba de la memoria para almacenarse era la única colección factible en el dedal de la humacaeña Extensión Roig donde viví el segundo tramo de la infancia: el primero lo viví en el Caserío Antonio Roig.

Los estudiosos opinan que el acto de mirar supone el gran acontecimiento de la niñez. Sin embargo, el gran acontecimiento de la mía lo supuso el acto de escuchar. Programas radiales. Clases en la escuela Antonia Sáez. Regaños de los adultos.

De tanto los adultos repetir “Eso no se dice” los niños aprenden primero lo que no se dice y después, si acaso, aprenden lo que sí se dice. Temprano mi memoria almacenó palabrejas indecibles como sicote, verijas, sobaco.

Inspiró la colección un programa radial. Lo animaba un cubano apellidado Yumar. Quien enmarcaba el programa con el grito de un acertijo dividido por los puntos que la gramática nomina puntos suspensivos y Cantinflas nomina puntos suspensorios. ¿Cuál acertijo dividían los puntos suspensorios?: “El que pestapierde…ñea.”

Descifré pronto el acertijo: para ganar en el juego enredoso de la vida no se debe malgastar tiempo en pestañear. Pues quien tiñe y destiñe y se vuelve un ocho a la hora de tomar decisiones no llega a primera base. Indudable: el que pestañea pierde. Mejor dicho, el que pestapierde ñea.

Preguntó Yumar “¿De qué color era el caballo blanco de Napoleón?” El concursante que, sin pestañear, contestó “El caballo blanco de Napoleón era color blanco” ganó dos dólares. Preguntó Yumar “¿Por qué se denomina novio a quien se va a casar?” Tres dólares obtuvo el concursante que, sin pestañear, respondió “Porque no vio lo que hacía.”

Las bobadas nutrían el grueso del programa. Y las respuestas revelaban oído aguzado más que sesera enjundiosa. Empero en tiempos de la PRERA los concursantes ganaban la misma cantidad de dinero que ganaba Bobby Capó por cantar una pieza en el programa “Ofertas matinales”, a comienzos de su carrera desde luego. Me entero por la biografía de nuestro célebre cantautor que firma Víctor Federico Torres. Una biografía estupenda: investigada al detalle, enriquecida por las fotografías y la discografía, organizada con esmero, relatada con viveza.

Al margen de su frivolidad aparente la palabra “pestapierde” siempre llama mi atención. Digo aparente pues son muchas las circunstancias cuando las palabras acusadas de “frívolas” esclarecen el juicio: cuando el mecánico que me incumple se canta “escriquillao” lo disculpo en nombre de las inmortales Minga y Petraca. Igualmente son muchas las palabras “cabales” que oscurecen el juicio. Cito un ejemplo.

Días atrás leí que “un jabalí desorientado llegó al cuartel policial de Hatillo.” La noticia me confundió. Si un jabalí llega al cuartel policial de Hatillo por sus propias patas está requetebién orientado. No entró a una iglesia a aterrorizar. No se presentó a la alcaldía a incordiar.

Escribí requetebién orientado. Añado jabalí decente. Una decencia ajena a quien apuñala a su esposa y hay que arrestarlo monte adentro. Donde se esconde lloroso el muy, el muy, el muy: Lector, sírvase con la cuchara grande y escoja el oprobio que le parezca adecuado.

“Pestapierde” es una palabra motocicleta. Acomoda dos pasajeros: el verbo pestañear y el verbo perder. Encima avisa que el idioma se manifiesta a plenitud cuando se lo exprime como si fuera paño ensopado. También avisa que quienes intentan colmar las palabras de significado se someten, inevitablemente, al escrutinio de sus respectivas “clientelas”: el maestro, el abogado, el político. Hasta el amante satisfecho con la marcha de la “cosa” y el amante intranquilo porque la “cosa” no marcha han de someterse al escrutinio. Pues tener algo que decir y saber cómo decirlo no son el mismo quehacer.

Desde muchacho colecciono palabras de toda índole, siempre y cuando les chorree inventiva. Las hallo cuando entro a “Hijos de la gran fruta”, por la Avenida Campo Rico. La batida de mangó sabe mejor porque el nombre del sitio bien me sabe. Buscándolas irrumpo en “La mofonguería”, come y vete situado en Plaza Las Américas y pido un mofongo doble. Descubro el eslogan “Pernil es patria” en un camión estacionado por la santurcina parada 23. Me pregunto si el eslogan es cínico o guasón. Camino de “La bombonera” un hombre me conmina: “Escriba de la tramparencia.” Le inquiero “¿Tramparencia o transparencia?” Precisando el hombre silabea: “Tram-pa-ren-cia.” Añade “Clave del gobierno actual.”

Como el que pestapierde ñea mi memoria engaveta la palabreja “tramparencia.” Quién quita la biopsie junto a “pilloducto” y “anaudismo”, otros tumores malignos que enfermaron a gobiernos anteriores.

¿Biopsiar una palabra? Sí. Cuando la realidad se torna aborrecible la fantasía se torna obligatoria.

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