Miriam Montes Mock

Punto de Vista

Por Miriam Montes Mock
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Hay en la puerta un niño, se llama Jesús…

Fueron niños. Ya no lo son, en el sentido físico. Algunos tienen nombre. Guillo, por ejemplo, a quien le he cambiado el propio por razones de privacidad. Pero apuesto a que aquellos que acostumbran a ir al parque lo conocen. Guillo carga una mochila al hombro de la que saca galletas, chocolates, frutas y refrescos. Reparte a los guardias que velan de noche y a los caminantes que, de tanto verlo, se hacen amigos de Guillo. “¡Nenaaaa, venga ‘caaaa!”, me grita con su voz gomosa mientras me hace señas para que me acerque. “¡Te traje una cosita!”, me dice con ilusión, y saca un mangó enorme y bonito que ha comprado en Pueblo.

Guillo duerme en un huequito que él mismo se ha hecho, con almohada y sábana, debajo de uno de los árboles frondosos. Su casa se la llevó María y, aunque tiene familia y recibe un dinerito del Seguro Social, ha preferido vivir entre los animales del parque en lo que le entregan una nueva vivienda. Cada tarde llama a las gallinas en el lenguaje que solo ellas entienden. En cuestión de nada corren a arremolinarse alrededor de Guillo. Guillo les da maíz y les habla. Le ha puesto el nombre de Nico al gallo blanco y gordo. 

Melo duerme (debo decir, dormía) en la entrada del condominio, en el parque o en los pasillos externos de un edificio. Es negra, corpulenta, y tiene ojos inolvidables. La conocí por primera vez de madrugada, mientras gritaba no sé qué cosas desde el parque. Cerca de las siete de la mañana crucé la calle con mi perra. Melo llevaba par de horas vociferando incongruencias. “Amiga”, le digo, ¿estás bien? ¿Quieres agua?” Me miró con sus ojos del color de las cuevas profundas. “Un abrazo. Pero primero suelta el perro”, me dice. En menos de cinco segundos me amedrenta la idea de que su abrazo me lastime. Imagino que me muerde el cuello, me escupe la cara o me asfixia. “Venga”, le respondo. Y Melo me abraza con un deseo antiguo y silencioso. “Melo, tu nombre suena a melodía”, le digo otro día que le traía pan y queso. Melo sonríe con su dentadura cabal. Ya se ha convertido en un hábito su abrazo agradecido. Para ella, algunos días son menos malos que otros. 

A Santiago le faltan los dientes frontales. Tiene ojos azules, el pelo largo del color de la paja y la piel curtida. Me dice que es científico ingeniero aeroespacial y algo más que olvidé. Que tiene la cura de todas las enfermedades con una técnica que utiliza células madres (y procede a explicarme con detalles). Santiago también cree en las dimensiones extraterrestres y recita poemas extensos de Baudelaire. El día que perdí a mi perra en la playa, Santiago me apretó contra su pecho y me enlazó con sus brazos flacos. “No llores tanto”, me dijo, “yo te voy a comprar otra perrita”.

No he vuelto a ver a Melo. Presumo que alguien se la llevó a un mejor lugar. Eso espero. Y que haya abrazos para ella. A Guillo lo encontré triste y lloroso sentado en un banco. Estaba a punto de mudarse a su nueva casa, en Cataño. “¿Cómo voy a vivir sin ellos?”, sollozó. “Si todas estas gallinas y gallos, y gatos…y… y…  iguanas son… son mi familia…”

El “viejito” no tiene nombre, pero es ya “mi amigo”. Lo veo cada sábado mientras deambulo por el Viejo San Juan. Se sienta en el camino, las piernas cruzadas y la mirada, aunque cansada, inteligente. Pide sin pedir con un vaso en la mano. En el bolsillo de atrás guarda una caneca de Ron Llave. Enjuto, con la nariz larguilucha, apenas le quedan dientes en la boca de labios finísimos. Yo le echo un dólar en el vaso, él me sonríe, me abre los brazos y me dice “yo te quiero mucho”. Un día me dejé hundir entre los huesos de su cuerpo y le dije al oído, “usted se parece a mi papá”.

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